De reyes, libros y tapadas de penal

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Un librero es un rey pero un rey no es un librero

Elias Canetti, Auto de fe.

 

Cuando Elias Canetti nos cuenta que su personaje, el profesor Peter Kien, a los 9 años se esconde en el baño de una librería para quedarse toda la noche encerrado con miles de libros; también nos confirma la desgracia del mocoso lector: en la oscuridad, ellos no nos pueden decir nada. El pequeño aprendiz de librero, Peter Kien, triste y cansado, se queda dormido en el suelo, donde lo encontrarán los empleados a la mañana siguiente.

 

Borges creía en aquella religión según la cual las almas de las personas cultas se van al cielo a conversar. El infierno no serían los otros, sino las conversaciones de los otros, a quienes los incultos presenciarían sin poder entender, por toda la eternidad. Demás está decir que para Borges (y para los pretenciosos intelectuales como él)  toda persona culta es dueña (o pasa mucho tiempo dentro) de una buena biblioteca.

 

En Lima, mis libros apenas ocupaban un rincón de mi dormitorio. Ahora, en esta segunda vida en Newyópolis, cuento con una buena biblioteca que sigue creciendo. Aún no amenaza con venirse abajo con el segundo piso –como me dijeron que les pasa a algunos profesores limeños que salen al extranjero de compras y se llevan todo porque en Lima no cuentan con bibliotecas públicas– pero sí es una colección diversa y generosa.

 

Siempre se le puede echar la culpa a nuestra profesión. He decidido escribir y para ser escritor, como diría Parra, lo más importante es leer. ¿Cómo enorgullecerse de lo que uno escribe si no se conoce lo que otros han escrito? Uno de los defectos de un escritor principiante es creer que por el hecho de juntar tres o cuatro oraciones en una página ya estamos camino hacia el Nobel. La escritura es un aprendizaje doloroso. Leyendo uno se da cuenta de que lo que queremos decir ya se ha dicho con gran belleza, con esfuerzo y con extraordinario sacrificio. Por eso colecciono buenos libros: siempre me recuerdan lo ignorante que soy.

 

Nada más feliz para un lector que pararse frente a una buena librería, extender la mano y coger un libro al azar: una tapa prometedora, un nombre de autor que nos hace recordar citas y voces (tienes que leer ese libro, ese autor es extraordinario, es único, etc).Es muy útil tener a la mano un libro para aquellos momentos en los cuales hay que hacer cosas de las que no se puede prescindir. Léase: ir al baño.

 

Mi padre tenía al lado de su trono un libro de papel fino y tapa de cuero.  Era siempre el mismo, viejito pero servicial: Las tradiciones peruanas de Ricardo Palma. Ese libro y la edición semanal de Caretas-Ilustración Peruana (la revista que me enseñó a leer de atrás para adelante) fueron parte importante de mi educación sentimental. Cuando por necesidad –o comodidad– me apropiaba del trono de mi padre, las aventuras y las promesas de aventura fluían desde aquellas páginas.

 

Hace un mes, abrí la puerta de mi casa y corrí hacia el cuarto de reposo . Antes de proceder (o como diría mi amigo Schreiber, «antes de ponerme en posición de tapar un penal») , decidí utilizar los últimos cinco segundos de mi tiempo extra para situarme frente a mi librero e interrogarlo. Allí estaba el libro que yo necesitaba. Tenía la tapa negra de cartón, el título escrito con letras blancas itálicas y el nombre del autor con mayúsculas letras rojas. Además, había un pingüino mirándome desde el lomo. Se llamaba The Moonstone. Es la primera gran novela de detectives: Wilkie Collins la escribió ayudado por el opio y después juraría que, en su mayor parte, no recordaba haberla escrito.

 

Semanas después, tras entrecortadas sesiones de lectura en las que conocí al mayordomo Betteredge y su ciega pasión por Robinson Crusoe; al Sargento Cuff y su inagotable afición por las rosas; y a los tres hindúes enfocados en la mision de recuperar su piedra sagrada; entre reposo y reposo obligatorio, terminé The Moonstone y la devolví a su antiguo lugar en el librero.

 

Desde allí, la novela me mira. Ella espera que otra vez la abra y la relea. Sabe bien que aunque soy pobre, ella es parte de mis dominios. Yo soy el dueño de esta pequeña biblioteca y por lo tanto, como bien dijo Canetti (leer esto a ritmo de ranchera): aún sigo siendo el rey.