Decubrimiento de Lafcadio Hearn

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Lafcadio Hearn con su mujer Koizumi Setsu

Entro en la librería La Puerta de Tannhäuser, en Cáceres, una de las dos sedes que la firma posee; la primera que se abrió fue en Plasencia. He de confesar que me turbo un poco ante la profusa exhibición horizontal de tanta portada colorista y formato singular; características tan visibles que me hacen pensar que actualmente el libro, en buena parte, pasa a ser un destacado elemento de consumo, con tendencia a escorarse a una función más decorativa que didáctica. En el suelo, abrigados por una gran caja, tres descomunales tomos, conteniendo cada uno una de las cantigas de la Comedia dantesca. Hay que conseguir un buen atril para desarrollar la gozosa lectura en tan tocha edición. Sobre una de las mesas, otro lujoso producto que reproduce el Ulises de Joyce sobrado de centímetros en la impresión y selectamente ilustrado. La verdad es que yo me atengo en los libros sólo a la posible calidad del texto, con una encuadernación resistente y una buena letra, cómoda, of course, apañándome mejor en las librerías de lance, yendo casi siempre a tiro hecho, o comprando directamente en las plataformas de internet ya decididos títulos, y no dejados al azar, en ejemplares de segunda mano. Así, en cierta ocasión tuve la ventaja de adquirir las memorias de Francisco Nieva, llegándome un ejemplar, dedicado por él, de su puño y letra, a una persona, en la hoja de cortesía.

Después de una rauda ojeada, me siento, un tanto exhausto, en una butaquita al lado de una mesita que sostiene unas cuantas unidades de un libro, discreto en dimensiones, manejable, muy bien editado el pasado año por Satori Ediciones de Gijón: Kokoro. Ecos y apuntes de la vida íntima de Japón, de Lafcadio Hearn. Sin tener ni idea ni del título ni del autor, y atraído por el tema que enuncia en la cubierta, me hago con el ejemplar.

De inmediato me sumo en la lectura de ese preciado y delicado tomo que me estaba esperando en la librería La Puerta de Tannhäuser. Enseguida incorporo al conocimiento de Hearn dos obritas suyas más: Relatos chinos de espíritus, publicado por Miraguano Ediciones en 2006 y que incluye una interesante separata con un texto de Selma Balsas analizando esta obra, y El secreto de la muerta y otros cuentos fantásticos japoneses, que publicó el desaparecido diario El Sol en 1991 y que es una recopilación procedente de su más amplio libro titulado Kwaidan, que reeditó la editorial  Siruela en 1988, y que cuando se publicó en España en 1922 incorporaba el subtítulo “Historias y estudios de extrañas cosas”. Transcribamos ahora unos datos biográficos de Lafcadio Hearn.

Nació el 27 de junio de 1850 en Lefkada (de ahí su nombre), una de las islas Jónicas, entonces ocupadas por Gran Bretaña, donde sus padres, Charles Hearn, cirujano militar irlandés, y la griega Rosa Antonia Kassimati, se conocieron. Al poco, el padre fue destinado a las Antillas británicas y la madre marchó con el hijo a Irlanda para vivir en casa de su suegra, abuela paterna del niño. La separación de los progenitores hizo que se olvidaran para siempre del pequeño Lafcadio, quien pasó a estar al cuidado de una hermana de su abuela. Otro pariente, Henry Molyneux, lo tomó a su cargo y lo envío a estudiar a internados de Inglaterra y Francia. Precisamente, en el internado francés perdió un ojo mientras jugaba con sus compañeros. Por azares de su perverso destino, Molyneux también le falló y a los 18 años compró un billete para Estados Unidos y se estableció en Cincinatti (Ohio). Los primeros meses de esa estancia fueron muy duros. Pero, afortunadamente, conoció a Henry Watkin, que sería uno de sus mejores amigos y quien le ayudó a tomar contacto con el periodismo local, logrando ser reportero del Cincinatti Daily Enquirer y, más tarde, del Cincinatti Comercial. Allí conoció a Alethea Foley, una negra con la que se casó, a pesar de que los matrimonios mixtos no estaban permitidos. Sin embargo, esta unión duró poco.

