Dear Mandela

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El colegio Inmaculada es una institución limeña. Los jesuitas, a quienes siempre les ha gustado meterse en el negocio de educar a las élites, fundaron esta escuela de hombres en una zona llamada Valle Hermoso, en un distrito llamado Monterrico. Ambos nombres podrían darles una idea tanto de la belleza del lugar como de la condición privilegiada de las familias asentadas allí.

 

Con lo que no contaban los padres jesuitas, cuyo colegio limitaba con un cerro pelado atrás del cual estaba el desierto; y por el otro con las mansiones de los millonarios peruanos del barrio Las Casuarinas; era con que el desierto, centímetro a centímetro e invasión tras invasión, se convertiría durante los años 80 en un asentamiento humano (y luego en el distrito de Villa El Salvador).

 

Los directores del colegio, al ver que las casas fabricadas con cartón y esteras pronto doblarían el cerro y pasarían a formar parte del paisaje de sus alumnos, hicieron lo que cualquier propietario asustado por la posible depreciación de su propiedad haría: construyeron un muro que se alzaba hasta la cima del cerro, avanzaba por la cima y bajaba otra vez por el otro lado de su propiedad hasta el frente del colegio. Marcaron sus linderos y evitaron el afeamiento del paisaje.

 

En aquellos años de deterioro, la toma de cerros y desiertos por quienes llegaban a Lima empujados por el terrorismo o la falta de oportunidades, era constante. Un estado incapaz y corrupto no permitía que se enfrentase el crecimiento desordenado ni los problemas paralelos: mafias que negociaban las tierras; y robo indiscriminado de los servicios públicos. Lima la horrible, que en 1940 contaba con menos de 600 mil habitantes, al final de los 90s ya bordeaba los ocho millones.

 

Anoche, en Lehman College en el Bronx, asistí a la presentación del galardonado documental Dear Mandela, reportaje sobre las batallas sociales surafricanas alrededor de las políticas habitacionales. Los directores, Dara Kell (Ciudad del Cabo) y Christopher Nizza (Nueva York), convirtieron un proyecto para un cortometraje de cinco minutos en un largometraje de 90 minutos que les tomó 4 años. Allí denuncian el desinterés del gobierno por los pobres de Suráfrica.

 

Dear Mandela pone un ladrillo de concreto sobre la cabeza del ANC (el partido de Nelson Mandela), que hoy, 18 años consecutivos en el poder, le da la espalada a las mayorías. El filme nos cuenta la batalla de un grupo de activistas de un asentamiento informal cerca de la ciudad de Durban, organizados bajo el nombre de Abahlali base Mjondolo’s, que lucha contra un reglamento del gobierno que pretende destruír sus chozas para «reubicarlos» en asentamientos temporales a gran distancia del centro de la ciudad. Los activistas se organizan con la asesoría de abogados, denuncian la inconstitucionalidad de este decreto ante la Corte Constitucional de Johannesburgo, y vencen.

 

Antes de la victoria legal de Abahlali, los cineastas han capturado la guerra sucia de los representantes del ANC, que pretenden embarrar a los activistas para desprestigiarlos ante la comunidad. En uno de los momentos más tensos del documental, una reunión de Abahlali es suspendida porque una turba con machetes los ataca y amenaza con matar a sus líderes (quienes escapan con sus familias y trabajan los meses siguientes en la clandestinidad). Las turbas, pagadas por el ANC, incendian chozas y amenazan a los pobladores con matarlos si apoyan a Abahlali. El documental denuncia (indirectamente) el rol de la prensa surafricana, que no sólo ignora los reclamos de los pobladores si no que publica –sin ningún cuestionamiento– los comunicados oficiales del partido de gobierno, que responsabilizan a Abahlali por los desmanes.

 

Dear Mandela nos pone cara a cara con las consecuencias del desequilibrio social en un país. Un tema con el que los peruanos nos sentimos muy cercanos. En una escena, uno de los activistas más jóvenes de Abahlali mira desde la ventana de su choza los jardines de las mansiones y se pregunta «¿Por qué en este país unos tienen todo y otros no tienen nada?». La misma pregunta que los chiquillos de la Inmaculada se deben haber hecho mientras se levantaba esa muralla de ladrillos alrededor de su colegio; o que también se hacen hoy en día quienes aún no han sido cegados por el fenómeno del «boom económico peruano» al ver a los muchachos descalzos corriendo en los semáforos a limpiar el parabrisas de un auto a cambio de una moneda.