De Nietzsche a Cézanne, de Pessoa a Wittgenstein: cuerpos a la deriva

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Los primeros filósofos observaron que lo que es suele permanecer oculto bajo lo que se cree y que para saber de verdad hay que romper con lo consabido. Mientras permanezcamos dentro del círculo de creencias socialmente establecidas tenemos pocas posibilidades de acariciar la verdad. Tópicos y prejuicios encubren el mundo y lo reducen a un insulso denominador común. Si se aspira a la lucidez –¿y qué si no eso es lo que lleva a ciertas personas a hacerse artistas, filósofos o narradores?– hay que ir más allá de los límites. ¿Cómo tiene lugar ese ir más allá?, ¿se trata de una ruptura, una transgresión o, por el contrario, hay formas silenciosas, imperceptibles de traspasar los límites?, ¿puede ocurrir que sean los límites los que, en un momento dado, se diluyan dejando a los hombres a la deriva? y, en todo caso, ¿qué clase de saber halla quien los trasciende? Alberto Ruiz de Samaniego reflexiona sobre todo esto en Cuerpos a la deriva, un libro en dos partes: la primera, ordenada y sistemática, trata de cuatro modalidades voluntarias de distanciamiento (el paseo, la cabaña, el búnker y la exploración polar); la segunda, heterogénea y anárquica, se consagra a otras sobrevenidas como consecuencia del hundimiento de los límites. De las cuatro modalidades citadas, la primera es el caminar (el paseo, la deriva y la fuga), entendido no como un simple salir fuera de quien desea romper con la rutina, sino como un apartarse de lo trillado, indispensable cuando se persigue la intensificación de la vida. Walser, Nietzsche, Cézanne o Pessoa, ejemplifican para el autor ese espíritu errante que hace del continuo ir más allá una seña de identidad. La segunda meditación tiene por objeto la cabaña, ideal ascético de pensadores como Wittgenstein o Heidegger. Alejada de la sociedad y todo lo superfluo, la cabaña permite la máxima concentración en uno mismo. En ella el tiempo vuelve a naturalizarse y quedamos ante la inmensidad, un puro presente en el que cada instante posee valor infinito. Una tercera modalidad la encarna el búnker, lugar donde el guerrero, que se sabe derrotado, espera el final. Ruiz de Samaniego describe con brillantez la estructura de los refugios acorazados que construyó Hitler en las playas de la costa oeste europea (la “fortaleza del Atlántico”) y la compara con túmulos donde hombres sin esperanza aguardan la muerte. Como las criptas de los alquimistas, el búnker es un símbolo de transmutación, de catarsis, en el que la materia es depurada hasta el final. La última meditación considera al hombre en medio de la naturaleza. El espacio escogido para encarnarla es la Antártida, evocada a través del viaje de Shackleton. Por él sabemos que el secreto del hielo es la supresión de cualquier punto de referencia, algo capaz de sumir a cualquiera en la locura y la desesperación. Claro que también la blancura y el silencio de los polos son “nuestro espejo más puro”. En los ensayos de la segunda parte se trata también del hombre allende los límites, pero no como fruto de una operación personal, sino del encuentro con el vacío o la inconsistencia de los propios límites. El recorrido, meritorio y complejo, va desde los escurridizos textos de Raymond Roussel a la inasimilable singularidad urbana de Venecia pasando por los trabajos de Tadeusz Kantor o de Francis Bacon y Roland Topor. Es la otra cara de nuestra época, el nihilismo, la ausencia de un centro. Ruiz de Samaniego demuestra tanto en esta parte del libro como en la anterior un saber extraordinario y una considerable capacidad para ahondar en los problemas de nuestra época, algo que, sin embargo, no impide al crítico recordar a ratos cuánta razón tuvo Platón señalando las limitaciones del discurso escrito frente al diálogo vivo.

 

Cuerpos a la deriva, de Alberto Ruiz de Samaniego. Abada editores.

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