Entonces, en 1887, Lafcadio Hearn de trasladó a Nueva Orleans para colaborar en el Times Democrat. Ya estaba interesado en el mundo oriental, escribiendo en esta ciudad sus Relatos chinos de espíritus. El final de su etapa americana fue residir en Nueva York. Antes había viajado a las Antillas de la mano del Harper’s Magazine. Seguía publicando sus libros, y además traducía a escritores franceses, especialmente a Maupassant y Flaubert, sus favoritos. Era ya un autor ciertamente considerado. El Harper’s Magazine le brindó una atractiva oportunidad que aceptó encantado: partir hacia Japón para escribir un conjunto de artículos sobre su visión y propia experiencia en el País del Sol Naciente. El 4 de abril de 1890 llegó en el buque Abysinnia a Yokohama. Enseguida rompió su compromiso con el periódico, encontrándose en una circunstancia deplorable. Menos mal que llevaba una carta de recomendación para Basil Hall Chamberlain, un famoso japonólogo de la Universidad de Tokio, quien le consiguió una plaza de profesor de inglés en una escuela de enseñanza media, en Matsue, un pueblo situado en la costa oeste nipona.

Al poco de vivir en Matsue, Lafcadio Hearn se casó con una japonesa, Koizumi Setsu, hija de un samurái, casta que procede de los legendarios guerreros japoneses que gobernaron el país durante cientos de años. Su mujer le contaba cuentos tradicionales que Lafcadio Hearn trasladaba a su escritura. Él no llegó nunca a dominar medianamente la lengua japonesa; y como ella tampoco sabía inglés, se entendían tan ricamente sólo con una sumaria cantidad de vocablos. Tuvieron cuatro hijos. Lafcadio se integró totalmente en ese nuevo mundo. Fue adoptado por la familia de su esposa, convirtiéndose oficialmente en ciudadano japonés. Pasó a llamarse Yakumo Koizumi, tomando el apellido familiar de la esposa. Con este nombre se difunde su obra en Japón. Después la familia se trasladó a Kumamoto, donde siguió dando clases y continuó escribiendo intensamente. En 1894 abandonó la enseñanza y volvió al periodismo, siendo redactor jefe de The Cronicle, un periódico en inglés que se publicaba en la ciudad portuaria de Kōbe. Su último empleo lo ejerció como profesor de literatura inglesa en la Universidad de Tokio. En 1904, a sus 54 años, falleció por un infarto. Habiéndose convertido al budismo, bajo el ritual budista fue incinerado al morir. La mayor parte de su obra, quince tomos, trata de temas japoneses. Como asevera José Pazo Espinosa, su prologuista: “Su prosa es muy limpia y elegante, con una cualidad atemporal mantenida, y su voz es siempre personal y delicadamente subjetiva”.

El libro Kokoro. Hints and Echoes of Japanese Inner Life, con el título Kokoro. Impresiones de la vida íntima de Japón, fue la primera obra de Hearn que se tradujo y publicó en España, editada por Daniel Jorro en 1906. Su traductor fue nada menos que el socialista Julián Besteiro. Kokoro es una palabra que se puede traducir por “corazón”, por “espíritu”, por “alma”. El mencionado comentarista José Pazo Espinosa señala que las tres obras básicas para entender el Japón de la era Meiji, que sucede, en la mitad del siglo XIX, al periodo feudal del shogunato, implantando una etapa de modernización, son el Kokoro, El libro del té, de Kazuko Okakura y Bushido. El alma del Japón, de Inazō Nitobe.

Estas obras están escritas en inglés. Ya sabemos que Lafcadio Hearn no dominaba el japonés, pero los otros dos eran japoneses de pura cepa. Okakura nació en Yokohama y procedía de familia samurái. Nitobe también venía del mundo samurái y era de Marioka, capital de la prefectura de Iwate, sita en una región, Tohoku, ubicada sobre la isla Honshu. La adopción del inglés tenía la clara intención de dirigirse al lector occidental con la sana idea de transmitirle el detallado carácter de la predilecta tradición japonesa. Estos tres autores fueron contemporáneos, se conocían.

