De re Langobardorum

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En boca de mi contrapunto y Döppelgänger en estos sepulcros etruscos no cabe mayor denuesto que decir “eres un longobardo” o “eso son cosas de longobardos”. Bien. Tengo que reconocer que no comparto en absoluto esa enemiga. Él solo piensa en los etruscos (y a lo sumo un poco en los bizantinos) para sus poemas y sus diarios, en los que he de reconocer que me aterra aparecer. Parece no tener en cuenta que los longobardos son para los italianos como los godos para los españoles, especialmente para los castellanos y su berroqueña conciencia en su destino manifiesto. “La nobleza y el linaje de los godos” de la que hablaba el gran Jorge Manrique.  Desde mi infancia me ha fascinado la epopeya de los longobardos, mal conocidos en ocasiones en España como “los lombardos”, comenzando por su periplo, bueno, en realidad sería más bien una katábasis, “un viaje hacia abajo, hacia el sur”, desde las orillas del Báltico hasta Italia, el país donde aún no florecía el limonero. Paulo Diácono, a pesar de su impecablemente romano nombre, fue un longobardo de pura cepa. Para aquel pueblo y la historia de Italia significa lo mismo que Beda el Venerable, Gregorio de Tours o Isidoro de Sevilla para, respectivamente, los anglosajones e Inglaterra, los francos y Francia y los visigodos y España.

Los longobardos cruzaron los Alpes en el año 568 y se adentraron en la península itálica. Solo quince años antes el emperador Justiniano, en su intento de reconquistar la parte occidental del Imperio romano, había derrotado a los ostrogodos tras una cruenta y prolongada guerra de dieciocho años que nos describió Procopio de Cesarea en su Guerra gótica. Tras aquella guerra Italia quedó devastada, despoblada, depauperada; por esa razón, los nuevos bárbaros apenas encontraron resistencia y se apoderaron de toda la península desde los Alpes hasta la Basilicata, solo con algunas excepciones: Romaña (la tierra de los romaioi, es decir, los bizantinos), Roma, las islas y algunos enclaves costeros. Fundaron su reino, con sus leyes longobardas en detrimento del derecho romano, leyes que en el 643 el rey Rotario mandaría poner por escrito, pero en latín, latinizando muchos términos específicos de las instituciones jurídicas longobardas. Paulatinamente los bárbaros del norte se fueron mezclando con la población italiana y su lengua fue cayendo en desuso, de un modo análogo a lo que sucedió en el reino visigodo en España con la lengua de los conquistadores. El longobardo dejó su legado en forma de unos pocos vocablos al latín vulgar que se hablaba en el campo y en la casi desaparecida civilización urbana, interviniendo en la gestación del romance italiano

En los pueblos de la Maremma hay un patrón arqueológico y urbanístico que suele repetirse: acrópolis etrusca en una eminencia del terreno (en la excavación de una bodega en una casa medieval en Prata pudimos ver los vestigios de un primitivo emplazamiento que suscitó nuestra curiosidad), villa romana, presidio bizantino, fortaleza longobarda, burgo y castillo medieval, estructura de palimpsesto que ha llegado prácticamente intacta a nuestros días, como un recorrido por los burgos de Toscana pone de manifiesto. Muchas veces los propietarios de aquellas fortalezas feudales, de aquellos casseri (como se llama en Toscana al donjon o torre del homenaje) descendían de aquellos bárbaros del Norte que crearon la Corona de Hierro. Someramente latinizados y cristianizados, durante casi dos siglos vivieron rodeados de un mar de una población de lengua romance y fe católico-romana, de un modo sorprendentemente análogo al de los ingleses en la India. Los señores longobardos acabarían adoptando la lengua y la religión des quienes les rodeaban y mantenían con su trabajo, pues los longobardos eran una casta militar que vivía del beneficio que otros obtenían del cultivo de la tierra. A este estado de cosas puso fin la llegada desde el Norte de estructuras ideológicas y materiales mucho más sofisticadas, primero de manos de Carlomagno y los francos, quienes terminaron con el Regnum langobardorum, y luego de los emperadores del Sacro Imperio Romano, que reivindicaron la herencia de los emperadores romanos y del propio Carlomagno. El reino visigótico de Toledo terminó, como sabemos, también de modo abrupto, pero su némesis vino del Sur, de la mano de los muslimes y del Conde don Julián. Sin embargo, la Corona Ferrea de los reyes longobardos, que se conserva en el Duomo de Monza, fue con la que se consagró hasta mediados del XIX a los Reyes de Italia. Entre otros los emperadores Carlos IV en 1453, Segismundo en 1431, Carlos V en 1530 en Bolonia, cuando recibió simultáneamente la corona imperial y la Corona de hierro, Francisco I y Napoleón en 1805, que se hizo coronar Rey de Italia.

Como vimos más arriba, cualquier familia de la nobleza castellana se declaraba descendiente de la sangre de los godos. Algo análogo sucede también en Italia con los longobardos. Y en los nombres de los linajes nobiliarios medievales que se sucedían al frente de los castillos, feudos y tierras de la Maremma no resulta difícil descubrir su linaje impecablemente germánico: Pannocchieschi, Aldobrandeschi, Gherardesca, Teodorighi, Fraolminghi, Alberti, Cadolinghi, Guidi, Obertenghi. Por lo tanto, voy a demandar a M. un poco de respeto, siquiera porque su morada actual en Tatti a ellos perteneciera en otro tiempo, al linaje de los longobardos, o que al menos no utilice la palabra como insulto. Yo también soy longobardo.

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