De olvidos y esclavitudes

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El pasado está plagado de historias de deshonra y de comportamientos indignos. Uno de esos principales episodios fue la milenaria institución de la esclavitud. José Antonio Pîqueras, catedrático de Historia Contemporánea de la Universitat Jaume I y uno de los responsables de la ya clásica revista académica Historia Social, ha dedicado su libro La esclavitud en las Españas. Un lazo transatlántico a rescatar del olvido y situar este oprobio propio en la memoria colectiva española. Y es que, contra lo que intentan los temarios en secundaria y en bastantes universidades, la tragedia de la esclavitud no es solo la historia de los otros (por ejemplo, el comercio triangular de la modernidad, la Guerra de Secesión o el reparto de África). Creo no equivocarme tampoco al señalar que algo de este “mirar hacia otro lado” se observa también al buscar la mínima recepción en la prensa de un trabajo de síntesis e interpretación para un público amplio como éste.

 

El profesor Piqueras hace un exhaustivo recorrido por la historia de la esclavitud desde la época medieval, donde se impulsa en un escenario de cruzada, hasta sus últimos soplos en Cuba, donde se había convertido en un puntal del despegue del capitalismo hispano (ahí tenemos a un sacerdote como Félix Valera – a quien Benedicto XVI proclamó venerable hace poco- convencido de que la riqueza azucarera había corrompido a la sociedad cubana). Pero, sobre todo, en estas páginas se destaca la utilización de los esclavos indios como fuente de trabajo para sostener el entramado comercial y económico del Imperio. En este recorrido histórico surgen los intensos debates sobre la naturaleza y la legitimidad de la esclavitud, aunque también hay que reconocer que en la España del siglo XVI al XIX apenas existió algo similar a un pensamiento antiesclavista. Asimismo, Piqueras se aproxima a la vida y a las actitudes de los diversos tipos de esclavos, porque no era lo mismo ser un esclavo urbano y doméstico que uno dedicado al trabajo agrícola o a la minería. Y tampoco podemos olvidarnos de los amotinados y rebeldes cimarrones, que se jugaban la vida en el intento por los espantosos castigos a los que se enfrentaban.

 

¿Y cómo acabó esta atroz institución en España? Pues dos décadas después de lo que se había hecho en la mayoría de los países de Europa y América. En 1886, el gobierno liberal de Sagasta declaraba extinguida la esclavitud en Cuba. La opinión abolicionista había ido ganando peso tras la Revolución del 68 y con el ejemplo de los Estados Unidos muy presente. De hecho, en Puerto Rico la esclavitud pudo ser abolida durante la Primera República (1873). La esclavitud chocaba con las ideas de constitución, libertad e igualdad. Con todo, los españoles pronto borraron de su memoria colectiva estos episodios y se apagaron los ecos del popular discurso del republicano Emilio Castelar:

 

“y cuando nosotros pedimos que se reconozca en los más desgraciados de todos ellos un derecho que no deben a nadie, que recibieron de la misma naturaleza, proclamáis nuestra incompetencia, y pedís que vengan los blancos a decidir la suerte de los negros, que vengan los amos a decidir la suerte de los esclavos, ¡ah! de los esclavos, libres sin ellos y sin nosotros; libres a pesar de ellos y a pesar de nosotros; libres contra ellos y contra nosotros; libres por hijos de Dios, por soberanos en la naturaleza, por miembros de la humanidad; y todo poder que desconozca esos derechos”.  

Joseba Louzao nació en Bilbao en 1983. Es doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco (UPV) y en la actualidad es profesor en el Centro Universitario Cardenal Cisneros (Universidad de Alcalá de Henares).
Está especializado en historia de las religiones y es autor del libro Soldados de la fe o amantes del progreso. Catolicismo y modernidad en Vizcaya (1890-1923) (Genueve Ediciones) y, como coordinador, de La restauración social católica en el primer franquismo, 1939-1953 (Publicaciones de la Universidad de Alcalá de Henares). Este blog será su particular maleta preparada, porque el pasado siempre es un país extraño.