De Oaxaca a Harvard: la historia de Ramiro, un joven indígena promotor de los Objetivos de Desarrollo Sostenible

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De pizcar chile y jitomate en el campo, y soñar con irse de trabajador indocumentado a los Estados Unidos, Ramiro González Cruz, joven indígena zapoteco de 24 años, ha pasado a terminar la licenciatura, estudiar en la Universidad de Harvard y dedicarse a conseguir becas para promover que más niños y adolescentes de su pueblo continúen en la escuela.

Ganador del Premio Estatal de la Juventud 2021 de Oaxaca, Ramiro también colabora como intérprete en la Defensoría Pública del Estado, donde auxilia a personas indígenas en situación de reclusión que no hablan español a enfrentar las audiencias legales que requieren para alcanzar la libertad.

Sin embargo, la labor que más le apasiona es la promoción de la Agenda 2030 y sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, que conoció cuando estudiaba en la preparatoria. Aunque todos le parecen importantes, son dos a los que ha dedicado su trabajo y labor altruista: el número 1, que establece el fin de la pobreza; y el 4, que aboga por una educación de calidad.

Es impulsando estos Objetivos, dándolos a conocer y aplicando sus propósitos en su asociación Expandiendo Mentes, que Ramiro ha logrado conseguir y gestionar becas para ocho estudiantes de bachillerato con un promedio de calificaciones mayor de 9.

«Conocí los Objetivos y la Agenda 2030 en 2019, cuando recién entré a la Universidad, en el Ateneo Nacional de la Juventud donde hay un área dedicada a todo ello. Posteriormente, me involucré con otras organizaciones también dedicadas a las metas de desarrollo sostenible, pero yo me enfoqué más en el 1 y el 4», contó.

«Lo que hago es promover que más jóvenes tengan acceso a una educación media superior y a la educación superior, gestionar becas y programas para ellos, dar cursos, capacitaciones y orientación vocacional, además de cursos de marketing digital, comercio electrónico, y redes sociales».

También ha llevado a su comunidad un proyecto para enseñar a las y los artesanos estrategias de marketing en redes sociales, con el objetivo de que aprendan a promocionar sus productos, mejoren sus ingresos y puedan salir de la pobreza.

El primero en terminar la escuela

Originario de San Isidro El Costoche, en el estado de Oaxaca, uno de los más pobres al sureste de México, Ramiro no sólo es el primero de su familia en terminar la escuela; también lo es en su comunidad, de menos de mil habitantes.

En su pueblo, normalmente los jóvenes como él solo tienen dos opciones posibles: casarse y convertirse en campesinos; o migrar hacia los Estados Unidos y pasarse la vida enviando remesas a sus familias y soñando con volver.

Al concluir el bachillerato, Ramiro decidió dejar de estudiar para compartir ese destino; así que viajó desde su casa 1731 kilómetros para llegar al estado de Sinaloa y trabajar en la dura labor de la pizca, es decir en la cosecha de tomate, tomate verde y chile.

La labor era difícil: tenía que trabajar 12 horas al día llevando de un lado a otro hasta cuatro cubetas llenas hasta el tope de verdura, con un peso de entre 7 y 12 kilos cada una, por un salario que como máximo sólo podía llegar a los 24 dólares o 500 pesos mexicanos diarios.

Por más de medio año envió una parte del dinero que ganaba a su mamá, y ahorró la otra con el objetivo de juntar lo suficiente para irse a Estados Unidos y continuar trabajando como jornalero allá. Sin embargo, lo mucho que extrañaba la escuela, la inspiración que obtuvo de una de sus maestras de la preparatoria y lo pesado del trabajo en el campo, lo ayudaron a decidirse.

“Estuve trabajando en los campos de tomate, tomatillo y chile en Sinaloa (un estado al noroeste del país). La veía muy difícil, muy pesada… tenías que darle con todo para poder ganar un poco más de dinero. Mi meta era irme a trabajar a Estados Unidos como muchos de mis paisanos”, contó en una entrevista con Noticias ONU.

La decisión de estudiar

“Sudaba toda la ropa que cargaba. A los 6 o 7 meses de estar ahí, me caí en el surco cargando cuatro botes de tomate (cada uno con un peso de 7 a 12 kilos), y fue cuando reflexioné que tenía la posibilidad de estudiar una carrera profesional, así que decidí regresar a estudiar, y presentar el examen a la universidad”.

Una vez tomada la decisión, el camino fue todo menos sencillo. La familia de Ramiro está conformada por seis integrantes: además de él, sus padres Simplicio González y Cecilia Cruz, y sus tres hermanos: Alicia (quien no terminó la escuela), Pedro (que estudia la secundaria) y María Natividad, una niña de cuatro años.

