De Palestina a Málaga, de Málaga a La Coruña, y mi intento de adaptación

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Me sentía como un alienígena en mi propio cuerpo. No me reconocía a mí misma. Estaba todo el día de mal humor dando malas contestaciones a mi familia y amigos. No me adaptaba a mi antigua vida europea tras volver del campamento de refugiados de Yenín (Palestina), ni a las costumbres que anteaño me parecían propias.

 

Vídeos de YouTube, programas de Sálvame y cotilleos vacíos ocupaban los temas de conversación de un país que decía estar deprimido por la crisis económica. Desde mi punto de vista estaba vacío por ser mediocre, con falta de cultura e iniciativa. Después de experimentar los horrores que presencié en los territorios palestinos la crisis española me parecía, con perdón, un verdadero chiste.

 

Y eso que yo también era una joven periodista en paro que me parecía estar viviendo en carne propia una película de Hollywood a la que cada vez me costaba más adaptarme. Quería coger el primer vuelo con rumbo a lo desconocido: Afganistán, Gaza, El Cairo… Me daba igual, no aguantaba ni un segundo más en España. Pero me había prometido a mí misma intentar tener una vida normal, mandar curriculums, tener un contrato en algún medio o gabinete de comunicación, dejando atrás la vida de periodista aventurera que anda por el mundo en autostop. Lo cierto es que había hecho de mi profesión un modo de vida adictivo, como un gran amante que sabes que aunque no te conviene no te lo puedes quitar de la cabeza.

 

Había aterrizado en Málaga, para variar sin dinero y rumbo establecido, siguiendo con mi vida nómada. Trabajaba de relaciones públicas en un bar de la plaza Tuti Fruti en Nerja, de 22:00 p.m hasta 3:30 a.m. Básicamente mi trabajo consistía en repartir flyers haciendo el descuento de dos copas por el precio de una, convenciendo a los extranjeros que estaban por las calles de que entraran en mi bar. Cobraba 30 euros diarios, obviamente sin estar asegurada, ni derecho a vacaciones, ni a días libres. Esa era una de las razones de por qué este país se iba a pique como el Titanic: la economía sumergida, la corrupción, y la cantidad de jóvenes explotados que estábamos trabjando por dos duros en condiciones precarias y sin poder independizarnos.

 

Había dado una charla en la Fundación Araguaney un mes antes en la que habían parcticipado varios artistas gallegos. El evento salió en todos los medios de comunicación, hasta en el Telediario, y ahí me encontraba yo de nuevo, perdida en un antro de Nerja recordando Yenín mientras vendía las copas a los pobres diablos que se me cruzaban en la calle.

 

Trabajaba con Mete, Lincy, Tom y Vicky. Eran extranjeros, estaban de vacaiones en España. Mete tenía 21 años, era de Dinamarca; Lincy tenía 27 también de Dinamarca, y Vicky, de 18, era inglesa. Al igual que yo las chicas tenían que salir disfrazadas a la calle (a veces vestidas sólo con el biquini y los tacones, otras veces de diablillas), a reclutar gente para llevar al bar. Ninguna de nosotras estábamos contentas con nuestro trabajo, pero entre eso y nada, mejor 30 euros diarios que cero. Cada vez que pasaba la Guardia Civil por delante nuestra teníamos que esconder los flyers porque en teoría ser relaciones públicas y hacer publicidad del bar estaba prohibido, y porque estábamos todas sin contrato.

 

Me planteé escribir un artículo sobre la explotación que estábamos sufriendo, pero lo cierto es que una se va haciendo amiga de su jefe y compañeros, y aunque sabe que trabajar sin contrato es ilegal te da hasta reparo escribir sobre el único ingreso que te está dando de comer. Pensé cuántos antros habría por los alrededores de Madrid, La Coruña y cualquier rincón de España en los que sus trabajadores estaban sin asegurar, cuántos miles de jóvenes españoles trabajaban casi gratis por no quedarse dormidos en casa en un país que parecía no ofrecer oportunidades. No veía luz al final del túnel.

 

Me había hecho amiga de todos los taxistas de la plaza, quienes se ganaban la vida llevando a los extranjeros borrachos a sus casas cuando acababan sus juergas en la plaza Tuti Fruti. Vivía en la urbanización Tropicana, en casa de mi tía casada con un inglés. La mayoría de los residentes de la urbanización eran ingleses o alemanes. El menú del bar solía estar en inglés. Hasta el socorrista de la piscina, Jesús, conocido como Jesú, un andaluz de casi cincuenta años, había aprendido a desenvolverse en inglés, requisito indispensable para trabajar en la urbanización Tropicana.

 

Doce días de trabajo mal pagado y falta de ganas hasta para escribir fueron suficientes para recoger los bártulos y volver a mi ciudad natal: La Coruña, intentando estabilizarme en un destino antiguo y nuevo al mismo tiempo.

 

Encendí el ordenador intentando hablar con mis compañeros de profesión, quienes seguían informando por esos mundos de Dios. Entrevisté a Antonio Navarro y a Jordi Pérez Colomé. Hablé con Antonio Pampliega, periodista freelance que estaba en Siria escribiendo para El País y para una docena de diarios. Sentí envidia y mi sangre hervir por volver a estar en el campo de batalla y no sentada en casa. Le pregunté a Antonio si creía que el único periodismo válido era el periodismo de guerra. Él me respondió que no, que cualquier periodismo era bueno si se sabía contar la historia.

 

Antonio escribió en su Facebook que acababa de hablar con la periodista freelance Mayte Carrasco y que se encontraba bien a pesar de estar incomunicada. Os recomiendo que leáis los últimos trabajos de Antonio Pampliega publicados en su blog Un Mundo en Guerra. Es de admirar el trabajo de los compañeros que arriesgan su vida por informar. En el fondo tenía razón el corresponsal de El Mundo en Tailandia, David Jiménez, cuando decía que el periodismo es una profesión que «nunca ha conocido el paro».