Del hecho al dicho

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Una imagen vale más que mil palabras sólo si esas mil palabras se malgastan en describir un cuerpo de mujer, el Cañón del Colorado o la catedral de Notre-Dame, porque en casi todo lo demás a mí me dice mucho más una crónica, un relato y, si me apuran, hasta unos cuantos versos ripiosos escritos para la ocasión, para cualquier ocasión. Me ha pasado de siempre, no de ahora. Muy de chico necesitaba leer la crónica que traía el MARCA o el AS para convencerme de que el partido de fútbol que había visto lo había visto de verdad y todavía hoy me divierte más escuchar un partido radiado que verlo por la televisión, sobre todo si tengo que verlo en un canal árabe o chino y no me entero de lo que dicen los locutores.

 

Una imagen muda, por lo general, me sabe a muy poco. Necesito la glosa, el comentario, la opinión. Me pasa lo mismo con la lectura de cualquier libro. Cuando me hice algo mayor y ya no leía sólo crónicas de fútbol, sino otras cosas, como El Rojo y el Negro o El idiota, buscaba en seguida el juicio del crítico o de la crítica. Supongo que si la mayoría de mis lecturas después han sido de libros clásicos es porque hay una ingente literatura secundaria detrás. No lo puedo remediar, pero yo soy de los que disfruto tanto o más con la nota a pie de página que con el texto mondo y lirondo.

 

Por cierto prurito profesional y también por temor a que me acusen de plagiario, ahora trato de desentenderme de críticos y de críticas en lo concerniente a libros, pero tengo que hacer un gran esfuerzo de voluntad respecto al cine o al teatro, pues mi natural inclinación es consultar lo que han dicho antes otros. Si el crítico de turno denigra de una película, yo no la veo ni con entradas regaladas; y si la elogia y la pone en los cuernos de la luna, no es que me vaya directo a la primera sala de cine, porque el cine está muy caro, pero por lo menos la apunto en mi agenda para cuando la pasen por el cable o la saquen en DVD.

 

Ciertamente, no hay nada que me tranquilice más que una opinión bien trabada y convincente. Así, me ocurre, sin ir más lejos, cuando me pongo a escuchar una entrevista con el actual Presidente de los Estados Unidos: la escucho y todo lo que escucho me lo trago como si el tipo hablara ex-cátedra, pero si al día siguiente los expertos salen por la televisión y señalan aquí y allá contradicciones en sus respuestas, casi en seguida yo estoy pensando lo mismo. Y si por la noche escucho a otros que contradicen lo que dijeron los primeros, pues a lo mejor, mientras escucho esas opiniones, puede que sacuda la cabeza con desaprobación, pero al poco las he hecho mías. No sé si será que tengo poco criterio o es que confío muy poco en mi capacidad de percepción.

 

Entre los muchos pasajes maravillosos de la Rechérche, me acuerdo de aquel en que el narrador asiste por primera vez a una actuación de la Berma. Después de muchos ruegos, el pequeño Marcel logra convencer a sus celosísimos padres para que le dejen ir al teatro con su abuela a presenciar a la maravillosa actriz en el papel de Fedra. El muchachito se sienta en el patio de butacas y durante dos horas, en medio de la oscuridad y el rumor del público, lo único que ve es declamar con exasperante monotonía a la actriz. Nada de lo que ve o escucha le agrada demasiado, por más que note entre el público un entusiasmo unánime. La función termina entre grandes aplausos y el narrador sale del teatro profundamente desilusionado. ¿En dónde está la grandeza de la actriz?, se pregunta. Él no ha visto más que una actuación mediocre, insípida. A los pocos días, como hacía yo con el As o con el Marca, lee con avidez las críticas que traen los periódicos y confirma lo poco perceptivo que ha estado, pues todos los críticos, sin excepción, alaban la actuación de la actriz, subrayando especialmente aquellos momentos en los cuales el público se había sentido más entusiasta. El narrador acepta a regañadientes su error de percepción, a la vez que empieza a familiarizarse con los secretos del arte de la Berma y el arte en general.

 

La sospecha, claro está, es que a lo mejor el arte de la Berma, y el arte en general, es un camelo o, cuando menos, una opinión más, como quien opina que ayer el Real Madrid perdió su partido por tal o cual decisión del entrenador. Yo, hasta la fecha, todavía no he podido aclararme lo de los entrenadores ni casi tampoco lo del arte. Y de ahí que muchas veces espere a que me lo aclaren otros…

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.