Del Monasterio de Santa María de El Paular a Benidorm en tiempo de Covid

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Al llegar al monasterio de Santa María de El Paular, esta vez el hermano hospedero Benvindo, uno de los siete benedictinos que lo pueblan, apuesto negro caboverdiano, después de decirme: “Aquí tienes la llave”, añadió: “Ya he desinfectado la habitación”. Esta es la cuarta o la quinta vez, a últimos de julio, que me he retirado durante unos días en la hospedería de El Paular. Mi intención, muy a propósito, que cumplí cabalmente, era escribir allí una reseña de la biografía de Fray Luis de León escrita por Alain Guy que ha reeditado la editorial castellano-manchega Almud. Así que viajé pertrechado de ordenador y bibliografía que expandí sobre la mesa de estudio de mi cuca celdita. Últil tablero presidido por la imagen de la Madonna del Gran Duque de Rafael. A los pies de la ventana del cuarto, siempre dormita o se amodorra “Sombra”, un gato singular que domina, él solito, este vasto recinto.

De estas estancias ya he realizado crónica en FronteraD (ir a relación adjunta con mis artículos o entrar en este enlace: https://www.fronterad.com/insomnio-en-el-paular-una-guia/). Pero el coronavirus todo lo condiciona. La linda capillita donde se celebraban los oficios antes de la Covid, muy agradable y recoleta, pintada en rojo pompeyano, alegrada por una talla de Santa Escolástica, hermana melliza de San Benito de Nursia, creador de la regla que sigue la orden benedictina, ha sido sustituida para estos fines por otra mayor situada en la zona cartuja. Los cartujos fueron los muy antiguos y primeros pobladores de El Paular. La gente se sienta, en el lugar que indican unas pegatinas, dejando una hilera por medio sin ocupar. Lo más llamativo es comprobar que el gel hidroalcohólico ha tomado la función del agua bendita a la entrada del tempo. Los hospedados, o feligreses procedentes de Rascafría, pues el monasterio es parroquia, lo primero que hacen al penetrar en el recinto sagrado es frotarse las manos, y al salir lo mismo. No se santiguan porque el dichoso gel aún no está bendecido; parece que todavía es un poco fuerte hacer esto, pero, si la cosa persiste, es algo que, sin duda, veremos.

Y el cometido del agua litúrgica que los oficiantes utilizan en la ceremonia también ha sido acaparado por el gel, especialmente al acercarse el momento de maniobrar con las hostias y aproximarse el instante de dar la comunión. Los monjes aparecen todos con mascarillas, claro. Menos uno de los hermanos, lego, muy viejo, que camina con garrota, y a quien llevarla debe causar graves molestias. Alguno se despoja de la mascarilla enseguida, como es el caso del hermano Martín, el cantante “oficial” del reducido grupo de frailes; su voz de tono muy armónico y contrastado enseguida se pone en funcionamiento con los melodiosos himnos que abren cada oficio (laudes, sexta, vísperas, a los que yo suelo asistir). Los demás actúan según su conveniencia. El prior, ya un hombre de edad, que habla, reza y canta con mucha frecuencia, suele mantenerse el mayor tiempo posible con esta especie de antifaz, totalmente habitual e impuesto en estos días.

Después del oficio de laudes (8 a.m.) se desayuna, al terminar el de sexta (2 de la tarde) se almuerza, y tras el de vísperas (8 p.m.) se cena. Hasta ahora todo ello se hacía en un comedor coqueto, no muy grande, junto a las grandes puertas abatibles de la cocina. Siempre en silencio todo el rato, entre la breve oración inicial que pronuncia el prior y la jaculatoria final. Siempre en silencio, salvo al término de la comida de los domingos o de algunas festividades señaladas; últimamente, celebrada el 29 de julio, el día de los santos Marta, María y Lázaro, hospederos de Cristo; Santa Marta es patrona de los camareros. Entonces, tras el postre, los anfitriones invitan a café, una pastita y un chupito (un solo chupito, que quede claro), pudiéndose conversar en ese momento. Este año he tenido la “suerte”, a causa  del virus (dicho sea, efectivamente, entre comillas), de realizar las comidas en el refectorio principal del monasterio, solemne, de austero diseño gótico, presidido por una copia de La Última Cena de Tiziano, cuyo original se encuentra en El Escorial. Los textos que se recitan durante las comidas, excepto el desayuno, que es buffet, los desarrolla el fraile desde un bonito púlpito.

Los monjes oran, pero también laboran. Y su trabajo consiste en mostrar al turista los reductos de este atrayente monasterio. En el patio del altivo claustro, donde se exhibe permanentemente una nutrida colección de grandes lienzos de Vicente Carducho, se halla la tumba del obispo Melchor Moscoso, que Baroja describe en su novela Camino de perfección. Ahora, por la Covid, se indica claramente el sentido de la visita, por qué lado tiene uno que entrar y por cuál salir. Aprovechando esta última permanencia, he tomado en un par de ocasiones la umbrosa y sinuosa carretera, repleta de pinos asalmonados, desde Rascafría al puerto de Cotos y al de Navacerrada con el fin de hacer un poco de senderismo por alguna de las rutas que parten desde esos puertos. Y, también por la presente pandemia, si se quiere ir desde Cotos a la Laguna Grande de Peñalara, se ha de hacer sin poderse cruzar con nadie, y volviendo por otro sitio, convirtiendo así un recorrido, que era lineal, en circular, estando obligados a dar cuenta de nuestra caminata en el Centro de Visitantes sito en la explanada inicial.

