Del espacio y otras cosas del desierto

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Este texto pertenece a la serie Remembranzas

El jugo bien vale la presión ejercida. O padecida, me gusta el verbo patior y su evolución en diversas lenguas. De patior, pati “sufrir, soportar” De ahí padecimiento, compadecer, compasión, compatible, incompatibilidad, paciente “el que soporta algo adverso”, paciencia, pasión de passio -nis, pasionario, pasional, apasionado; pasivo “que soporta”, pasividad.  ¡Pero también se puede padecer un orgasmo reparador, relajante y exhaustivo, que nos deja “vaciado” … hasta el próximo Inch Allahoud!

Patíbulo, de patibulum, patibulario. Patético, del griego pathetikós, de épathon “experimenté un sentimiento, padecí”. Patetismo, Simpatía de sympatheia “acto de sentir igual que otro”, antipatía. Apatía de “apátheia” “falta de sentimiento”, apático. Patogenia, patógeno, de “pathos” “padecimiento, enfermedad”, formado de gennáomas “yo engendro” patología, patológico. Homeopatía, con gr.  hómoios “semejante”, propte. “de remedios análogos al mal” homeopático, homeópata; y su opuesto, alopatía del gr. állos, “otro, diferente”.

¡Qué maravilla! Con razón, desde hace mucho tiempo, “soñaba” que con los años pudiera organizar un retiro: estudiando filología, semántica, etimología, … con buenos textos que conocieran bien el griego, latín, árabe, gótico y raíces germánicas, eslavas… hasta el supuesto indoeuropeo.

Por asociación de ideas, durante uno de mis viajes a Persia, Irán, en el que pude recorrer las más bellas ciudades y los parajes más hermosos, me acompañaba un guía, puesto por el gobierno de los ayatollás, (pues claro, si me había invitado su Embajador en Madrid) que cada vez que entrábamos en una mezquita en Teherán, Qom Shiraz, Isfahan o en un mausoleo, palacio, ruinas como las de Persépolis,  recuperadas por los Sha Pahleví, o compuertas, canales, acequias para aprovechar el curso de ríos y de riachuelos… me dijo un día “Buenos días, “¡qué maravilla!”. Debe ser una palabra muy utilizada en español”. Y yo respondí sólo con una sonrisa. Igual me había pasado y me habría de pasar en Iraq, Bagdad y en tantos lugares de esos países de los dos ríos, Mesopotamia, Éufrates y Tigris, Babilonia… ¡Qué maravilla!”

Fijaos en esta maravilla: Eufrasia, del gr. euphrasía, ‘alegría’, deriv. de euphráino ‘yo alegro’ y éste de phrén ‘mente’… ¡Impresionante, de la mente, de la mente en orden, buena… proviene la alegría! Deriv. Mental, mención, mentar, mencionar; demente, demencia; vehemencia, de vehemens propte. ‘impulsivo, impetuoso’. Mentor, del gr. Mentor, nombre del consejero de Telémaco, hijo de Ulises, nombre de carácter significativo deriv. De la raíz indoeuropea de mensMemento imperativo latino de meminisse ‘acordarse’ q viene de la misma raíz de la que salen también el gr. amnesía de donde ‘amnesia’ y ‘amnestía’, “olvido”, de dónde amnistía. Interesante Cpts (compuestos) Mentecato del lat. mente captus ‘que no tiene toda la razón’ propte. ‘cogido de la mente’. Mnemotecnia, cpt. formado con el gr. mnemon  ‘el que se acuerda’ y tékhne ‘arte’; mnemotécnico.

