Del arte de perder el tiempo en la escuela. Poesía y refugiados, por ejemplo

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Comprendí la necesidad de perder el tiempo y me decidí a hacerlo de inmediato. Me representaba múltiples formas de perder el tiempo y mi lado gamberro se regocijaba imaginando al inspector 

Mi hijo pequeño es hipotónico. Hasta que cumplió tres años fue atendido en el Centro de Atención Temprana. Se ocupaba de él una fisioterapeuta llamada Mercedes. Recuerdo bien lo que me dijo Mercedes el primer día que llevé a Rafael y lo dejé con ella: “El primer mes no voy a trabajar con él. Vamos a conocernos”. Como es evidente, se trataba de un bebé, entendí de inmediato que conocerse era un proceso que pasaba por la relación de sus cuerpos. Yo los dejaba y aprovechaba para dar un paseo, o bajaba al mercado y compraba verduras y frutas, mientras me iba imaginando a Mercedes y a Rafa sobre las colchonetas, danzando como dos cuerpos en situación de ingravidez.

 

En uno de estos paseos caí en la cuenta de lo formidable del asunto, digo, desde el punto de vista pedagógico, eso de “perder” un mes. Sobre todo si lo ponía en relación con la escuela presente, en la que cada vez se corre más sin saber, en la mayor parte de las ocasiones, hacia dónde se va. Entonces comprendí la necesidad pedagógica de perder el tiempo y me decidí a hacerlo de inmediato. Me representaba múltiples formas de perder el tiempo y mi lado gamberro se regocijaba imaginando al inspector recorriendo el pasillo hacia el aula donde en ese momento, claro, perdía el tiempo con mis alumnos, ante su respuesta estupefacta, yo le aclaraba parsimonioso que no hacíamos nada, sólo “perdíamos el tiempo”.

 

Qué hacía Mercedes: hablaba y, tal vez, cantaba (la voz también es cuerpo y nos constituye), miraba, escuchaba, movía sus extremidades y se desplazaba en el espacio, acercaba su cuerpo y comprobaba si podía tocar, y tocaba (o no), esperaba, reía e intentaba saber qué hacía reír a Rafa, qué le molestaba. Por supuesto, no sólo se trataba de conocer quién tenía delante, quién y cómo era Rafa, sino cómo se conformaba la relación de sus cuerpos y sus mentes, cómo era Rafa con Mercedes y cómo Mercedes con Rafa. Es evidente que hay una dimensión emocional previa a cualquier asunto técnico, pero que también es condición de posibilidad de cualquier desarrollo técnico. Mercedes, en el transcurso de ese mes, evaluaba y decidía qué necesitaba Rafa y qué prácticas ponía ella en marcha, pero al mismo tiempo y como condición de eso, Mercedes se ganaba la confianza de Rafa (y también su simpatía, su cariño).

 

Claro que Rafa y mis alumnos se diferencian en algunas cosas: Crisitian, Garnik, Jhon y compañía tienen palabra y también historia y memoria (incluida su historia escolar). Además conviene recordar que mis alumnos están en el aula contra su voluntad y experimentan un rechazo evidente hacia lo académico. Así que, una vez determinados a perder el tiempo, toca dilucidar cómo hacerlo. No es fácil hacer lo que hacía Mercedes. Se trata de perder el tiempo (acercarse y encontrarse con los alumnos, conocerlos y que te conozcan) en un determinado momento, en un determinado lugar, aquí y ahora, en la escuela, en el aula. En territorio apache, vamos.

 

Enumeremos, pues, algunas maneras de perder el tiempo, a la vez que pensamos algunas de las consecuencias positivas que podrían derivarse de este perder el tiempo: Jugar (al rol, al baloncesto), moverse en el aula, salir del aula, pasear, hacer teatro (pequeñas dramatizaciones, improvisaciones), hacer el tonto, hablarnos, escucharnos, en pequeños grupos, el grupo al completo, contarnos (también nosotros, profesores), respetar los tiempos de cada uno, los miedos de cada uno, reírnos, pintar, escribir, modelar, crear, hacer arte, hacer, hacer, hacer, ellos y tú, abrir el aula, invitar a otros, recibirlos, esperarlos.

