Deferencia

Donde se recuerda que hablar desde un escalón superior pone al del peldaño de arriba en una situación más ridícula que violenta

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Cuenta Pío Baroja en sus memorias que Unamuno solía largar largos monólogos sin respuesta y juzgar tajantemente a “gente de mérito”. Al segundo o tercer ataque enfermizo de Unamuno, Baroja decía “señores, yo me voy” y dejaba al filósofo y su deferencia sin público: el polichinela se quedaba solo.

Estas semanas he tratado con mucho catedrático, mucho tipo de relumbrón intelectual -bendito fin del confinamiento-, y ninguno de ellos ha puesto su mirada y avilantez al servicio de su ego. Pocos Unamunos quedan ya en nuestras universidades, especialmente luego de la jubilación de muchos de ellos: casi todos hastiados de un mundo digital que poco comprenden. Por el contrario, todos los que recientemente me he encontrado escuchaban divertidos, aportando en la conversación en común para construir un diálogo. Lo que decía mi amiga Diana Aller “ser normal”.

“Estúpido millennial, no te metas conmigo hasta no conocer todos los dialectos del griego clásico”

Reflexionando sobre esto me he dado cuenta de cómo la mayor deferencia, los mayores desprecios, los encontré en otros estratos sociales y especialmente en aquellos muy ideologizados. A medida que el sesgo ideológico a izquierdas y derechas aumentaba, y no ha hecho más que aumentar desde 2008, encontré más y más personajillos que trataban con deferencia absoluta a todo aquello que veían alrededor. Era fascinante, así, encontrar a imbéciles de diez añazos repitiendo un curso dando lecciones “comunistas” por doquier, o que cualquier “matao” salido de la secundaria más ruinosa te hablara de “los tercios” como si llevando diez arcabuces más podrían haber conquistado Holanda. Esa deferencia siempre me llevó al insulto como reacción: nadie soporta la idiotez más de media hora.

En todos esos casos siempre sospeché que su proyección ideológica era una muletilla a sus fracasos personales: tan profundos como insondables para aquellos que creían sus bravatas de valiente. A las dos horas de chapa sobre Chomsky o Pérez-Reverte, a la media hora de “los fascistas/comunistas dominan el país”, solía ponerles una peluca verde, una nariz roja y maquillaje albo. Su discurso, “es que tú no te enteras de la conspiración que…”, no eran más que las bolas de malabarista para engatusar a un público no muy despierto.

Y sin espectadores el payaso llora.

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