Los capítulos de Kokoro se extienden en relatos tradicionales y, mayormente, en sustanciosos párrafos ensayísticos sobre la esencia del país. Dos cuestiones son fundamentales para saber bien de Japón. Primera: Comparado con el empeño en la duración de las cosas que manifiesta Occidente, en Japón, por contra, lo efímero se ensalza: “En términos generales, nosotros edificamos pensando en la resistencia; los japoneses, en lo efímero. Hay pocas cosas de uso común en Japón que se hagan pensando en que sean duraderas. Las sandalias de paja se desgastan y se sustituyen por otras en cada etapa del camino; las túnicas se confeccionan dándoles unas puntadas a unos pocos trozos de tela y se descosen cuando toca lavarlas; a los huéspedes de un alojamiento les dan palillos nuevos; los ligeros marcos shōji hacen las veces tanto de ventanas como de paredes y se arreglan un par de veces al año; las esteras se cambian en otoño. Todos ellos son ejemplos aleatorios del sinfín de pequeños objetos de la vida diaria que ilustran la satisfacción de los japoneses con lo efímero.” Lafcadio cuenta que una mañana ve colocar unos postes de flexible bambú en un solar vacío, levantándose cinco horas más tarde el armazón de una vivienda de dos pisos. A la mañana siguiente, ya están hechos los muros, de barro. Por la tarde, el tejado está listo. Al día siguiente, en la vivienda ya hay esteras y las paredes ya están enyesadas. “La casa queda lista en cinco días”, concluye. Hasta el budismo se conjuga con la doctrina de lo efímero. Algo también rechazado en Japón, relacionado con lo efímero, es la idea de la permanencia: “El lugar más valorado por los japoneses no es donde nacieron, sino donde reposarán tras la muerte; pocas cosas son permanentes a excepción de los sitios donde yacen los muertos y donde se sitúan los santuarios antiguos.”

En el libro El elogio de la sombra, manifiesto sobre la estética japonesa, escrito en 1933, su autor, Junichiro Tanizaki, nacido en Tokio en 1886 y fallecido en Yuguwara en 1965, afirma, en parejo sentido a lo que escribe Hearn, que «nosotros los orientales creamos belleza haciendo nacer sombras en lugares que en sí mismos son insignificantes».

Segunda cuestión: La suma importancia que adquieren los muertos en Japón. Como escribe Lafcadio Hearn, “Japón lo gobiernan los muertos”. Esta suprema reverencia hacia los difuntos tiene que ver con la gran devoción que ellos profesan a la familia: “Sin duda alguna, el círculo de la familia occidental es un asunto sumamente pequeño en comparación con el círculo de la familia oriental. En este siglo XIX la familia occidental está casi desintegrada; no se refiere a prácticamente nada más que el marido, la mujer y los niños muy pequeños. La familia oriental hace referencia no sólo a los padres y a sus parientes consanguíneos, sino a los abuelos y a sus parientes, a los bisabuelos y a todos los muertos anteriores a ellos.” En Japón, los muertos están dotados de mucha viveza, sin ser allí esta expresión paradójica. Son tan reales como los vivos: “Participan en la vida diaria de la gente, y comparten las penas y alegrías más modestas. Asisten a los ágapes familiares, velan por el bienestar del hogar, ayudan en la prosperidad de sus descendientes y se regocijan en ella. Están presentes en las procesiones públicas, en todos los festivales sagrados del sintoísmo, en los juegos militares y en todas las formas de entretenimiento provistas específicamente para ellos. Además, todo el mundo piensa que les agradan las ofrendas que les hacen y los honores que se les confieren.” Este amor a los muertos, como aventura Lafcadio Hearn, quizá sea “el sentimiento más profundo y potente de la raza, el que dirige especialmente la vida de la nación y le da forma al carácter nacional”.

En el capítulo “Un conservador”, un joven, abrumado por el sistema samurái, imperante en Japón, quiere experimentar y se convierte al cristianismo, exiliándose de inmediato en Europa y Estados Unidos: “Occidente le parecía mucho mayor de lo que esperaba, un mundo de gigantes; y lo que deprime hasta al más arriesgado de los occidentales cuando se encuentra solo, sin medios ni amigos, en una ciudad grande debe de haber deprimido a menudo al exiliado oriental: el desasosiego vago que despierta la sensación de ser invisible para los millones de personan que tienen prisa, el estruendo incesante del tráfico que ahoga las voces; las monstruosidades de una arquitectura sin alma; el despliegue dinámico de la riqueza que obliga a la mente y el cuerpo, como si sólo se tratara de maquinaria barata, a los límites extremos de lo posible.” En este crítico deambular por Occidente, el personaje ve semejanzas con Oriente: “Los ingleses le gustaban más que la gente de otros países que había visitado y los modales de la alta burguesía de Inglaterra le impresionaron por no ser tan diferentes de los de los samuráis japoneses.” Vuelto a sus creencias y su tradición, el muchacho concluyó su exilio con una interesante reflexión: “El desperdicio de la vida occidental lo había impresionado más que su sed de placer y su capacidad de sufrimiento: vio fuerza en la pobreza limpia de su propia tierra; en su economía generosa, la única oportunidad de competir con Occidente. La civilización extranjera le había enseñado a entender, como nunca podría haberlo hecho de otro modo, el valor y la belleza de la suya propia; y anhelaba el momento de que le permitieran regresar a su país de nacimiento.”

