Deberíamos estar bebiendo

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En vez de la cordura, debería haber elegido el desenfreno. Y sería más feliz. Tal vez. ¿Cómo saberlo? La felicidad: ese obscuro objeto del deseo.

 

Esta tarde les he devuelto a mis alumnos las correcciones de su primera composición: la infancia. Y he recorrido los personajes y lugares comunes que suelo encontrarme en este tipo de asignaciones: familias destrozadas, padres alcohólicos, madres irresponsables, abuelas que lo saben todo, viajes de reencuentro, separaciones de fronteras con maletas, soledad entre hermanos, ansiedad por el padre desaparecido, etcétera. Es muy difícil dedicarse a buscar tildes omitidas y sintaxis equívocas en estas composiciones que se te cuelgan del corazón. Sin embargo, creo saber muy bien mi lugar en estas vidas y no pretendo decirles a los lectores que la vida de mis alumnos depende de lo que yo haga en mi clase. Sé que muchos de ellos sólo están cumpliendo con su tarea y de paso ventilando cierta ansiedad. Si bien es cierto que me resulta imposible desvincularme del todo. Más aún al comparar mi infancia con la de algunos de ellos. Se lo digo en clase: «agradezcamos quienes tuvimos una infancia feliz»

 

Y a quienes no la tuvieron, les dedico una frase que tal vez no sea la más afortunada, pero observo sus ojos y creo encontrar un pequeño brillo de agradecimiento, tal vez por molestarme unos segundos en manifestar cierta empatía (al hablarles estaba pensando en las penas de Vargas Llosa: internado en un colegio militar por un padre abusivo que pretendía curarlo de sus efluvios poéticos). Cargando las penas de la infancia también se puede llegar lejos, jovencita: Lo que no te mata te hace más fuerte.

 

Y claro, después de haber olfateado la soledad de mis adolescentes, me meto entre las páginas perfectas de La segunda juventud, de Luis Loayza, sólo para constatar que la vida del misterioso escritor es como un rompecabezas, que cada vez entiendo mejor después de leer su única novelita: Una piel de serpiente. Allí está también la muchacha semi emparentada con el narrador, el estudiante enamorado pero sin un cobre y el solitario traductor que llega de Europa, con pancita y canas un cuarto de siglo después. Como para constatar que la clase media no lo es todo, que en cada segmento de la sociedad se cuecen las habas. A quienes les falta dinero les sobran los motivos, y a quienes andan con los bolsillos cargados de fichas, los árboles frondosos de la primera fila les confunden la buena visibilidad del bosque.

 

Para todos los otros problemas existe la bebida. Un buen vaso, del licor que sea, suele relajar los hombros y la clavícula. Hace mucho tiempo que no bebo demasiado. Uno y otra excusa se han entrometido en esta anormal situación que pronto habrá que corregir. Los amigos no se pueden dejar abandonados, sino nos hundimos (si bien a veces se comprueba la existencia de amistades pesadas e innecesarias, personas a quienes ni siquiera es necesario complicarse la vida en decirles adiós). Para los verdaderos amigos ¡a terminarse la botella!, por el placer de beber con ellos: tener camaradas de trago es suficiente motivo para agradecer.

 

Eres un gordito responsable y conoces las virtudes de este tipo de vida, también sus consecuencias. Es un canje de aventuras por tranquilidad, un trueque en el que tu personalidad decide y en la que otras fuerzas tienen más velas que tú en el entierro. Por eso las altas horas de la noche te cogen en una casa con calefacción y no en un albergue o en la calle, calientito en la cama y no muerto de frío. Bueno o malo, no puede ser tan malo y lo más probable es que sea bastante bueno.

 

Como dije al principio, a veces pienso que en vez de escribirles debería de estar bebiendo: Nunc est bibendum, diría Horacio. Celebrando con aquellos amigos que ayer encontré en las calles de esta ciudad desordenada y que hoy, ajenos a mi algarabía, deben ya estar durmiendo: brindemos por ellos.