Su papá, campesino de oficio, genera alrededor de 4000 pesos mensuales (190 dólares estadounidenses), que deben alcanzar para mantener a toda la familia.

En un contexto como este, ir a la escuela más allá de la secundaria es un privilegio del cual no han podido gozar todos los integrantes de su familia: Simplicio no tiene ni una hora de clases, Cecilia estudió hasta la primaria y Alicia tuvo que dejar la escuela después de quedar embarazada.

Sin embargo, la voluntad de Ramiro venció a sus circunstancias y el joven logró terminar primero la preparatoria, luego una carrera técnica y finalmente la licenciatura, de la cual se tituló como Licenciado en Innovación de Negocios y Marketing.

Un sueño, ser empresario de éxito

“Mi mayor reto es llegar a ser un empresario exitoso e inspirar a otros jóvenes para que tengan acceso a la educación. Quiero seguir contribuyendo a los Objetivos de Desarrollo Sostenible, estudiar una maestría, seguir formándome y apoyar a la sociedad”, dijo.

Para conseguir los 2500 pesos mensuales (120 dólares) que costaba la colegiatura, y sufragar los gastos de su manutención en la ciudad de Oaxaca (a cinco horas de su pueblo), el joven trabajó en invernaderos de tomate, limpió establos, vendió quesos, pizzas, pan de dulce y hasta productos de belleza por catálogo.

A través de su proyecto Expandiendo mentes, Ramiro busca gestionar recursos ante empresas privadas e instituciones y dependencias públicas para dar becas de 25% a 100% a jóvenes que destaquen en sus estudios pero vengan de una comunidad marginada o una familia con escasos recursos, y puedan de esta manera continuar en la escuela.

Hasta el momento ha logrado gestionar ocho becas de preparatoria y licenciatura.

La pobreza obstáculo para la educación

Al hablar de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, Ramiro considera que la pobreza es el mayor obstáculo que enfrenta su comunidad para alcanzar la meta 4: Garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad, y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todas las personas.

La razón económica, considera Ramiro, es la mayor desventaja y desafío que enfrentan los jóvenes de su pueblo.

“Lamentablemente es muy triste. Soy el único y el primer profesionista en mi comunidad, no tenemos a nadie más. Es muy triste ver a jóvenes que lo tienen todo y no les interesa estudiar; por otra parte, vemos que hay jóvenes que les interesa, pero no pueden hacerlo por problemas sociales, familiares o económicos”, contó.

La única opción de Ramiro para seguir estudiando era trabajar y conseguir becas que apoyaran su desempeño, así fue como aprendió a hablar español, francés e inglés, además de su lengua originaria, el zapoteco, que hablan todos los habitantes de San Isidro El Costoche.

Ya en la licenciatura, aplicó para el Programa Encrucijada para Líderes Emergentes (Crossroads Emerging Leaders Program, en inglés) de la Universidad de Harvard. No fue fácil, pero obtuvo la beca y logró estudiar en línea en la tercera mejor Universidad del mundo según consultoras como el Ranking Mundial de Universidades QS (QS World University Rankings).

“Los requisitos que me pidieron fue tener menos de 26 años, ser de una comunidad rural, indígena o marginada, ser el primero de mi familia en estudiar en la universidad y tener actividades en mi Estado. Fui aceptado dentro del programa y estuve tomando el curso de Emprendimiento en Economías Emergentes, compartiendo aula con jóvenes de todo el mundo, de América Latina, Norteamérica, Europa, Asia y África, es una gran diversidad”, explicó.

El camino ha sido largo, pero no ha terminado. Con el conocimiento que adquirió tras su paso por Harvard, Ramiro sueña con impulsar la educación en su comunidad, así como mejorar la vida de sus vecinos.

“Quiero recalcar mi proyecto de profesionalización para micros y pequeñas empresas, quiero enfocarme en proyectos rurales, comunitarios e indígenas. En Oaxaca existe una diversidad muy grande pero no hay todavía la posibilidad de explotarla al máximo; quedan a la deriva los artesanos, los maestros mezcaleros; tienen el producto, pero no cuentan con la imagen corporativa; no saben vender sus productos ni manejar las redes sociales”, finalizó.

Este trabajo, asegura, es su manera de contribuir al logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

“Todos y cada uno debemos conocer y difundir los Objetivos y la Agenda 2030 porque sólo tenemos de aquí a 2030 para rescatar a nuestro planeta. Es lo primordial que tenemos que hacer. Es el único camino que tenemos: somos la primera generación que está sufriendo estos cambios y somos la última generación que puede hacer algo para solucionarlo».

Por: Centro de Información de las Naciones Unias en México.

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