De verdad de la buena

0
224

    En la publicación de los trabajos de los investigadores (da igual su disciplina) es imprescindible pasar el control de otros miembros de la comunidad científica que verifican y validan los resultados. Es un filtro que da credibilidad a la difusión de los resultados que se obtienen cualquier investigación.

    Sin embargo, los controles algunas veces fallan y de qué modo. Pequeño fue el escándalo protagonizado por el doctor Hwang Woo-Su: primero cuando pregonó a los cuatro vientos que había clonado células humanas y luego cuando se descubrió que todo era un engaño. El fraude empañó a los editores de la prestigiosa revista Science y bueno, puso un poco en solfa el sistema en uso.

    Ahora bien, si los tramposos se cuelan por las rendijas de los exhaustivos controles actuales ¿Qué no habrá podido pasar años atrás cuando los controles no eran tales? De todos los posibles fraudes – afortunadamente muchas teorías han sido revisadas con posterioridad-, uno sigue dando que hablar: el supuesto engaño, sí digo supuesto, que en el año 1911 un estadístico dijo haber descubierto.

    A finales del siglo XIX, un fraile en la localidad checa de Brno realizó una serie de experimentos que transformarían radicalmente la genética clásica. Gregor Mendel, así se llamaba el fraile, experimentó con plantas de guisantes y demostró cómo se heredaban los caracteres de generación en generación.

    Demostró que había caracteres más persistentes que otros y que a partir de la primera generación, se manifestaba el carácter dominante. También sus investigaciones demostraron que los caracteres recesivos, los que no son dominantes, se transmiten de abuelos a nietos. Con Mendel y sus guisantes nació la genética y aprendimos porque somos rubios o morenos en función de los cruces de nuestros ancestros.
    
    Fantástico, pero según el estadístico Fisher, las cuentas no salían como Mendel dijo; el fraile habría hecho trampas retocando los datos para que le cuadraran los porcentajes. Todavía hoy se discute sobre el tema y el rigor del mosén.
    
    Nunca sabremos los cálculos originales de Gregor Mendel, ya que los manuscritos se destruyeron a su muerte siguiendo una tradición un tanto peculiar de su cenobio, y por lo tanto, tampoco si las afirmaciones de Fisher son correctas.

    Por fortuna, en ciencia, además de los datos puntuales, el método que se utiliza en cualquier investigación y la intuición (el camino que se marca) también son importantes (a veces tanto o más como el resultado final) y la hipótesis ha sido refrendada en numerosos experimentos que se han realizado después.

    Así que, en el caso de nuestro fray…. (de haber maquillado los resultados de sus trabajos para hacerlos más creíbles) la cosa no pasa de ser un “pecadillo de monja” que no invalida la revolución que provocaron sus trabajos en el campo de la genética y la biología.  Porque como se decía en esa película…. lo importante es el “conceto”.

 

Jesús Pintor. Bioquímico.

Jesús Pintor Just es natural de Vigo. Nacido el 26 de diciembre de 1964, comenzó sus estudios de Biología en la Universidad de Vigo. Se trasladó a Madrid a finalizar dichos estudios licenciándose en el año 1989. Un año antes ya se había unido al grupo que la profesora M. Teresa Miras Portugal había consolidado en el Departamento de Bioquímica de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense, donde se doctoró en 1993. Durante los años 1994 y 1995, realizó su estancia posdoctoral con el profesor Geoffrey Burnstock en Londres, Reino Unido, para posteriormente reintegrarse a sus tareas docentes en Madrid. En la actualidad compagina sus tareas docentes e investigadoras con la figura de Subdirector de Investigación y Nuevas Tecnologías en la Escuela Universitaria de Óptica, dirigiendo a un grupo de 12 investigadores. En el plano científico ha publicado más de 100 artículos en revistas internacionales. Inventor de 12 patentes para el tratamiento de diversas patologías oculares y condrodisplasias, ha sido galardonado como mejor joven neuroquímico europeo (1994) y recientemente como mejor emprendedor de la Comunidad de Madrid por sus ideas para el desarrollo y explotación de las patentes de las patologías oculares y por la mejor idea para la creación de una empresa de base tecnológica. 
 Eduardo Costas. Es doctor en Biología, catedrático de universidad y doctor vinculado al CSIC. Iconoclasta por definición, ha trabajado en diferentes instituciones y desarrollado su investigación en diversos campos, básicamente en genética evolutiva y ecología de microalgas. Ha elaborado desarrollos aplicados (patentes, transferencia de tecnología). Siempre ha estado interesado en la divulgación científica. 
 Victoria López-Rodas. Coordinadora de ciencia. Es doctora en Veterinaria, profesora titular de universidad y doctora vinculada al CSIC. Trabaja en mecanismos genéticos de la adaptación de microorganismos fotosintéticos tanto a ambientes naturales extremos como a los efectos del cambio global antropogénico. Además es una de las mejores expertas en fitoplancton tóxico y sus efectos en aguas de abastecimiento, acuicultura y fauna salvaje.