De vinos, cuentos y 32 de diciembres

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Un señor que conozco, que tiene el don de la palabra, que dice muchas cosas propias y ajenas, que no escribe porque le parece vanidad, y que tiene nombre de líder guerrillero y figura de burgués “in”-satisfecho, como lo dibujó un amigo que sí escribe y tiene los mejores retratos que he leído, me dijo con un tono que no podía ocultar cierto reproche paternal justo después de que le conté la primera parte de esta historia, unos meses antes de irme de esa ciudad donde el sol pica más de lo que calienta, que “uno no tiene nada que estar haciendo en la calle un 32 de diciembre”.

 

Con estas frases certeras, envolventes, comienza el relato de Simón Ospina que protagonizó la segunda sesión de nuestro ‘Parnaso porteño’ –cada vez que pronunciamos ese nombre, que nos escogió a nosotros más de lo que lo escogimos nosotros a él, no puedo evitar la risa-, ese círculo literario nacido con tan pocas pretensiones que se encontró con sorpresa el regalo de Simón. Él ya había anunciado que tenía algo que leernos, en parte, supongo, porque algunos de quienes compartimos versos y libros aquella noche de viernes de empalagoso verano porteño también habíamos compartido esa otra noche, la del 31 de diciembre, y esa mañana del 32, en la que se inspira una parte de su relato. Simón no sólo nos regaló su cuento, o crónica, o cuento cronificado o crónica cuentista, sino que fue el anfitrión de excepción aquel 7 de enero, ese día que el calendario encasilla como día denso, de vuelta a la rutina después de los excesos navideños y de análisis menos eufórico de tantos proyectos y buenos propósitos de apenas una semana antes.

 

Así que Simón, escritor de Medellín, paisa, dio comienzo a la sesión, que yo quise amenizar, para compartir mis orígenes andaluces con quienes tanto me están enseñando de su tierra, con un poquito de flamenco. Escogí dos discos indispensables: Entre dos aguas de Paco de Lucía y La leyenda del tiempo del Camarón. Escuchaban tres paisas y un bogotano. A unos más que a otros, pero les gustó. Simón puso los vinos. Abrimos un Doña Paula de Los Cardos, un vino mendocino tan rico que, al probarlo, no pude reprimir un comentario más bienintencionado de lo que en letra impresa podría parecer: “¡Pero si parece español!”. Y, con la primera copa de Doña Paula, Simón leyó. No me resisto a transcribiros otro fragmento:

 

En aquel estado embriagado que parece de suma lucidez, imaginaba que también le anunciaría a mi amigo acerca de mis nuevos planes, que consistían en no escribir, en irme también de esta ciudad, en caminar por la vida como un vagamundospero sin la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser. Pensaba que tiene razón el burgués “in”-satisfecho cuando dice que “es mejor vivir poéticamente que ser poeta”.

 

Después llegó mi turno, y leí, como no podía ser de otra manera, aquel cuento de Julio Cortázar que en la sesión inaugural de nuestro círculo literario quiso perderse entre las páginas de Último round. Luis Miguel Rivas, también escritor colombiano, también paisa, leyó un texto de su blog. Miguel inauguró nuestra sesión anterior con su cuento “Los amigos míos se viven muriendo”. Me voy enganchando a su estilo, que, encuentro hoy en medio de la blogosfera, alguien compara con “el Renault 12 de la literatura colombiana: uno siempre puede confiar en su desempeño”. La sesión, en medio del Camarón y de Paco y de mucho youtube –ya lo dijo Miguel, ya no hay fiesta que se precie sin youtube-, acababa con un texto de Fontanarrosa que leyó Íñigo, una concesión a la argentinidad en la que vivimos este grupo de colombianos y yo misma. Simón abría un último vino que, como hombre de letras, escogió desde la estética: Punto final. Y con ese punto y final nos fuimos. Después de un día húmedo y pegajoso, eran las cuatro de la mañana y llovía en Buenos Aires y, mientras volvía a casa con Íñigo, caminando por Alto Palermo, satisfecha, me dije que todo está como debe estar, que es cierto que Dios escribe recto por renglones torcidos, y di gracias, a él o a quien sea, por haberme topado en el camino con Lorena, alma gemela, facilitadora de encuentros, tejedora de mundos donde las haya. La próxima será, tal vez, en su casa, de nuevo con la gata Maga como atenta vigilante…

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.