La balada de Shŭntoku-maru

   Érase una vez en la provincia de Kawachi un hombre muy rico llamado
Nobuyoshi. Y su hijo mayor se llamaba Shŭntoku-maru.

   Cuando Shŭntoku-maru, ese hijo mayor, tenía tan sólo tres años,
su madre murió. Y, cuando tenía cinco años, pasó a tener una madrastra.

   Cuando tenía siete años, su madrastra dio a luz a un niño al que llamaron
Otowaka-maru. Y los dos hermanos se criaron juntos.

   Cuando Shŭntoku cumplió dieciséis años, fue a Kioto, al templo de
Tenjin-sama, para hacerle una ofrenda al dios.

   Allí vio que había mil personas que iban al templo, mil que volvían y mil
que se quedaban: había una concurrencia de tres mil personas.

   Entre esa multitud llevaban al templo en kago [un tipo de palanquín]
a la hija más joven de un rico llamado Hagiyama. Shŭntoku también viajaba
en
kago; ambos kago se movían el uno al lado del otro por la ruta.

   Shŭntoku miró a la muchacha y se enamoró de ella. Ambos intercambiaron
miradas y cartas de amor.
 
   Un criado que era un adulador le contó todo esto a la madrastra de Shŭntoku.
   Entonces esta se puso a pensar en que, si el joven se quedaba en la casa de su padre, los almacenes del este y el oeste, los graneros del norte y el sur, y la casa que se encontraba en el medio no le pertenecerían nunca a Otowaka-maru.
   Así pues, concibió una maldad y le dijo a su marido:
   -Señor mío, ¿me honrarías concediéndome permiso para quedar exenta de las obligaciones del hogar durante siete días?
   El marido respondió:
   -Sí, por supuesto, pero ¿qué quieres hacer durante siete días?
   Ella le contestó:
   -Antes de desposarme con mi señor, le hice una promesa a la deidad augusta de Kiyomidzu; ahora me gustaría ir al templo para cumplirla.
   El señor le dijo:
   -Me parece bien, pero ¿qué criados o criadas quieres que te acompañen?
   Entonces respondió:
   -No necesito ningún criado o criada. Me gustaría ir sola.
   Y abandonó la casa y se apresuró a Kioto sin hacer caso a ningún consejo sobre su viaje.
   Al llegar al barrio de Sanjō, en la ciudad de Kioto, preguntó cómo se iba a la calle Kajiyamachi, que era la calle de los Herreros. Cuando la encontró, vio tres herrerías seguidas. Fue a la del medio, saludó al herrero y le preguntó:
   -Señor herrero, ¿podría hacerme un trabajillo de hierro de primera calidad?
   El herrero respondió:
   -Sí, señora, sí que puedo.
   Entonces la señora dijo:
   -Le ruego que me haga cuarenta y nueve clavos sin cabeza.
   Sin embargo el herrero contestó:
   -Soy de la séptima generación de una familia de herreros y, sin embargo, hasta ahora no había oído nunca que hubiera clavos sin cabeza, así que no puedo aceptar el encargo. Sería mejor que preguntara en otro sitio.
   -No –dijo ella-. Este es el primer sitio al que he venido, así que no quiero ir a otro. Le ruego que me los haga, señor herrero.
   -En verdad, si los hago, deberá pagarme mil ryō –respondió el herrero.
   -Si me los hace todos, como si quiere mil o dos mil ryō. Se lo ruego, señor herrero, hágalos –contestó ella.
   Consecuentemente, el herrero no pudo negarse a hacer los clavos.
   Preparó todo correctamente para honrar al dios del fuelle. Entonces empuñó su primer martillo y recitó el sutra de Kongō; tomó el segundo y recitó el sutra de Kannon; tomó el tercero y recitó el sutra de Amida, porque temía que esos clavos se usaran con fines perversos.
   Y terminó los clavos disgustado. La mujer se puso muy contenta. Recibió los clavos con la mano izquierda, le pagó al herrero con la derecha, se despidió de él y se fue.
   Cuando ya se hubo ido, el herrero pensó: “Seguro que tengo en koban de oro la suma de mil ryō. Pero esta vida nuestra sólo es como el lugar de descanso de un viajero en marcha y tengo que ser amable y compasivo con los demás. Les daré ropa a quienes tengan frío y comida a los hambrientos”.
   Como dio a conocer sus intenciones por escrito en las fronteras entre provincias y en los límites de las aldeas, pudo ser benévolo con muchas personas.
   Por el camino la mujer paró en casa de un pintor y le pidió que le hiciera un cuadro.