No, no estoy “perdiendo el tiempo” pues éste no existe, lo vamos haciendo, como me dijo un anciano subsahariano: “qué preocupados están los blanquitos con el tiempo, pero ¡si no existe!, lo vamos haciendo poco a poco, según lo necesitamos. Ustedes los blanquitos tienen los relojes, nosotros el tiempo. ¿Qué es más importante y significativo, quedar con alguien a las ocho en punto de la tarde, o quedar en encontrarse con el amigo hacia la puesta de sol, en el zoco, o en los jardines, o en la playa o en la mezquita…? Por eso van a todas partes deprisa y lo que es más serio, a todos los encuentros “rencontres”. Se rencontrer, ça c’est important”. C’est comme reconnaître, on se réconnais… c’est comme si on se cherchais, on s’attendais…. Même si on ne le savait pas. Y yo re-cordé, de pronto, a San Agustín “No me buscarías sino me hubieras encontrado.” Y en otra parte, “primum enim excitasti me ut quaererem te”, “primero me despertaste para que te buscara”.

¿Acaso no es esta una de las mejores formas de “hacer/pasar el tiempo” cuando te jubilan y tú decides transformar lo que vaya a acontecer en tiempo liberado, aunque el tiempo no existe porque no existe algo radicalmente inmóvil con que relacionarlo?

De ahí la importancia de cultivar el silencio, sentado o caminando hasta que caes en la cuenta de que da lo mismo fregar los cacharros de la cena o del desayuno que regar tus plantas o limpiar de papeles y de plásticos el bosque por el que caminas. Levantarte/despertarte para ver amanecer, haciendo la espera, (como sobre las dunas de Mersouga en el sahel marroquí), o cuando te despiertan en un barco para hacer tu guardia antes del amanecer… Quemar incienso, encender una vela, hacer una hoguera para sentarte con los amigos alrededor para compartir un té o una queimada o para fumar tabaco, hachís o marihuana… Postrarte con las palmas de tus manos hacia arriba, en silencio o recitando mantras, barrer, descalzarte antes de pisar la alfombra o al entrar en un espacio de convivencia, familia, comunidad, templo, universidad como espacio de encuentro con el maestro y con les copains, ¡con los que se comparten el pan! o el vino, las frutas o los dulces, las risas o el batir de palmas o escuchar y hacer coro al batir de los tambores o escuchar con respeto, emoción y silencio las melodías de una flauta, de un oboe, o el estremecedor rasgueo de unos mágicos dedos en las cuerdas de una guitarra o de un arpa… qué más da… hacer el silencio o los coros ante la voz de un cantante o sentir el zapateado de unos gitanos en la noche, bajo la luna y los luceros… más allá, más en torno, más adentro… entonces ya no hay yo ni tú nosotros ni vosotros ni ellos ni aquellos o aquestos… ¿Recordáis a Zorba bailando el sirtaki sobre la arena de la playa, junto al rumor de las olas y las húmedas lágrimas que surcaban su rostro? Pues esto de engolfarse en los orígenes y evolución del lenguaje, o en el recogimiento al escuchar una sinfonía o un aria o una voz aguardentosa o limpia y clara… en la anochecida, o junto al río o sentados en el recodo de un camino.

¿Qué es mejor… ¿o más útil?, ah esto no… Si el espacio tampoco existe sino por la fantasía de los límites con que tú lo defines, una plaza… Os voy a contar algo para que tengáis momentos sabrosos en este fin de semana. Una noche, en Ché Chahuén, salimos a caminar David Calzado y yo, para despejarnos algo después del hamman con los amigos, de la cena celebrada con mi mujer y con los miembros de aquel viaje por Marruecos, de la fumada de buen hachís en un pequeño bar, … Pues, a lo que íbamos, David y yo, de repente, vimos a un hombre muy alto con su bornus marrón puesto y la amplia capucha en pico que se interponía entre la luz de la luna y las sombras que con sus movimientos suaves o del más preciado montaje de un ballet chino… iba dibujando sobre aquella inmensa pared de ladrillos que por supuesto no ocupaban espacio alguno puesto que la luz no tenía límites, y el tiempo, para nosotros tres y para los ángeles del cielo, átomos o lo que fuera, tampoco.