 

Si todo esto se concreta, y si se hace con respeto (¿qué significa esto?), tacto y sin esperar nada, debería servir para eliminar miedos: miedo al otro y miedo a ser uno, a expresarse. Realizar actividades que, por un lado, disparen la creatividad (escritura y lectura creativa, dibujo, collage, fotografía, narración digital) y, por otro lado, nos ofrezcan fragmentos de lo que somos (autorretratos, fragmentos de vida, futuros recuerdos). De ese modo, este tiempo perdido funcionaría como uno de esos aceleradores de partículas gigantes: pondrían a circular a gran velocidad a átomos para hacerlos colisionar y descomponerlos en partículas subatómicas. Tendríamos materiales y experiencias compartidas suficientes como para poder aprovecharlas en el desarrollo del curso en la conformación de nuevas redes de aprendizaje.

 

Pues bien, este ensayo es el resultado de algunas de esas colisiones. Hemos perdido mucho tiempo escribiendo, hemos transformado el aula en un taller de escritura para que cada integrante del mismo (artesanos-poetas) se relacionase con la poesía como algo propio y no como un producto inalcanzable que pertenece a otros. En cierto sentido, hemos partido del supuesto de que homo sapiens también es homo poeticus y, por tanto, sólo teníamos que hacer revivir la dimensión poética de cada uno de nosotros. Hemos tratado de hacer una apuesta por la creación en estado puro, no en el sentido de convertir a los alumnos en poetas, sino en el de considerarlos, en tanto que humanos, ya poetas, amantes y creadores de palabras. Hemos experimentado la escritura no como consumidores sino como creadores.

 

Lo paradójico es que sólo cuando no estamos dispuestos a perder el tiempo, perdemos el tiempo.

 

 

DI VER SO

 

DI VER SO es un proyecto en el que convergen dos de los ejes que han centrado nuestro trabajo durante el curso: la creatividad y la solidaridad. Las aulas 25 y 26, los agujeros donde habitamos en nuestra vida escolar, siempre se han parecido bastante a un taller de creación. Hemos hecho muchas cosas pero, sobre todo, poesías. Hemos intentado relacionarnos con la poesía como algo propio y no como un producto inalcanzable que pertenece a otros. Hemos experimentado la poesía no como consumidores sino como creadores. Y hemos llegado a amarla.

 

Por otro lado, siempre hemos estado ligados, de un modo u otro, a iniciativas en defensa de los Derechos Humanos. En noviembre hicimos campaña en defensa de los derechos de Rania Alabassi y su familia, lo que nos permitió conocer mejor el presente de Siria y, desde diciembre, ayudamos a poner en marcha Mi escuela, tu refugio, proyecto actualmente en desarrollo en el IES Juan Bosco, que tiene como objetivo atender a la dramática realidad de los refugiados para recordarnos que no es una realidad ajena, sino al contrario, una realidad que nos atañe, de la que deberíamos sentirnos responsables.

 

Hemos tenido la fortuna de encontrar en nuestro camino a olvidados, de saber del increíble trabajo que realiza en el campo de refugiados de Katsikas, y creemos que la publicación y venta de DI VER SO es lo mejor que podemos hacer para que ellos sientan que son necesarios y para que sigan allí, transmitiendo a los refugiados nuestra energía.

 

 

 

 

Rafael Falcón Lahera (Sevilla, 1975) es profesor de Secundaria en el IES Juan Bosco de Alcázar de San Juan (Ciudad Real). Junto con un grupo de profesores trabaja Refugios: taller de poesías, un proyecto educativo que usa la creación poética para sensibilizar al alumnado sobre la crisis de refugiados, así como para reflexionar sobre nuestra responsabilidad como individuos y como sociedad. En Alcázar ha coordinado el proyecto Cuentaminándonos, un Taller de Literatura para niños y adolescentes. Desde 2009 ha editado las revistas digitales Palabras Sueltas y Oinoanda, a medio camino entre la filosofía y la literatura. En el año 2015 obtuvo el Accésit del XXVI Premio de Narración Breve de la UNED. En FronteraD ha publicado Lieu de vie

Autor: Rafael Falcón Lahera