Del diario íntimo

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Se me olvidó apagar el despertador anoche, con lo cual esta mañana, día de fiesta, me he despertado como cualquier otro jueves, a las seis y media. Todavía no había amanecido. Con los ojos cerrados me he quedado algún tiempo en duermevela, apaciblemente arrullado por una dulce tristeza otoñal de hojas secas y parques abandonados. Luego, ya levantado, con las primeras luces de la mañana, he visto por la ventana el parque infantil de debajo de casa, muy distinto al ensoñado, aunque igualmente triste, sin pájaros y sin niños, con los columpios, al fondo, tan desangelados y tan quietos como siluetas de ahorcados.

 

El café me ha reanimado algo. Pero las noticias en la prensa siguen sin ser demasiado alentadoras. Hay desconfianza generalizada en el euro. La canciller alemana rechaza cualquier compromiso que no sea apretarse el cinturón y poner en cintura a los países endeudados. Ni eurobonos ni préstamos de parte del Banco Central. Hojeo otras secciones, otros periódicos: Le Monde, el New York Times, el Times de Londres, el AS… Solamente me consuela la buena salud del fútbol español. Pasado mañana juegan mi atleti y el Madrid. Todavía recuerdo como si fuera ayer el primer derbi al que asistí en el Santiago Bernabeu, hace más de cuarenta años. Muy pocas cosas me resultan tan bellas y tan emocionantes como un estadio de cien mil espectadores iluminado por la noche. El oscuro murmullo de la muchedumbre en la grada, el humo de los puros, los focos incandescentes y allá abajo, en el centro, el césped todo verde sobre el cual se dibuja, con líneas impolutamente blancas, las dos áreas, el círculo central, los banderines de córner, el punto de penalti, las porterías… El fútbol es el recreo infantil que nunca acaba, ni en verano ni en invierno, ni con diez años ni con ochenta. El aficionado al fútbol es un eterno Peter Pan en lucha constante con piratas y con indios, con el capitán Hook o con el malvado Mouriño.

 

Hacia las nueve hablo por Skype con mi padre durante unos diez minutos. La calidad de la imagen es cada vez mejor. Se me ocurre hacerle algunas fotografías y grabo también en vídeo dos minutos de conversación, la cual veo luego repetida varias veces, cuando ya nos hemos despedido. En el reloj son apenas las nueve y media. Me quedan todavía algunas horas para la cena del pavo, que comeré en casa de unas buenas amigas.

 

Entretanto, me pregunto qué puedo hacer. Decido bajarme una película, La chica del dragón tatuado en el nuevo Kindle Fire que acabo de comprarme. No había leído el best seller, pero la película me entretiene. No faltan los ingredientes que más atraen al público, con su dosis de sexo, el misterio del whodunit y la relación romántica entre un chico algo talludo y una chica bastante rarita. (Por cierto, constato una vez más la tendencia cada vez más generalizada de demonizar sistemáticamente todo lo que huele a hombre o a masculino).

 

Al terminar de ver la película me siento algo culpable por haber perdido miserablemente el tiempo y me pongo a leer algún libro de más enjundia. Me cae en las manos un ensayo de Alain de Besnoist sobre la identidad, que es asunto que me interesa profundamente. Nos identifica nuestro nombre y apellido familiar, la ciudad donde nacimos, la clase social a la que pertenecemos, ser varón o hembra, joven o viejo, rico o pobre. La tesis de Besnoist es que la identidad es un fenómeno moderno que se desarrolla a partir del siglo XVIII cuando se juntan la introspección agustiniana, el racionalismo cartesiano y una mayor preocupación respecto al ámbito privado en detrimento de las preocupaciones sociales. Luego el romanticismo completará –o matizará- la identidad individual haciendo hincapié en las particularidades culturales de cada uno. El sujeto universal dará paso a un sujeto singular condicionado por su particular circunstancia histórica… Seguiré esta noche con la lectura. Ahora tengo que prepararme para salir.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.