   El artista le preguntó:
   -¿Qué quiere que le pinte, un ciruelo muy viejo o un pino antiguo?
   -No quiero ni un ciruelo viejo ni un pino antiguo –respondió ella-. Quiero un cuadro de un muchacho de dieciséis años que mida un metro y medio y tenga dos lunares en la cara.
   -Será fácil de hacer- dijo el pintor.
   Y el artista hizo el cuadro en poquísimo tiempo. Se parecía mucho a  Shŭntoku-maru; la mujer se fue contenta.
   Se dirigió rápidamente a Kiyomidzu con el cuadro de Shŭntoku y lo pegó en uno de los pilares de la parte trasera del templo. Con cuarenta y siete de los cuarenta y nueve clavos lo fijó al pilar y los dos restantes se los clavó en los ojos.
   Entonces la mujer malvada se marchó a casa, segura de que le había echado una maldición a Shŭntoku. Dijo humildemente:
   -Ya estoy de vuelta.
   Y fingió ser fiel.
   Tres o cuatro meses después de que la madrastra hubiera invocado así el mal para que cayera sobre él, Shŭntoku se puso muy enfermo. Y la madrastra se alegró en secreto. Entonces le dijo a Nobuyoshi con astucia:
   -Señor mío, parece que esta enfermedad de Shŭntoku es muy mala; es difícil mantener a alguien con una enfermedad así en la casa de un rico.
   Aunque Nobuyoshi estaba muy sorprendido y profundamente apenado, pensó para sí que, en efecto, no quedaba otro remedio, llamó a Shŭntoku y le dijo:
   -Hijo, parece que lo que tienes es lepra; nadie con una enfermedad así puede seguir viviendo en esta casa. Por tanto, lo mejor sería que peregrinaras por todas las provincias, con la esperanza de que alguna influencia divina te cure. Mis almacenes y mis graneros no se los daré a Otowaka-maru, sino únicamente a ti, Shŭntoku; por eso, tienes que volver con nosotros.
   El pobre Shŭntoku, que no sabía lo malvada que era su madrastra, fue a suplicarle en su penoso estado y le dijo:
   -Querida madre, me han dicho que he de marcharme y deambular como peregrino. Pero me he quedado ciego y no puedo viajar sin dificultades. Me conformaría con una comida al día, en lugar de tres, y me alegraría que se me permitiera vivir en una esquina de un almacén o cobertizo. Me gustaría permanecer cerca de casa. ¿Me dejaríais quedarme, aunque solo sea por poco tiempo? Honorable madre, os lo ruego. Dejad que me quede.
   Sin embargo, ella replicó:
   -Como este problema que tienes ahora no es más que el principio de una enfermedad mala, no me es posible permitir que te quedes. Debes irte de casa inmediatamente.
   Entonces los criados sacaron a Shŭntoku de la casa por la fuerza y lo llevaron, profundamente apenado, al patio.
   La madrastra malvada, que iba detrás, gritó:
   -Debes marcharte inmediatamente, Shŭntoku, tal y como te lo ha ordenado tu padre.
   -Mirad, no tengo siquiera ropa de viaje. Necesito una túnica y unas calzas de peregrino, y un monedero para mendigar.
   La madrastra malvada se puso contenta al oír estas palabras y le dio de inmediato todo lo que necesitaba.
   Shŭntoku recibió los objetos, le dio las gracias y se dispuso a partir a pesar de su estado lastimero. Se puso la túnica y se colgó un mamori (amuleto) de madera al pecho y el monedero al cuello. Se calzó unas sandalias de paja y las ató firmemente; agarró un bastón de bambú con la mano y se cubrió la cabeza con un sombrero de junco.
   El pobre Shŭntoku se despidió de sus padres y emprendió el viaje. Nobuyoshi, apenado, acompañó a su hijo durante una parte del trayecto y le dijo:
   -Es inevitable, Shŭntoku. Pero, si el favor divino de esas deidades augustas a las que está dedicado ese amuleto te cura de la enfermedad, vuelve con nosotros inmediatamente, hijo mío.
   Estas amables palabras de despedida de su padre hicieron que Shŭntoku se sintiera mucho más feliz. Se tapó la cara con el sombrero grande de junco para evitar que los vecinos lo reconocieran, y continuó el camino solo.
   Sin embargo, poco después le fallaron tanto las piernas que temía no llegar muy lejos y sintió que el corazón siempre tiraba de vuelta a casa, de modo que no podía evitar pararse y mirar en esa dirección a menudo. Se puso triste de nuevo.