Nos miramos el uno al otro en silencio y seguimos calle arriba hasta que de repente, todo sucede en algunas ocasiones o estados siempre de repente, vimos a nuestra izquierda una plaza que nos pareció en la noche de luna creciente algo inmenso. Sin volver mi rostro dije “David ¿ves tú lo mismo que veo yo?” Y él, sabio serrano de ascendencia mora y gitana a partes iguales con algo de cristiano godo y rubio de Andújar, va y musita “Yo no sé lo que ves tú, Maestro”. “¿No ves que el espacio no existe? David no dijo nada, si acaso abrió más los ojos, pero procurando no despegar sus suelas del suelo que eso sí que era consistente, no las ocurrencias y aventuras de esos dos fumetas perdidos en la noche encantada de ese “lugar, zona, área, espacio” maravilloso de Che Chaouén o en el inolvidable de Ketama, del que habremos de tratar algún día. Pues bien, “David, el espacio sólo se puede medir por sus límites, como un cuadro por su marco o un cierto paisaje, si no estás asomado (qué bonita palabra), por el marco y encuadre de la ventana…” Silencio. “Descansa, sosiégate, apoyémonos en las plantas de nuestros pies y quitemos toda la hilera de casas de la plaza a nuestra derecha. ¿Está?” No contestó, claro siguió mirando desde su limitada (que no pequeña) estatura y con sus verdes ojos, siempre sonrientes, pero, en esta noche…, pasmados por el asombro que intuía que se avecinaba. “Ahora, David, amigo, haz lo mismo con las casas y el edificio algo más alto que están enfrente de nosotros… que desaparezcan…” “Y por último, hagamos lo mismo con la hilera de casas que están a nuestra izquierda… desaparecidos los límites que definen a ese “espacio” que llamamos plaza qué queda, pues en donde estamos no podemos más que imaginar el cuarto lado que “formaba” el cuadrado/cuadrilátero de la supuesta plaza… “¿Te encuentras bien?, respira con calma, abre bien los ojos, olvídate de tu cuerpo pero no despegues las plantas de tus pies del supuesto suelo… respira hondo y suelta muy despacio el aire mariano/hachisiano/algo alcoholizado de tus pulmones, supuestos, por ídem. Sigue separando las casas de la derecha hasta que se pierdan y no las “veas” más, hagamos lo mismo con las que tenemos enfrente, y con las de nuestra izquierda… mantente firme sobre las plantas de tus pies y ¿qué “vemos”…? nada, el vacío, porque, como es obvio, prescindimos y pasamos el suelo, ya sabrás un día cuando te suceda y yo te lo cuente lo que ocurre cuando se cae algo al suelo y tú, inocente, vas y le silbas en vano para que regrese de re-gressus pues no hay suelo en donde dar vuelta a esos supuestos gressus-pasos, ni silbido que funcione. ¿Has hecho des-aparecer a las supuestas paredes y al imaginado suelo? Si no hay límites para el espacio ¿dónde estará la plaza en la que mañana temprano los campesinos extiendan y expongan los frutos de sus campos? Pues ya te contaré otro día/noche… el “tiempo” es una jodida muletilla para entendernos los humanos descarriados de su dimensión etérea y cosmoteándrica, lo que nos sucedió hace tiempo, durante el viaje de mi año sabático en África subsahariana, una noche en el caravansérail de Taroudant, cerca, muy cerca, es un decir, de Tombuctú… que tampoco “existe” sino en nuestra imaginación y en los ensueños de caravaneros a lomos de dromedarios y de camellos acarreando las piedras de sal del norte al sur custodiados por mis amigos infinitos los tuaregs de cuyo Jeque fui durante un tiempo huésped. Cuando, caída la noche y bebidos los tés y quizás fumado algún narguile bien preparado, nos levantábamos de nuestras alfombras bajo la jaima y nos dirigíamos en silencio afuera en donde esperaban dos soberbios e increíblemente hermosos camellos blancos con ricos arreos. Nadie hablaba, una figuras como sombras sujetaban a los animales mientras nos acomodábamos cada uno sobre el suyo, bien colocados pies y piernas… y, al sordo no sé qué, nos agarramos cada uno a su arzón, echados hacia atrás para compensar el movimiento del camello al incorporarse y sin escolta alguna (para desconcierto de algunos en su tribu) nos dirigíamos el Jeque delante y yo siguiéndole por la arena del desierto, contorneando la duna arriba, hasta alcanzar una amplia esplanada sin límites ni casi contornos donde los camellos se detuvieron y, a una orden con el pie, cada uno se agarró al arzón de su engalanada montura echándonos hacia atrás, hasta que se posaron y uno, el más grande, el del Jeque mugió a la noche, al espacio, al éter, al cosmos… a Alajú o al Dios natura naturans de Spinoza y nosotros nos dirigimos a sentarnos sobre la arena que dentro de poco comenzaría a emitir sus casi inaudibles sonidos con la llegada de la anunciada luz y el mutis del frío interior de las dunas, mientras se distendían y nosotros dos respirábamos en silencio… El Jeque hacía sus postraciones y seguía sus ritos tan expresivos y didácticos y yo creía oír casi tenues crujidos que llegaban de su lado ¿o regresaban del cielo estrellado?, dejémoslo así. Yo arrebujado en mi bornus y con la capucha que cubría los cinco metros del litham azul índigo que cubrían mi cabeza y parte del rostro, pues sólo allí, mi amigo el Jeque, descubrió su boca… como habría de sucedernos días después en un encuentro en la jaima de notables de diversas tribus que concurrían a la una Fiesta… (Siempre pensé que los antiguos no necesitaban móviles para citarse en algún lugar durante diversas épocas del año, tenían sus fiestas ancestrales, solsticios, ciertas fases de la luna, para acudir a ferias, carreras de camellos o de caballos, esquila y compraventa de lanas de sus cabras, ovejas y ciertos camellos muy lanudos, concertaban bodas y dotes, hablaban sobre las perspectivas de los pastos y de las escasas lluvias acostumbradas, de las posiciones de tribus hostiles y sobre todo de esos infames franceses que, de una forma u otra, controlaban el país sin límites, los desiertos y oasis de Alá.

