De paseo

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Nunca he paseado tanto, ni tan rápido. La pandemia me empuja al sedentarismo, me entrampa, y yo me rebelo. Ya no sé cómo huir, o cómo sentir que huyo. Invento rutas, recorro las calles a la desesperada, alargo las zancadas con el espíritu de un galgo desatado. Nunca había concebido tan claramente el paseo como una lucha contra la locura. Camino tanto que a veces sumo casi tantos pasos como un jubilado.

Ya no puedo permitirme la nostalgia, no están los ánimos como para jugar con fuego. Así que acelero y pienso en el futuro. Imagino las juergas del mañana. Quedamos en el Barón, en la plaza de Abades: bancos repletos de abrigos, porque el sol aprieta, y una tapa de migas tan previsible como sorprendente. Mecemos la cerveza con nuestro vaivén entre la sombra del naranjo y un empedrado que achicharra. «Sujétame la caña, que voy a encenderme un cigarro». Y suenan los primeros acordes de Chan Chan: los Buena Vista Social Club lograron que todo el mundo quisiera celebrar la vida en Cuba.

Tampoco me sienta demasiado bien emocionarme, que todavía queda pandemia para rato. Por lo visto, deberíamos habernos portado mejor en Navidad. Reñidme otra vez, instituciones, aunque este año solo se haya parecido a los anteriores en los kilos de más. Mi vida se debate entre la coquetería y la gula, menuda batalla libro cada día. Lo pienso y casi me pongo a trotar. Qué poca rentabilidad le sacamos este año a los embutidos.

Cruzo al otro lado del río, por si así consigo sentirme en otro sitio por un rato. Coincido con los mismos desconocidos de siempre, enganchados a fugas frustradas. El toque de queda no solo nos ha quitado las noches; entre semana, también nos ha quitado los paseos de día. Todo se ha oscurecido. Y veo más cuervos últimamente. Aun así, a pesar de las nevadas, ya intuyo el final del invierno. Qué condena es esta de la esperanza. Paso a paso, en silencio: así van pasando los días.

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