   Puesto que le había resultado difícil entrar en cualquier casa, se veía obligado a dormir a menudo bajo los pinos o en los bosques, pero a veces tenía suerte y encontraba refugio en algún santuario al borde del camino que contenía imágenes de los budas.
   Y una vez, en la oscuridad de la mañana, antes del amanecer, en la hora a la que los cuervos empiezan a volar fuera y a graznar, la difunta madre de Shŭntoku se le apareció en sueños y le dijo:
   -Hijo, la brujería de tu madrastra malvada es la causa de tus males. Acude ahora a la divinidad de Kiyomidzu y suplícale a la diosa que te cure.
   Shŭntoku se levantó sorprendido y emprendió el camino hacia la ciudad de Kioto, hacia el templo de Kiyomidzu.
   Un día, mientras viajaba, fue a la puerta de la casa de un rico de nombre Hagiyama y gritó con fuerza:
   -¡Limosna! ¡Limosna!
   Entonces una criada de la casa que había oído los gritos salió, le dio comida, se rio a carcajadas y le dijo:
   -¿Quién sería capaz de contener la risa ante la idea de intentar darle algo a un peregrino tan cómico?
   -¿Por qué te ríes? Soy el hombre de un hombre rico y famoso, Nobuyoshi de Kawachi. Sin embargo, me he convertido en lo que ves debido a una maldición que me echó mi madrastra malvada –contestó Shŭntoku.
   Al oír las voces, Otohimé, una de las hijas de esa familia, salió y le preguntó a la criada por qué se había reído.
   Esta respondió:
   -Oh, señora mía, había un ciego de Kawachi, que aparentaba unos veinte años, pegado al pilar de la puerta y gritando con fuerza: “¡Limosna! ¡Limosna!”, así que intenté darle algo de arroz limpio en una bandeja. Pero, cuando se la ofrecía en dirección a la mano derecha, acercaba la izquierda; y, cuando se la ofrecía en dirección a la mano izquierda, acercaba la derecha. Por eso no he podido evitar reírme.
   Al oír tal explicación de la criada a la dama, el ciego se enfadó y dijo:
   -No tienes derecho a despreciar a los desconocidos. Soy el hijo de un hombre rico y famoso de Kawachi y me llamo Shŭntoku-maru.
   De repente, la hija de esa casa, Otohimé, lo recordó y, bastante enfadada también, le dijo a la criada:
   -No debes reírte de forma tan grosera. Si hoy te ríes de los demás, puede que mañana se rían de ti. 
   Pero Otohimé se había sobresaltado tanto que no pudo evitar temblar un poco y, al volver a sus aposentos, se desmayó repentinamente.
   La casa quedó sumida en un estado de confusión total y llamaron a un médico a toda prisa. Sin embargo, la joven, que no era capaz de tomar medicina alguna, no hizo más que debilitarse paulatinamente.
   Entonces llamaron a muchos médicos de renombre; se consultaron los unos a los otros sobre Otohimé y finalmente decidieron que el único motivo de su enfermedad había sido algún disgusto repentino.
   Así pues, la madre de Otohimé le dijo a su hija enferma:
   -Cuéntame, sin ocultarme nada, si hay alguna pena que lleves en secreto, y dime si hay algo que quieras, que, sea lo que sea, intentaré conseguírtelo.
   Otohimé le respondió:
   -Estoy profundamente avergonzada, pero te diré lo que quiero. El ciego que vino el otro día era el hijo de un ciudadano rico y famoso de Kawachi llamado Nobuyoshi. Durante el festival de Tenjin en Kitano, en Kioto, conocí a un joven cuando iba de camino mal templo; nos intercambiamos cartas de amor y nos comprometimos el uno con el otro. Por ello me encantaría que se me permitiera viajar para buscarlo hasta que lo encuentre, dondequiera que esté.
   La madre le contestó amablemente:
   -Me parece bien. Si deseas un kago, te lo daremos; o, si prefieres un caballo, tuyo será. Puedes elegir al criado que quieras que te acompañe y te daré cuantos koban como desees.
   -No necesito ni un caballo ni un kago; tampoco me hacen falta criados. Sólo necesito el atuendo de un peregrino, unas calzas y una túnica, y un monedero de mendigo –respondió Otohimé.
   Otohimé consideraba que su deber era ir sola, tal como lo había hecho Shŭntoku. Así pues, antes de abandonar la casa, se despidió de sus padres con lágrimas en los ojos; apenas le quedaba voz para decirles adiós.
