Del español de España al español panhispánico

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El bum del español. La lengua de Cervantes está por las nubes

 

No cabe duda de que el español es hoy en día un producto de excelente calidad. En 2009 desbancó al inglés en el ranquin del número de hablantes nativos, de manera que en la actualidad ocupa la segunda posición mundial después del chino mandarín. Como lengua de comunicación internacional es reconocida como la segunda tras el inglés. Más de catorce millones de personas estudian español como lengua extranjera en el mundo, repartida esta cantidad por mitades entre el continente americano (Estados Unidos y Brasil, sobre todo) y Europa. Hasta los propios especialistas se ven sorprendidos por lo que se ha denominado el bum del español.  

       ¿Cuáles son las razones de este fenómeno? ¿El potencial demográfico de la América hispana? ¿La contigüidad geográfica de los países americanos en los que se habla español? ¿El peso de una gran literatura y de productos culturales de importante gancho comercial? ¿El atractivo de una cultura impregnada de un pathos que transmite vida, contrastes, pasión, colorido? Ninguna de estas razones por sí sola, y probablemente tampoco el conjunto de ellas, parece suficiente para explicar el bum. Haría falta pensar en algo más, en alguna clave que permita entender la consistencia y la proyección lingüística de una comunidad de hablantes que se siente reflejada en la idea de unidad en la diversidad.  Quizá para encontrar esta clave haya que volver a un concepto ya clásico, incluso un tanto rancio para el gusto de muchos: lo hispánico, el hispanismo, la Hispanidad. No son términos que estén en una misma longitud de onda, aunque comparten el campo semántico. Pero tienen en común una idea subyacente: la participación como hablantes de un patrimonio común, de cierta raíz trascendente, que todos sienten como algo propio y valioso.

       Pero ¿por qué el sentimiento de los hablantes de español parece responder a una percepción distinta de las que tienen los países de la época colonial respecto del inglés −la Commonwealth− o del francés −la francophonie−? Los miembros activos de la evangelización católica que fueron arribando a las tierras americanas desde finales del siglo XV entendieron en seguida que el instrumento más eficaz para hacer llegar la doctrina a los indígenas era el conocimiento de las lenguas autóctonas. El Dios cristiano sería percibido con mayor nitidez si era explicado y representado en las lenguas de los destinatarios de la doctrina, en su propio contexto, con ejemplos y símbolos cercanos. Esta visión práctica de la evangelización acaso permitió que el español fuera penetrando, en todos los órdenes, como recurso o instrumento de comunicación y no tanto de poder. Sobre esta base el español pudo ser recuperado después, en el momento de las independencias, como factor de cohesión nacional y no como expresión del poder opresor.  Esta puede ser una razón de por qué fue posible que se desarrollara lo que se ha denominado hispanidad (ahora con minúscula): un sentimiento de pertenencia cultural que encuentra su raíz fundamentalmente en la lengua.

       En la sede de la RAE se presentaron hace unos días los que se consideran primeros vestigios del español en España, que se sitúan ahora en Burgos (los Becerros Gótico y Galicano de Valpuesta). Documentos de carácter jurídico-administrativo relacionados con el patrimonio de la Iglesia parecen constituir la primera huella del español en el norte de España. Este español de España es hoy, doce siglos después, solo una pequeña parte del fenómeno del bum del español. Parece una evidencia que el español proyectado en el mundo de hoy es sobre todo el español americano, es decir, el español que se expresa en las variedades meridionales, el que llegó desde el sur de España y Canarias a las costas americanas. La variedad centro-norte peninsular representa poco más de un cinco por ciento del español hablado en el mundo. El concepto de prestigio, hoy en día, ya no cabe referirlo a la variedad del norte de la península; más bien habría que hablar de formas prestigiadas o no de practicar una u otra de las variedades del español en el mundo.     

       La RAE presenta con orgullo las nuevas huellas del español en España y, al mismo tiempo, avanza en su campaña a favor del español panhispánico. La Nueva gramática de la lengua española, el Diccionario Panhispánico de Dudas o la nueva Ortografía que se presentará próximamente, son resultado de la colaboración de la RAE con la Asociación de las Academias de la Lengua Española y responden a un mismo afán de reflejar la realidad de las distintas variedades del español que constituyen hoy en día la expresión plural de una misma lengua. En los últimos años la RAE ha ido llegando al convencimiento de que una acción decidida a favor de una visión panhispánica del español es el mejor servicio para el presente y el futuro de una lengua pujante, cuya solidez y proyección dependen en gran medida de la decisión con que se lleve a cabo esa visión estratégica.

 

 

       Pero esto no es fácil. El avance que se ha hecho recientemente en la prensa de algunas de las reformas de la Ortografía −por ejemplo, el cambio de denominación de i griega a  ye, o que se admita ‘guion’ sin acento− ha provocado un aluvión de críticas y comentarios jocosos. La RAE se ha visto obligada a comunicar que el asunto de la  ye todavía está en fase de debate. En tertulias de la radio se puede oír que los académicos aprueban este tipo de cosas porque están dormitando en las sesiones decisorias. En Internet llueven los reproches por las “arbitrarias decisiones” de una institución “burocrática”. Algún ilustre escritor (y académico) ha declarado que, diga lo que diga la RAE, él seguirá  escribiendo como le dé la gana. En fin. Es delicado tocar la lengua cuando se siente como algo íntimo y personal.

       Los hablantes cultos, educados en la ortografía del español de España, ven removidos los cimientos de sus bases de seguridad en la escritura y en la expresión. Si la RAE está decidida, como parece, a llevar a cabo un cambio de política en la visión del español, habrá de establecer estrategias fuertes frente a los resistentes enfadados y, lo que es acaso más difícil, frente a los resistentes jocosos.

 


Autor: Álvaro García Santa-Cecilia