Del Maracanazo, Parte I: El Negro Varela

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Brasil 1950, la primera Copa del Mundo de Fútbol tras el horror de la Segunda Guerra Mundial, fue, posiblemente, el primer Mundial de la modernidad. Detrás de la guerra, la historia del fútbol tiene muchas brumas y velos; no obstante, Brasil ’50 viene enmarcado en una importante eclosión de las telecomunicaciones (gracias a la tecnología bélica) y del desarrollo de nuevas propuestas tácticas y técnicas surgidas en Sudamérica. También se jugó en un formato curioso: los cuatro semifinalistas disputaron una liguilla, lo cual hizo posible que Brasil llegara al partido final frente a Uruguay con la posibilidad de ser campeón empatando. Luego, todos sabemos cómo acabó la cosa: Schiaffino, Ghiggia… y arrivederci Río.

 

Lo del Maracanazo hoy en día es difícil de entender, porque en el fútbol actual se puede ver a una Venezuela plantarle la cara a Brasil en casa, o a Alemania sufrir contra un equipo de los “pequeños” en Colonia, por decir algo. Pero eso, en aquella época, era mucho más complicado. De hecho, de los mundiales previos a Brasil 1950, Uruguay había ganado en casa (posiblemente con méritos), mientras que Italia, bi-campeón para entonces, se había embolsillado la primera copa con descaro, en casa, y cuando la volvió a ganar, en el ’38, fue porque las circunstancias la llevaron a ser el mejor equipo. El récord inglés de no perder en casa hasta el ’53 contra Hungría es impresionante, pero hay que considerar el enorme factor que significaba jugar en propio campo. Por ejemplo, fuera de casa, Inglaterra pierde por primera vez en el ’29, en Madrid, contra España. Por eso, entre otras cosas, por supuesto, es que Brasil era el favorito para esa Copa del Mundo desde el principio.

 

Sumado a ello estaba el estadio más grande del mundo que, a pesar de no estar completamente terminado, albergaba 200.000 personas; y también, todo hay que decirlo, un equipazo encabezado por Jair y Friaca. Según se dice, en la tribuna del Maracaná no había ni cien uruguayos perdidos entre ese mar de gente. Y puede que hayan sido mil, pero, en definitiva, los charrúas en el terreno de juego estaban más solos que la i. Como comentara posteriormente el gran Obdulio Varela, estos dos equipos se podían enfrentar cien veces y Uruguay ganaba una sola. Pero ésa la ganaron, y no hubo 99 más.

 

Poco se puede agregar sobre el asunto que no se haya dicho, pero aún así cabe destacar la referencia que hacen todos los testigos del partido al silencio que hubo en Maracaná tras el final. Tuvo que haber sido insólito un estadio en silencio con 200.000 almas. Lo otro que hay que resaltar, por rescatarlo del olvido, es la calidad humana y deportiva de el Negro Varela, el más grande héroe deportivo que tuvo el Uruguay. En una entrevista con Eduardo Galeano, incluida en su Fútbol a sol y sombra, Varela comentaba que tras la victoria se perdió entre la afición local: “La tristeza de la gente fue tal que terminé sentado en un bar bebiendo con ellos. Cuando me reconocieron, pensé que me iban a matar. Por suerte fue todo lo contrario, me felicitaron y nos quedamos bebiendo juntos”. Vaya dignidad. Otra anécdota cuenta que el día previo a la final uno de los delanteros sufría de un poco de ansiedad. Se reunieron en la habitación de Varela el médico uruguayo y el jugador ansioso; como el médico no sabía qué recetarle al jugador, Varela sacó una cajita de entre su equipaje y le dijo al compañero: «la medicina que vos necesitás es ésta»: sacó una botellita de whisky y le sirvió un trago. Enorme. Es parte de la tristeza del fútbol y de las injusticias de la vida que Varela acabara pobre y prácticamente olvidado, cuando llegara al final de su vida en 1996.

 

Pero el Maracanazo es demasiado grande para abarcarlo todo en un post, así que volveremos la semana próxima con más de Barbosa, de Jules Rimet y de la más inesperada victoria de todas las finales en la historia del futbol…

MONTAGUE KOBBE es un ciudadano alemán con nombre shakesperiano, nacido en Caracas, en un país que ya no existe, en un milenio que ya pasó. Estudioso de la lengua, de todas las lenguas, una década de exilios y academias lo han convertido en un especialista del timo escrito que encanta con espejos y humo a todo tipo de serpientes. Como prueba de ello, su trabajo ha aparecido en la prensa digital y escrita de más de media docena de países, desde Argentina o Venezuela, pasando por Jamaica, Trinidad y Antigua, hasta llegar al viejo mundo, a España y Gran Bretaña. En The Daily Herald de la isla de Sint Maarten escribe, desde 2008, acerca de cultura y literatura caribeña y latinoamericana y a partir de junio de 2011 El nuevo herald de Miami publicará una serie acerca de literatura contemporánea venezolana. Ha sido traductor, editor, corrector y portador de cafés en el pasado, aunque el gran reto ha sido siempre, y lo sigue siendo, pagarse el vermut de la tarde con cuentos y novelas. Como la esperanza es lo último en perderse, ha decidido repartir sus sueños entre Madrid y una recóndita roca en el Mar Caribe, llamada Anguilla.   ADOLFO JOSÉ CALERO ABADÍA Investigador venezolano (Caracas, 1978). Es licenciado en letras por la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y licenciado en Artes, Mención Cinematografía, por la Universidad Central de Venezuela (UCV). En el período 2007-2008 cursó estudios en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB, España), obteniendo el título de Maestría en Técnicas Editoriales. Ha publicado algunos trabajos y artículos relacionados con la literatura, el cine y la fotografía en revistas como Logotipos, Escritos o Dramateatro. Ha sido profesor de iniciación al guión cinematográfico en el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC) y ha colaborado con diversas editoriales en España y Venezuela, labor que prosigue en la actualidad. Actualmente es profesor en la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y cursa la Maestría en Literatura Comparada (UCV).