De vuelta al blog

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He tenido muy abandonado el blog, quizá porque yo mismo, de un tiempo a esta parte, ando de lo más abandonado. Lo dije ya alguna vez. Escribir en un blog es como salir a correr todas las mañanas. Basta que se deje la rutina una semana para que cueste horrores volver a machacarse sin ton ni son. Porque, dejémoslo claro, escribir un blog es un ejercicio en solitario sin más satisfacción que la satisfacción personal de ver que un día más uno ha hilvanado quinientas palabras por la blanca y silenciosa pantalla de un ordenador. O de una tableta, más bien.

 

Desde hace ya dos años yo apenas empleo el ordenador, que es como haber dejado el coche por la moto. Con la moto uno anda más ligero, no tiene que preocuparse de buscar sitio para aparcar y se evitan los atascos. A lo mejor esa ligereza es lo que está necesitando mi blog. En lugar de la columna mazacote, creo que a partir de ahora (y hasta nueva orden) lo que haré es escribir casi todos los días en el iPad un párrafo de cien o doscientas palabras en forma de reflexión, comentario puntual o exabrupto, y cuando me dé por ahí, un artículo de mil o dos mil palabras sobre aquello que en esos momentos más me llame la atención.

 

Ahora mi atención, debo confesar, esta puesta una vez más en el Lazarillo. Mi antigua alumna, por cierto, está de lo más enfadada conmigo porque no he vuelto a colgar nada más de las clases que ella tan concienzudamente había transcrito, pero desde aquí vuelvo a disculparme ante ella y a decirle que sí no lo he hecho ha sido por pudor y también porque, metido otra vez en faena, me resulta incómodo leer cosas que ya no sostengo o he modificado hace tiempo.

 

Y es que nada hay más efímero que la investigación. Un amigo me insinúa que me valga de esos apuntes y escriba –o reescriba- un libro en forma de clase, lo cual estaría bien si después del esfuerzo saliera algo cercano a una clase magistral, pero dudo de mi magisterio y, más aún, de que alguien al final se tome la molestia de leerlo. Pues como decía otro buen amigo mío, el pregonero, nadie escribe para uno solo, pues no se hace sin trabajo, etc., aunque está claro que ese amigo antañón no conocía ni la cinta de correr de los gimnasios ni la escritura que se practica en los blogs.

 

En definitiva, que vuelvo a mi rutina del blog, ay.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.