De otros lados

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Suenan Shine on your crazy diamond (part1-5)

y Shine on your crazy diamond (part 6-9), de Pink Floyd

 

En Greenwich Park, Londres, tumbado sobre el césped. Sobre la colina el Royal Observatory que forma parte del National Maritime Museum y por donde pasa el meridiano 0º, elegido como punto de partida no sin cierta arbitrariedad –Estados Unidos hacía ya tiempo que había elegido este punto como referencia para calcular sus diferentes zonas horarias-. A partir del meridiano de Greenwich se miden las longitudes que permiten diseñar, junto a las latitudes indicadas por los paralelos, la red geográfica y también establecer los diferentes husos horarios del planeta. Desde entonces tenemos bien delimitado el límite entre el este y el oeste.  En el Royal Observatory los turistas se agolpan para situarse sobre una línea trazada en el suelo y poner un pie a cada lado para situarse así simultáneamente en cada hemisferio.

 

 

Cobijado por la sombra –en Londres hace un sol inusual estos días- no sé en qué lado del planeta estoy y por unos instantes me viene a la memoria Rayuela, la novela de Julio Cortázar, de la que ahora se cumple el cincuenta aniversario de su publicación, y que hablaba de estar “del lado de allá” o “del lado de acá” y, definitivamente, “de otros lados”. En el inmenso parque, muchos niños disfrutan de un ansiado tiempo libre después de haber realizado una visita extra-escolar. Un grupo de alumnos –de lo que parece ser un colegio privado para niños hindús- juegan a fútbol de manera caótica y frenética, de entre todos los niños, una sola niña –el resto de compañeras se entretiene en otros menesteres con una profesora- que rechaza el balón cada vez que se acerca el peligro hacia su portería. Se diría que está “del lado de allá”.

 

 

Todos necesitamos saber en qué lado estamos, y de qué lado estamos. Continuamente nos vemos obligados. Desde que nos levantamos debemos decidir si lo hacemos con el pie derecho o con el pie izquierdo. Si nos desorientamos, si perdemos la referencia nos entra el vértigo, la náusea, y nos precipitamos hacia el miedo. Rayuela de manera explícita –anteriormente ya hubo otras propuestas- rompió los esquemas, cogió el mapa sobre el cual siempre habíamos guiado nuestras lecturas y lo hizo añicos; después nos lanzó el desafío de tener que reconstruirlo, cada uno a su manera. Con la lectura de Rayuela uno no sabe dónde se encuentra.

 

Días antes en la Tate Modern –esa antigua fábrica eléctrica reconvertida en un extraordinario museo de arte contemporáneo que bien vale su visita, gratuita, solo por el edificio en sí- los cuadros de Piet Mondrian también recuerdan a una rayuela que se inicia con el diseño de esas cuadrículas de no-color blanco –presencia de todos los colores- de diferentes dimensiones tan bien delimitadas por líneas verticales y horizontales de no-color negro –ausencia de todos los colores- que se cruzan de forma perpendicular y que el espectador recorre hallando ocasionalmente rectángulos con los colores primarios, considerados por Mondrian como los colores elementales del universo. Con el pintor holandés el trazado está marcado a pesar de movernos en la abstracción más absoluta, sin embargo después al descubrir las obras maestras de Georges Braque y del movimiento cubista, el trazado se complica a la vez que la perspectiva se multiplica. De repente, ya no sabemos de que lado vemos las cosas, porque en realidad las estamos viendo desde todos los lados. Se nos otorga el don de la ubicuidad a la vez que nuestras referencias para saber si estamos a la derecha o a la izquierda se vuelven difusas. Y finalmente, en otra sala, aparece Jackson Pollock con “Yellow Islands” (1952) y su abstracción a través del action-paiting –“Cuando estoy pintando no estoy muy seguro de lo que está pasando”– reproduciendo la aleatoriedad más absoluta. Los trazos que deja la pintura son simples proyecciones del movimiento instintivo del brazo del pintor quien jamás deja que pincel y lienzo entren en contacto. Todo es un caos en el que nos vemos inmersos; ningún trazado, tan solo un cúmulo de regueros de pintura dispuestos al libre albedrío sin saber desde dónde partir y hasta dónde llegar. Ya antes Llucia Ramis, en su novela Egosurfing (2010), algo de todo esto ya nos había explicado, y de cómo nos convertimos en seres sin epicentro, en seres perdidos –“seres líquidos” que diría Zymunt Bauman- en un mundo virtual en el que buscamos alimentar nuestro onanismo mediante el continuo reconocimiento del otro.

 

 

Sigo tumbado en el césped. Estoy aquí. El griterío de los niños –no hay manera de que metan un gol-, las pisadas de las palomas sobre las hojas secas caídas de los árboles, el ladrido de algún perro que busca provocar a su dueño para que juegue con él, algunas risas, todo me devuelve a la realidad.