Pasó poco tiempo en elegir un nuevo destino: Benidorm. Benidorm y el e-book son dos flamantes adquisiciones mías. Quién lo diría, hace no mucho… De El Paular a Benidorm. “Vaya saltos que das”, la amiga, afable, exclama. Sin embargo, mi amada “enemiga” reprueba, si bien amablemente, mi radical contradicción cuando yo manifiesto buscar la absoluta calma precisamente en Benidorm. Pues sí, señora mía, en Benidorm, ¿recuerdas?, después de cenar y hacer sobremesa entre los múltiples ruidos ambientales en la terracita del cuarto (13º piso) de nuestro vítreo y azulado hotel, situado en el Rincón de Loix, playa de Levante, hacemos deslizar la puerta corredera, dotada del potente aislante Climalit, regulamos el aire acondicionado a 27 grados, para no resfriarnos, e ipso facto desaparecen todos los rumores sumiéndonos en una paz completa hasta la mañana siguiente.

Yo había ido por primera vez a Benidorm hace la friolera de cincuenta años, cuando aún no había rascacielos, pillándome unas curdas impresionantes con el burdo champán a gogó que servía la discoteca Penélope, empresa que aún persiste. El año pasado, queriendo viajar en el puente del Día de Castilla-La Mancha, a final de mayo, mi amada “enemiga” sondeó dónde podríamos ir. No dudé en proponer eufórico: ¡Benidorm! Porque no había vuelto desde aquellos tiempos y anhelaba conocer la fisonomía de una ciudad particularmente histórica, privilegiado lugar donde España pudo mostrar los primeros biquinis al comienzo de los años 60. Proporcionó tantas divisas el asunto, que el catolicón de Franco no tuvo más remedio que mirar para otro lado cuando el obispo de Alicante protestó en su presencia por este descoco.

Este prodigio sociológico del que Benidorm fue pionero, lo analiza muy bien Giles Tremlett, corresponsal de The Guardian en España,  en su artículo “De cómo el bikini salvó a España”, incluido en su libro España ante sus fantasmas. Un recorrido por un país en transición, publicado por Siglo XXI. Yo también reflejé mi experiencia en un pequeño texto que salió en ABC, al que titulé justamente “El fenómeno Benidorm” (URL: https://www.abc.es/espana/castilla-la-mancha/toledo/abci-fenomeno-benidorm-201906041831_noticia.html).

Vi cosas que este año ni por asomo he visto. Multitudes apegotonadas, mayormente de jóvenes sajones y anglosajones celebrando despedidas de soltero/a. Yo me rocé con ellos una noche en el pub Daytona, consumiendo cerveza negra, y oyendo, más que viendo, la retrasmisión, naturalmente por una cadena inglesa, de un partido de fútbol entre dos equipos ingleses disputando la final europea.

Hoy, de entrada, en la zona de la playa de Levante no se oye tanto hablar inglés, por las disposiciones adoptadas por el gobierno británico respecto a las visitas a nuestro país. He oído más hablar francés. Especialmente en boca de nutridas familias marroquíes, percibiéndose de un buen estatus, que posiblemente vivan en Francia. Concretamente, en un par de ocasiones hemos coincidido en el spa del hotel con un grupo compuesto de un matrimonio y tres hijos adolescentes que conversaban en el noble idioma de Víctor Hugo. Por la pinta, el padre podría ser profesor de universidad; y un detalle bien significativo: tanto la madre como la hija prescindían de velo y lucían un bañador, aunque no biquini, si bien la hija enseñaba un poquito más que la madre, sin usar braguita, sino un corto pantaloncito.

En el hotel, las medidas eran correctas, guardándose la preceptiva distancia y utilizándose el gel a cada momento. Los ascensores han sido adaptados, de forma que tú aplicas la tarjeta que abre tu habitación a un dispositivo para que sepa el “bicho” el piso al que vas, y así dentro ya no tienes que pulsar nada. Eso sí, en el desayuno y las comidas hay que armarse de paciencia, ya que en el buffet uno no puede tener la iniciativa de servirse, viéndose obligado a que le sirvan. En las horas centrales se forman grandes colas. Lo recomendable es desayunar a las ocho, almorzar a la una y cenar a las siete, aún sin el apelmazamiento de la clientela.

Y lo que está perfectamente organizado es el espacio de la playa, delimitadas las parcelas por cuerdas; cuerdas verdes acotan los lugares donde han de situarse los yayos, lo que es mi caso. La reserva se puede hacer para todo el día, o para la mañana o para la tarde, por una aplicación del móvil; o bien acudir a hacer la reserva al instante en una de las casetas que recorren la playa. Las entradas al litoral están contadas y bien fijadas y entre ellas hay una valla continua para impedir un asalto furtivo. Pica los tíquets personal jovencísimo de ambos sexos. Si sólo quieres ir a bañarte, sin permanecer en la arena, puedes hacerlo en cualquier momento, sin reservar, dejando todo lo que llevas en el sitio por donde has entrado. Este año Benidorm no se ve vacío, ni mucho menos, pero toda su extensión se aprecia mucho más holgada. La economía presiona, lo sabemos, pero la densidad que ahora presenta es francamente la ideal.

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