Del reality a la realidad en Chile

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Más de mil periodistas enviados por medios de todo el planeta, más espectadores que la final del Mundial de fútbol, una exhibición de ingeniería que costó 22 millones de dólares. Hablar de despliegue de medios se queda corto para calificar el rescate de los 33 mineros que quedaron sepultados durante 70 días, a 700 metros de profundidad, en la mina de San José, en la ciudad chilena de Copiacó. Probablemente, ni en sus cálculos más optimistas se lo hubiese imaginado el presidente Sebastián Piñera, que desde el principio pareció tener claro que quería una amplia cobertura mediática del emotivo rescate. Lo consiguió. Y, de paso, ha mejorado su imagen y ha distraído la atención de cuestiones más incómodas, como el conflicto con los mapuches.

 

La tragedia tenía todos los ingredientes para atraer la atención de la prensa, y  la cadena estatal TVN, que consiguió la exclusividad de las imágenes, hizo el resto. Los protagonistas del derrumbe, recibidos en la superficie como una suerte de ‘héroes del Bicentenario’, intentan legítimamente sacarle partido a su desgracia. Hasta 25.000 dólares están cobrando por las exclusivas a los medios de todo el mundo que les acosan desde que vieron la luz, ataviados con gafas de sol, el 11 de octubre. Por su parte, los trabajadores de la empresa San Esteban que no quedaron sepultados luchan por recibir una indemnización por los más de dos meses que llevan sin empleo y sueldo, gritándole a sus patronos: “No somos 33, somos 300”.

 

Tras el reality show, permanece fuera de los focos la realidad de la minería en Chile, ante la cual Piñera no se siente tan cómodo. Lo dijo Juan Illanes, uno de los mineros rescatados: “Esto no fue un accidente. Yo creo que la mina se derrumbó por la forma en que los dueños la estaban trabajando”. Y su compañero Luis Urzúa se lo espetó al mandatario nada más ser rescatado: “Espero que esto nunca más nos vuelva a ocurrir”.

 

Apenas dos inspectores fiscalizan la seguridad de los miles de establecimientos mineros ubicados en la región de Atacama. El historiador y ex minero Alejandro Aracena lo explicaba de un modo estremecedor al diario argentino Página 12: “Hay minas, como la de San José, que están con calavera, como decimos los mineros: uno mira adentro y ve la muerte”. 32 mineros han fallecido en lo que va de año en Chile, uno menos de los que quedaron sepultados bajo los escombros en Copiacó. Silenciosamente, No acudieron los mass media. Nadie se rasgó las vestiduras. ¿Y ahora? Después del espectáculo, queda la esperanza de que la desgracia ayude a colocar en la agenda política la precariedad en la que trabajan los mineros de la región, fruto de la desidia de empresarios irresponsables y políticos complacientes.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.