   Pasó por muchas montañas, y volvió a pasar por más; allí sólo se oían el bramido de los ciervos silvestres y el ruido de los torrentes.
   A veces se perdía por el camino; otras iba sola por una senda empinada y difícil; la pena la acompañaba siempre.
   Por fin vio ante sí, lejísimos, el pino denominado Kawama-matsu y las dos rocas llamadas Ota; cuando las vio, pensó en Shŭntoku llena de amor y de esperanza.
   Mientras iba paso a paso apresurado, se encontró con cinco o seis personas que se dirigían a Kumano y les preguntó:
   -¿No se habrán encontrado a un joven ciego, de unos dieciséis años?
   -No, aún no, pero le diremos lo que quiera si nos encontramos con él –respondieron.
   La respuesta decepcionó profundamente a Otohimé, que empezó a pensar que todos sus esfuerzos por encontrar a su amado quizás fueran en vano y se puso muy triste.
   Al final, estaba tan apenada que decidió que ya no intentaría encontrarlo en este mundo, sino que se ahogaría inmediatamente en el estanque de Sawara, puesto que así tal vez pudiera reunirse con él en un estado futuro.
   Se dirigió allí lo más rápido posible. Cuando llegó al estanque, clavó el bastón de peregrina en la tierra, colgó la túnica exterior en un pino, tiró el monedero, se soltó el pelo y ser lo peinó al estilo Shimada [como una difunta].
   Entonces, cuando se disponía a saltar al agua, tras haberse llenado de piedras las mangas, de repente apareció delante de ella un hombre respetable que tendría, como mínimo, unos ochenta años. Vestía completamente de blanco y llevaba una tablilla en la mano. El anciano le dijo:
   -¡No tengas prisa por morir, Otohimé! Shŭntoku, a quien buscas, se encuentra en Kiyomidzu-san. Ve a  su encuentro.
   Esta era, sin duda, la mejor noticia que podía esperar, así que enseguida se puso muy contenta. Y sabía que el favor augusto de su deidad protectora la había salvado, y que había sido el propio dios quien había hablado con ella.
   Así pues, arrojó las piedras que había metido en las mangas, se puso de nuevo la túnica exterior que se había quitado, se volvió a peinar y se apresuró hacia el templo de Kiyomidzu.
   Finalmente llegó al templo. Subió los tres escalones más bajos y, al mirar por debajo de un pórtico, vio que su amado Shŭntoku dormía allí cubierto con una estera de paja.
   -¡Por favor! ¡Por favor! –lo llamó.
   Shŭntoku, que se acababa de despertar repentinamente, asió el bastón, que tenía a su lado, y gritó:
   -¡Los niños del barrio vienen a molestarme todos los días porque soy ciego!
   Al oír estas palabras, Otohimé se puso muy triste. Se acercó a su pobre amado, lo tocó con las manos y le dijo:
   -No soy uno de esos niños malos y traviesos; soy la hija del rico Hagiyama. He venido a verte porque me comprometí contigo en el Festival de Kitano Tenjin, en Kioto.
   Sorprendido de oír la voz de su amada, Shŭntoku se levantó rápidamente y gritó:
   -¡Oh! ¿De verdad eres Otohimé? Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos, ¡pero qué raro! ¿No será una mentira?
   Y entonces se acariciaron el uno al otro; no podían hablar, sólo llorar. Sin embargo, Shŭntoku, que se dejó llevar por la emoción de su pena, le gritó a Otohimé:
   -Mi madrastra me ha echado una maldición y, como ves, he cambiado de aspecto. Por ello, nunca podré ser tu esposo. Seguiré así hasta el día en que me pudra y me muera. Debes volver a casa enseguida y vivir una vida llena de felicidad y esplendor.
   Sin embargo, Otohimé le respondió profundamente apenada:
   -¡Jamás! ¿Lo dices en serio? ¿De verdad estás en tus cabales? ¡No, no! Me he disfrazado así sólo porque te quería tanto como para llegar a dar mi vida por ti. Y ahora no te dejaré nunca. Ni importa lo que sea de mí en el futuro.
   Estas palabras consolaron a Shŭntoku, pero también sintió lástima por ella y se puso a llorar sin poder decir ni una sola palabra.
