De Pizarnik, Dostoyevski y la clase

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Lost in translation, de Sofia Coppola, con Scarlet Johansson, 2003

 

He vuelto a ver Lost in translation. En algún momento centré mi atención en la extravagancia del amor (¿amor?) de John, el marido de la venerable Charlotte; con el paso de los días, asumiendo que es un ser baladí embebido por un éxito previsiblemente efímero, hace eco su falta de clase. De la ausencia de elegancia, del aterciopelado carácter que, efectivamente, embebe a la gente que lee bien y mucho. Y no pretendo ser clasista, pero tiende una con los años a organizar a los personajes.

Nos podríamos imaginar a Bob leyendo a Dostoyevski, a Charlotte con un cigarro en mano abstraída por completo ante la obra de Pizarnik. John es guapísimo –aunque una cosa no vaya reñida con la otra y el tono utilizado sea irónico-. John es “lo más”.

La clase de haber leído a Dostoyevski y a Pizarnik se manifiesta en la caída de párpados de la indiferencia, que pesa dos segundos por perplejidad. Florece cuando sólo se responde un “¿en serio?” ante el vacío vomipurgante que conlleva lo vulgar. Sorprende cuando, preciosa y serena, responde un “yo también”, al “te quiero” más barato que sustituye un “me piro, princesa”. No vuelvas, John.

La ausencia de clase no permite saber cuándo sacarse unas medias, servirse una copa de vino, elegir la librería dónde nutrirse o poner una buena excusa; no permite mentir. Y no me refiero a la mentira como traición, sino como algo chabacano. Me irrita cuando un autor escribe entre rayas ramplonas en un diálogo : -mintiendo-. ¡Anda ya, lo habíamos entendido todos! Pero y el interlocutor en el diálogo, ¿conoce el peso de la raya aclaratoria? Probablemente sí, pero pesa dos segundos también sonreír y responder, ¿en serio? Y no acuso al mentiroso, jamás, sino al que carece de la clase de saber a quién mentir.

Bob, pausado, no daría una excusa ramplona a Charlotte. Sabe que además de resultar generalmente innecesarias y ridículas, ella no las necesitaría. Los personajes que leen a Pizarnik preguntan poco y, cuando no les gustan las respuestas, dejan de querer saber. Charlotte no abre interrogaciones ni exclamaciones ante Kelly; con John lo intentó, y es la escena en la que él le dice “vuelvo el domingo” cuando se vuelve al párrafo denso del relato monótono aunque ella aún no lo sabe.  Kelly necesita explicaciones, interacciones constantes, halagos, mentiras, excusas. Le gusta la comida mexicana y admira a Johnny Depp.

Clase, para caminar, para sonreír, para parpadear, para saber qué leer. Para saber mentir, pero sobre todo para saber a quién dar una explicación que no ha pedido. Las chicas que leen, y sobre todo las que leen bien, entienden las mentiras, no las excusas. ¡Ni me pronuncio sobre las que escriben!

Suena Brass in Pocket, The Pretenders.

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Iria Miguens
Salitre y morriña. Mujer desde 1985, feminista desde que no está penado. Vivo en Madrid, siempre en Galicia. Médica desde que Santiago de Compostela, celebrándolo con lluvia, me invitó a Vigo. Y de Vigo al cielo, o a Madrid. Se aprende a leer cuando duele llorar. Nos vemos en todos los libros, en los teatros, en las pinturas, en el amparo del desasosiego de un folio en blanco. En lo miserable que haya en los párrafos de Loriga, en la prosa de Ferlosio, que lima el ego. En un Servicio de Urgencias de la Sanidad Pública, cómo no. No se necesitan escudos en las guerras de flores, me gustan las margaritas. Sangran sonrisas cuando la primavera llora sus primeros días. Lloran silencios cuando la indiferencia alumbra injusticia. Abrigada por la belleza del arte en la inocencia, en lo imposible.

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