Del movimiento de las sombras

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Calcar la sombra de las cosas que el Sol dibuja en el suelo, parece gozosa tarea de niños. El dibujante avispado traslada su mesa de dibujo a la terraza, cuando detecta que el sol ha conseguido plasmar algo interesante sobre las losetas de arcilla roja. Acude cargado de lápices, carbones, carboncillos, y pliegos de estraza, para atrapar este dibujo solar instantáneo como si fuera una fugaz mariposa.

  

El primer obstáculo con que se encuentra es la alta temperatura de esta solaria mesa improvisada. De pronto, se siente emparentado con los arqueólogos y agrimensores, que realizan su trabajo al aire libre, expuestos a los implacables rayos de nuestra estrella padre. Su primer dilema nada tiene que ver con lo artístico, sino con resolver dónde podrá apoyar sus piernas y sus nalgas, para poder sentarse, sin escaldarse.

 

Aunque lo peor está aún por llegar. Cuando por fin se lanza a dibujar de un solo trazo inconsciente, todos los tallos, ramas, hojas y flores de una adelfa, comienza a detectar, que las primeras ramas dibujadas ya no coinciden con su sombra; y que, si no se da mucha prisa, no habrá manera de encajar ese brote de hojarasca con su tallo correspondiente. Como él no se ha movido, ni tampoco la planta, ni si quiera el papel donde se está fijando la sombra, exclama rabioso:                

 

        – Ha sido Él. Está moviéndose para que no pueda calcar su dibujo.

 

¿Quién puede enfadarse porque el Sol haya avanzado en su recorrido diario? Sólo los moribundos y -por lo visto- cierto dibujante cleptómano. Pero en el pecado también lleva la penitencia, porque lo mejor de su trabajo, surge como consecuencia de estar ejecutando un castigo. Dibuja tan a prisa, que su trazo empieza a hacerse mucho más interesante. Esa aceleración propia del que no tiene tiempo, destierra de un plumazo cualquiera de las inseguridades y titubeos, que tanto contaminan la obra definitiva. El carbón vuela en su mano, dibujando taquigráficamente los rasgos esenciales de lo proyectado.

 

Por esta causa, estos dibujos pueden llegar a transmitir cierta vida, aunque más que por la presencia sugestiva de una sombra, por la angustia y celeridad de un dibujante asustado por la pérdida inminente de su modelo. Podría decirse además,que en estos dibujos, puede leerse el movimiento constante del universo.

 

Esta huella de sol que no duró ni 20 segundos, tardo en transcribirse al papel más de 40 minutos. Calcando sombras, no sólo se dibuja contra el tiempo, sino también contra el mismo giro de la Tierra.  
 

 

Huella de sol. Nº 1.

Gabriel Faba. 2008.

55 X 38 cms.

Carbón vegetal, carboncillo y lápiz de punta de plomo,

sobre papel de estraza usado.