Pues bien, cuando desaparecieron los criados que habían dispuesto manjares y refrescos, tés y narguiles, como movidos por un resort cada uno de los tuaregs y el huésped de Jeque, bajamos la parte inferior de nuestros lithams para mostrar las bocas entre iguales; que jamás deberían de mostrarse en público.

Ahora recuerdo una anécdota que mi amigo me había contado durante nuestro encuentro en Abijan. Sucedió cuando él era ministro de Justicia en el gobierno de Mali. Fue, a su regreso de Francia, después de doctorarse en Derecho por la universidad de Montpelier y de haber viajado por Europa, en donde había pasado unos años que le servirían para asumir un día sus responsabilidades como Cheick de una gran parte de los tuaregs que habitaban enormes zonas de desierto que no reconocía más fronteras que las necesarias para sus familias y comercio entre el norte y el sur con el comercio de la sal y de otros productos que llevaban hasta Tombuctú y luego seguían hasta Mopti, Ségou y Bamako.
Resulta que llegó un emisario para comunicar que su padre, el anciano Cheich de los Immanam, se encontraba muy enfermo y no acertaban a curarlo. El hijo, sin pensarlo dos veces, organizó una comitiva con una ambulancia de los franceses bien equipada y su todoterreno con médicos y sanitarios. Al llegar, vieron la necesidad de trasladarlo a Bamako para intervenirlo con urgencia. Ya en el hospital y rodeado por algunos de sus hijos en espera de que lo bajaran al quirófano, entró una enfermera sin llamar a la puerta y el anciano, como un rayo, levantó la sábana para cubrirse el rostro hasta los ojos… aún a riesgo de dejar al aire el resto de su cuerpo desnudo y listo para el quirófano. Su hijo, cuando ya era él Jeque, me lo contaba con una gran sonrisa para que comprendiera el instinto de cubrirse la boca que sólo podría descubrirse entre iguales.

Pero esto será otro día, porque ahora me voy a descansar después de un día algo duro para nuestra familia al haber trasladado la urna sellada con las cenizas de mi mujer Valle, al Columbario, ¿se dice así? Sólo acerté a pedir que pusieran sobre la lápida “Pasó haciendo el bien” (Pertransit benefacendo, lo que más se asemejaba a su paso por esta vida.

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