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Mientras tantoDe nuevo en Hurdes, y en Batuecas

De nuevo en Hurdes, y en Batuecas


Calle de Riomalo de Arriba

Tengo más de setenta años y algunos pequeños achaques; todavía, a Dios gracias, pequeños achaques. Pero mantengo aún la capacidad de moverme, con mis piernas y con mi coche, y de disfrutar de la existencia y de los paisajes, con el hálito debidamente acompasado, aunque sufro de EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica), que me he ganado con el tabaco. De las cinco veces que he pisado Las Hurdes y Las Batuecas, al tiempo, sólo la primera vez y ésta, muy reciente, he viajado acompañado; en las del resto partí solo hacia estos esplendorosos parajes, a estos valles de oro. En el tercer viaje me alojé en la casa de mi amigo Manuel, un juez, y fiscal, jubilado que, aunque residente en Salamanca, donde es profesor emérito de Derecho en su legendaria Universidad, posee una casita en Asegur, una alquería de Nuñomoral. La alquería, en Las Hurdes, equivale a pedanía en otros lugares de España. Por mi amigo el juez, que además es poeta, conocí a Juan, el constructor que le hizo la casa, quien en la estancia de ahora me ha atendido de maravilla.

He viajado con una mujer. Una mujer jovial y juvenil y de belleza “neumática” (tomo prestado el término de la literatura de Aldous Huxley), aunque no se llama Lenina. Está muy bien viajar con un ser de distinto sexo. Para poder conversar risueñamente, para poder debatir pareceres dispares, provenientes de psiquis diferentes. Los momentos junto con la mujer pueden ser muy gratos, al compartir buenamente cosas con ella, desde viandas a roces, desde copas a buenas lonchas de embutido, desde sabiduría a sentimientos; compartir todo ello (hay numerosos ejemplos más) es verdaderamente delicioso. Y al final del día, dormir acompañado es sensación inigualable, arropado por los 37 grados centígrados del interior del cuerpo de la carne adyacente, cuando afuera, los imponentes montes hurdanos alcanzan en sus cumbres temperaturas solemnemente heladas. Los amantes, nocturnamente, pueden nutrirse de estos versos de Huxley: “Drógame con tus abrazos, cariño; / bésame hasta dejarme en coma”.

Alojamientos rurales ‘Hurdes Altas. Antigua Guardería’, en la alquería de Huetre, municipio de Casares de Las Hurdes

Llamé, días antes de emprender el camino, a Juan, que vive en Huetre, o La Huetre, alquería de Carares de las Hurdes, para pedirle que me recomendara un buen alojamiento para residir esa semanita en Las Hurdes la chica y yo. No lo dudó. Me dio el teléfono de Bienve, propietario de los seis alojamientos rurales bautizados como “Hurdes Altas. La Antigua Guardería”, una guardería para niños, efectivamente, que había pertenecido a un obispado extremeño y que Juan había reconstruido. Las viviendas, todas del mismo tamaño: dos dormitorios con un salón americano muy amplio, útil vestíbulo, baño, grato porche o balcón. Para el común, una inmensa terraza con sillas, veladores, barbacoa, y con unas vistas espléndidas: la pequeña alquería de Casarrubia, en altura inferior a Huetre, un lindo meandro del río Hurdano, o Jurdano, señor del valle, y las altas montañas, habitualmente neblinosas. La mujer de Bienve, María, farmacéutica en Casares, nos atendió, solícita en extremo, dándonos sabrosas instrucciones mientras instalaba un árbol de Navidad luminoso en la terraza. En una ocasión, mi compañera, sagaz observadora, divisó un precioso zorrito paseándose por el ancho patio.

Neblinosas crestas en Las Hurdes

La salida del sol establecía, cada mañana, un recorte magnífico en los montes. Nos proponíamos recorrer, a la luz del día, la comarca, que la mujer que me acompañaba no había visto hasta entonces, y al empezar a anochecer recluirnos en el apartamento bajo un  hogareño encanto. Yo soy más perezoso, más retraído, pero mi femíneo compinche quería encaramarse a las alturas, a los tan erguidos miradores, para contemplar espléndidas y vertiginosas visiones. Hemos circunvalado crestas de lo más afiladas y abruptas por auténticas carreteras serpenteantes.

Chorro de la Meancera, en la alquería de El Gasco, municipio de Nuñomoral

Durante un par de días hicimos excursiones con Juan y su esposa, Emi, quienes nos acercaron a la alquería de El Gasco, cercana a Martilandrán y Fragosa, terrenos donde Buñuel rodó su película Las Hurdes, tierra sin pan. Caminamos hasta el soberbio chorro de la Meancera y admiramos las construcciones genuinas de la alquería: pequeños habitáculos de piedra con ventanas muy diminutas, que luego fueron sustituidas por menos atractivas casitas recubiertas de cal. Un día cominos en el restaurante del hotel de Vegas de Coria, degustando, en el postre, los tradicionales repápalos extremeños (base: miga de pan) con adición de trocitos de castañas. También nos adentramos en el Mesón El Labrador, de Riomalo de Abajo, alquería de Caminomorisco, muy cerca del paradigmático Meandro del Melero, conformado por el imponente río Alagón. Allí probamos un buen guiso de cabrito.

Juan es cazador. En las monterías se caza jabalí, y él hace chorizo y salchichón de este cerdo salvaje: delicioso. Mezcla la carne de jabalí con la de guarro ibérico, obteniendo una mezcla, dotada con justa grasa, exquisita. Otro día nos convocó en el bar de Huetre, llevó el chorizo y el salchichón, con un poco de buen queso manchego, y se pidió el emblemático vino tinto Paiva, de Extremadura, para bien degustar las excelentes viandas. La moza, que es de una región muy dada al embutido, quedó encantada con la tan generosa oferta de Juan. Como también con el menú que degustamos en el restaurante Castúo, en Pinofranqueado, en las Hurdes Bajas (recuérdese el poemario El miajón de los castúos, de Luis Chamizo, en dialecto extremeño), compuesto por una rica parrillada de carne, unos calamares a la romana (en Roma se llaman “a la sevillana”), una gran ensalada y sopa extremeña, de tomate. Todo lo compartimos ella y yo.

Valle de Las Batuecas con el monasterio Desierto de San José al fondo. Fotografía de Frederik Takkenberg

Al regreso, decidí llevar a la chavala a La Alberca, de Salamanca, ciudad muy pintoresca y turística, que a ella no mucho le agradó por el agolpamiento de chiringuitos, tiendas y exceso de viajeros. Pero desde Las Hurdes a La Alberca, teníamos que orillar el convento de carmelitas Desierto de San José de Las Batuecas. Para esta orden, desierto no es lugar árido sino, al contrario, acuoso vergel. Yo he gozado de dos estancias en el convento. Nos adentramos y asistimos a la misa de los domingos. Saludé al prior y a Socorro, el hospedero, obsequiando a la comunidad con mi último libro publicado, una primera novela mía, que describe, precisamente, un ambiente monástico. Después de los abrazos calurosos, regresamos a nuestra tierra.

La pequeña alquería de Casarrubia, a la vera del río Jurdano

Abandonamos, obligados, ciertamente apenados, estos parajes formidables.

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