 

¿Y el cine? Hay cineastas capaces de hacernos dudar, causándonos la más desconcertante de las indecisiones, cineastas con los que no sabemos en qué lado estamos, si en el de “acá”, el de “allá” o en “otros”. Son cineastas con los que hay que dejarse llevar, hasta el límite, a pesar del vértigo, a pesar de la inseguridad de no saber muy bien qué nos depararán sus propuestas. No sé si el más grande en este sentido es David Lynch, cineasta capaz de hacernos cruzar espejos para llevarnos a una especie de cinta de Moebius como si fuéramos el agente Cooper atrapado en La Habitación Roja. Tampoco puedo sentenciar que no haya nada que pueda llegar más lejos que Holy Motors (Idem, 2012) de Leos Carax, la odisea –connotaciones homéricas incluidas- cinematográfica del siglo XXI. Lo que sí tengo claro es que cada vez aprecio más a aquellos cineastas que son capaces de hacer que me pierda entre sus imágenes sin que sea capaz de encontrar un asidero. Y no hace falta que sean cineastas que de alguna forma elaboren complejas dialécticas entre lo real y lo ficticio, o que desarrollen divagaciones metaliterarias, como la magnífica 7 psicópatas (Seven psychopaths, 2012), de Martin McDonagh. También puede hallarse ese enfrentarse al vacío en el elaborado manierismo de la puesta en escena y la laberíntica narración de Misterios de Lisboa (Misterios de Lisboa, 2010), de Raúl Ruiz; o en las fabulaciones de Apichatpong Weerasethakul; o en los apasionantes juegos de espejos de Abbas Kiarostami. A veces, tan solo importa un simple gesto para que todas nuestras coordenadas resulten inútiles para que sepamos como espectadores en qué lado estamos.

 

Me viene a la memoria Charles Chaplin quien con los mínimos recursos fue capaz tanto de colocarse una máscara a través del personaje de Charlot –bigote incluido- como tuvo la asombrosa habilidad para despojarse de ella y situarse en primer plano, sin coartadas, sin trucajes, con una naturalidad asombrosa. En Carreras sofocantes (Kid auto races at Venice, 1914), en la secuencia de la carrera de coches infantiles Charlot se presentaba al mundo. Con la excusa del rodaje de un reportaje de la carrera, Chaplin introducía un gag al hacer que el personaje se interpusiera frente a los reporteros. Sin embargo había algo más porque en realidad el mito estaba naciendo allí mismo ya que él ensayaba los gestos, las muecas, los movimientos que lo caracterizarían en el futuro. La realidad transmutándose en ficción. “Del lado de acá” pasamos al “lado de allá”.

 

Años después, un gesto similar, pero a la inversa. El gran dictador (The Great Dictator, 1940), fue la mayor y mejor venganza de Chaplin contra Adolf Hitler, y no solo porque este, según André Bazin le robara el bigote a Charlot. Cuando en la secuencia final de la película, el protagonista, un barbero judío que por un equívoco suplantaba el lugar del dictador Astolfo Hynkel, debía proclamar un discurso para arengar a la masa nacionalsocialista ya no era el personaje, sino su autor, el propio Chaplin, quien espetaba un discurso –era la primera vez que articulaba uno inteligible frente la pantalla- que apelaba a la solidaridad, la tolerancia y el humanismo. El «yo» del autor tomaba la palabra despojado definitivamente de máscaras. La ficción transmutándose en realidad sin previo aviso. “Del lado de allá” pasamos al “lado de acá”. 

 

 

 

KID AUTO RACES AT VENICE, CAL (Charles Chaplin, 1914) from JCRS on Vimeo.

 

El Gran Dictador -Final- (Charles Chaplin, 1940) from JCRS on Vimeo.

Josep C. Romaguera (Mallorca, 1976) mientras se licenciaba en Filología Hispánica acudía al Centre de Cultura Sa Nostra para aprender de Dreyer, Kurosawa o Hitchcock. También abandonaba las lecturas del mester de clerecía por las de Bordwell o Bazin. No tuvo suficiente con leer a los críticos como José Luis Guarner o Miguel Marías y decidió que el también podía intentarlo. Publicó en Temps Moderns –editada por el Centre de Cultura Sa Nostra-, L'Espira –suplemento cultural del Diari de Balears-, Zona Ocio –para Última Hora- y ahora también lo hace en FronteraD. También se le ha podido escuchar en El crepuscle encén estels, de IB3 Ràdio, y ver en Taula de cinema, de IB3 Televisió. A veces recuerda todo lo que aprendió ayudando en la producción, la edición y la elaboración de guiones cuando participó en la realización de la serie Baleares. Un viaje en el tiempo, para TVE. Ahora se atreve con un blog.