   -Tu madrastra malvada te echó una maldición sólo porque eras rico, así que no temo vengarte echándole una maldición a ella, pues yo también soy la hija de un hombre rico –dijo Otohimé entonces. Y, con todo su corazón, se dirigió a la divinidad del templo-: Durante siete días y siete noches, me quedaré a ayunar en este templo como muestra de mi voto; le suplico que nos salve si es fiel y compasiva. Un tejado de paja no es apropiado para un edificio tan importante como este, de modo que le pondré un tejado de plumas de pajaritos y cubriré el caballete con plumas de muslo de halcón. Este torii y estos faroles de piedra son feos: erigiré un torii de oro, haré mil lámparas de oro y mil de plata y las encenderé todas las noches. Un jardín tan grande como este debería tener árboles. Plantaré mil hinoki, mil sugi y mil karamatsu. Pero, si Shŭntoku no se cura en virtud de este voto, nos ahogaremos juntos en aquel estanque de lotos. Y, una vez muertos, adoptaremos la forma de dos serpientes grandes, atormentaremos a todos los que vengan a rendir culto a este templo y les bloquearemos el camino a los peregrinos.
   Ahora, por raro que parezca, en la noche del séptimo día desde que Otohimé había hecho su voto, se le apareció en sueños Kannon-sama, que le dijo:
   -Atenderé tu plegaria.
   Otohimé se despertó inmediatamente y le contó el sueño a Shŭntoku. Ambos se sorprendieron. Se levantaron, fueron juntos al río, se lavaron y le rindieron culto a la diosa.
   Entonces, por raro que parezca, a Shŭntoku se le abrieron completamente los ojos y recuperó la vista. Además, la enfermedad lo abandonó. Ambos lloraron henchidos de alegría.
   Buscaron una posada, donde dejaron las túnicas de peregrino, se pusieron ropa nueva, alquilaron unos kago y contrataron a unos porteadores para que los llevaran a casa. 
   Al llegar a casa de su padre, Shŭntoku gritó:
   -¡He vuelto, honorables padres! En virtud del amuleto escrito sobre la tablilla sagrada, me han curado la enfermedad, como podéis ver. ¿Va todo bien aquí, honorables padres?
   Al oírlo, el padre de Shŭntoku salió corriendo y gritó:
   -¡Oh! ¡Me tenías tan preocupado! ¡No he podido dejar de pensar en ti ni un solo momento, pero ahora me alegro tanto de veros a ti y a la mujer que te acompaña!
   Todos se pusieron muy contentos.
   Por otra parte, ocurrió algo muy extraño: la madrastra malvada se quedó ciega en ese mismo momento y se le empezaron a pudrir los dedos de las manos y de los pies. Así pues, sufría mucho.
   Entonces la pareja le dijo a la madrastra malvada:
   -¡Oh! ¡Ahora vos sois la que tenéis lepra! ¡No podemos mantener a una leprosa en la casa de un rico! ¡Idos inmediatamente, por favor! Os daremos una túnica y unas calzas de peregrino, un sombrero de junco y un bastón, pues ya lo tenemos todo preparado aquí.
   Entonces la madrastra malvada supo que sería imposible salvarse de la muerte, dado que ella ya había hecho algo así de perverso. Shŭntoku y su mujer se alegraron mucho. ¡Qué contentos estaban!
   La madrastra les suplicó que le permitieran una única comida ligera al día, tal y como lo había hecho Shŭntoku, pero Otohimé le dijo a la mujer enferma:
   -No podemos manteneros aquí, ni siquiera en la esquina de un cobertizo. ¡Marchaos inmediatamente!
   Además, Nobuyoshi le dijo a su malvada esposa:
   -¿Qué quieres decir con lo de quedarte aquí? ¿Cuánto tiempo necesitas para marcharte?
   Y la echó. La mujer, que no pudo contenerse, se fue llorando y haciendo todo lo posible por taparse la cara y que los vecinos no la vieran.
   Otowaka llevó a su madre de la mano y juntos fueron a Kioto y al tempo de Kiyomidzu.
   Cuando llegaron allí, subieron tres escalones del templo, se arrodillaron y le rezaron a la diosa diciendo:
   -¡Dadnos el poder para echar otra maldición!
   Sin embargo, la diosa apareció de repente delante de ellos y dijo:
   -Si rezarais por algo bueno, atendería vuestra plegaria, pero nunca más tendré nada que ver con algo malo. ¡Si debéis morir, morid ahí! Y, una vez muertos, os mandarán al infierno y allí os meterán en el fondo de un caldero de hierro para herviros. 
LAFCADIO HEARN
(Traducción de Karla Toledo Velarde)

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