Der Rosenkavalier (Glyndebourne 2014)

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La polémica con Tara Erraught tenía, en efecto, fundamento: no en vano el montaje se abre con una soprano desnuda.

 

Con la llegada del buen tiempo llegan también los picnics; y, con la llegada de los picnics, de las retransmisiones en directo (¡gratis!) desde Glyndebourne. En esta ocasión, y solo hasta este domingo 15 de junio, puede disfrutarse (o no) en la web del Telegraph de la nueva producción, dirigida por Richard Jones, de Der Rosenkavalier, de Richard Strauss.

 

El caso es que esta es la producción de la discordia, aquella de la que hablábamos aquí y aquí recientemente por las durísimas críticas que se vertieron contra su protagonista, Tara Erraught, por que su físico no encajaba en el papel de Octavian. Por ser chaparreta, dicho en pocas palabras.

 

Recordemos que, entonces, la mezzo de fama mundial Alice Coote saltó al hueco con una encendida carta abierta y se abrió un debate monumental en torno al papel que desempeñan las voces, el físico y la puesta en escena en la ópera contemporánea. Todo quedó en unas disculpas por parte de algún crítico; una reafirmación matizada por parte de otro (el del Telegraph, precisamente) y, por desgracia, en una discusión sobre todo aquello que no era la producción.

 

Como era de intuir, los cantantes cantan (y muy bien) y la producción funciona (a las mil maravillas), con el inconfundible sello Glyndebourne y, en todo caso, cierto aroma british que puede resultar chocante (¡o refrescante!) al espectador más versado en Strauss: la pócima de Sussex se distingue siempre, hablemos de un Rameau,

 

 

un Donizetti,

 

 

o cualquier otra cosa.

 

Richard Jones tiene, sin embargo, una particularidad como director en la que él mismo insiste una y otra vez: aparte de ser hombre de teatro, a la inglesa, es todo un esteta. Un compositor de cuadros, de imágenes que cuelgan en la retina mientras que Strauss acaricia el oído. Y, así, lo que nos descubre al alzarse el telón es a la Mariscala en pelota picada, à la Venus, en la bañera de su cuarto tras una intensa noche con el Octavian de la discordia (Erraught), que la contempla embelesado.

 

Si bien estaremos todos de acuerdo en que la voz va primero y el cuerpo después, ver este Rosenkavalier permite entender el porqué de las críticas vertidas por los plumillas de turno: si empezamos con la imagen de una cantante desnuda, y para más inri en pleno medio del escenario, ¿en serio alguien pensaba que se iba a pasar de puntillas por el asunto físico? Esa declaración de intenciones evidencia que, aquí, también tenemos no solo el derecho sino la obligación de reparar en el físico que se nos propone.

 

El ambiente de la producción (o los tres que la integran, mejor dicho) tienen un gusto tan especial y carismático, tan polvoriento y moderno a la vez, que puede hacerse complicado entender el Octavian, pero en ningún caso es una decisión desacertada. No puede serlo pero, si así fuera, no creo que deba entenderse la crítica como un ataque frontal a la mezzo en cuestión como un varapalo a quien decidió ponerla ahí. Pero, insisto, no lo es porque tanto dramática como vocalmente cumple con creces… Por tanto, ¿debe el crítico pisar un poco más allá? ¿Cuestionar la propuesta de Jones? La respuesta, en este caso, es no.

 

Cuando un director de escena plantea un espectáculo y queda probado que es sólido, que tiene un sentido (cosa que en Glyndebourne está garantizada desde que se atraviesa la puerta), me asaltan serias dudas de que ningún crítico tenga la potestad de exhibir esa osadía, de enmendarle la plana a alguien que, probablemente, sabe mucho mejor lo que está haciendo con Strauss de lo que parece. Es comprensible un comentario sobre la ejecución; esperable algún grado de descripción para el lector que se plantea dejarse los cuartos en el espectáculo; y, por supuesto, algo de luz sobre la versión musical que se propone.

 

Pero de ahí a cuestionar la estatura, belleza o tamaño del Octavian, con el libreto de Kessler y Hofmannstahl en una mano y la partitura de Strauss en la otra, hay un trecho: hay algo de sentirse dios en ese tipo de crítica, alguna revindicación de un conocimiento más hondo que el del propio director. Esto es lo que habla mal, si no peor, de la crítica. Todo lo demás es envoltorio, nadería y, por supuesto, irrelevancia total: ¿tiene alguien los redaños de ir a una exposición en el Reina Sofía, pongamos por caso, y decir del artista de turno que se sale de la línea de puntos?

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.