Derechazos e izquierdazos

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Cuando cumplí los 15 años, en el techo de mi habitación, sobre mi cama, tenía pegado un mapa de América que comenzaba en la frontera norte de México y terminaba en el borde sur de Chile. Había malpegado con cinta Scotch una foto en blanco y negro de César Vallejo con cara de aburrido en París y clavado con chinches contra las dos puertas de mi habitación–una daba a la escalera de servicio, la otra a un pequeño balcón con vista al patio posterior–unos afiches que recolecté en conciertos de rock subterráneo. También había una foto descolorida de la selección peruana que clasificó al Mundial de España y otra más reciente del equipo campeón de aquellos años, Universitario. A diferencia de otros amigos que adornaban las paredes con regocijadas mujeres sin ropa,  a mí me cohibía ventilar mis salvajes deseos  de quinceañero. Mis desnudas desplegables estaban escondidas en cajones –al igual que los manuscritos de otro vicio del cual me avergonzaba: mis poemas. En aquellas paredes de mi pubertad estaban resumidas las cuatro cosas que más me interesaban en la vida: una América unida e independiente de la influencia de los Estados Unidos, la poesia de Vallejo, el fútbol y la música ruidosa.

 

Fue por esa época en que le mencioné a algún amigo que me gustaría, alguna vez, vivir en otra ciudad en el mundo. «En cualquier lugar, menos en los Estados Unidos».

 

Yo –es decir, aquel muchacho de quince años que era yo– entendía que la justicia social  que se necesitaba en mi país pasaba por la oposición al capitalismo; y que los  mayores problemas del Perú eran una consecuencia de nuestra dependencia de los estadounidenses. Mis vagas ideas políticas–bastante vagas, dicha sea la verdad– iban hacia la izquierda. Creía en la necesidad del socialismo y me entusiasmaban las arengas contra el imperialismo.

 

Antes de los 18 años, ya en la universidad, mi afiche de América sin los Estados Unidos se había desvanecido; mi foto de Vallejo había sido archivada junto a mis primeros siete cuadernos de poemas clandestinos y mis ideas políticas se habían convertido en una mazamorra de consistencia indefinida. El póster de uno de mis líderes carismáticos, el presidente Alan García, había pasado a mejor vida en el fondo de un armario detrás de varias camisas (no me atrevería a romperlo hasta muchos años despúes.  Alan era mi «pasado avergonzante» como menciona alguno de los himnos apristas).

 

Me había seducido el mensaje de reforma liberal de Mario Vargas Llosa. Sin embargo, tras su derrota en 1990 no había tenido ningún reparo en levantar la mano cuando un profesor chileno experto en derecho constitucional quiso identificar entre sus alumnos a quienes apoyaban el «fujimorazo». Éramos casi toda la clase. A pesar de mis reservas, me parecía justo que se pusiera un alto al desorden que estaba dejando al país en pedazos. Aún creo que sin el golpe de 1992 y las reformas constitucionales aprobadas en ese entonces, la gran recuperación económica hubiera sido imposible.

 

En 1992, en un Albergue de Juventud del barrio Botafogo en Río de Janeiro, me tocó como compañero de cuarto a un español cincuentón que vendía alfombras. Entre las muchas conversaciones que tuvimos, recuerdo una sobre política, dentro del taxi que nos llevaba al Pan de Azúcar. Él me dijo: «Todo aquél que te diga que es de derecha es un hijo de puta.» No supe qué decir. ¿Seguía siendo yo un verdadero hombre de izquierda?¿Después de haber despreciado al APRA y vitoreado a Mario Vargas Llosa?¿Luego de haber apoyado un golpe de estado y condenado de todas las formas el terrorismo de Sendero Luminoso?¿Se podía ser pragmático sin vender el alma? Hoy sé que hay hijos de puta a la izquierda y a la derecha. También hay desgraciados que dicen deberse al pueblo y terminan engañándolo. Por otro lado, la izquierda pura y el socialismo centralizado en un solo partido se ha comprobado, una y otra vez, que termina en desastre.

 

Siempre he defendido la idea de que a los políticos que se escoge para un cargo público no se les debe de apoyar con fervores de «barra brava». Los presidentes son contratados para hacer un trabajo. Yo creo que Fujimori tuvo algunos aciertos. También considero que es lógico que el país que acaba de votar a Ollanta Humala como presidente, mire con escozor los crímenes de Alberto Fujimori. El Perú de 1990 y el Perú de 2010 son dos países diferentes.

 

Así que después de apoyar a un presidente demagogo de izquierda, desilusionarme, entusiasmarme con un candidato liberal de derecha, aplaudir la caída de Sendero Luminoso y  avalar con mi silencio las ambiciones de un dictador sin otro dogma que su pragmatismo y su búsqueda de la gloria personal; mis convicciones políticas juveniles y mis certezas sobre lo que era el socialismo y el capitalismo se hicieron añicos. En ese estado de estupidez política llegué a vivir en los Estados Unidos.

 

En este país el campo de juego se divide entre conservadores y liberales. Los conservadores creen en la mínima intervención del estado, quieren la mínima cantidad de impuestos, desean una sociedad donde la libertad empresarial sea el lema y desprecian los programas de apoyo social; son mayoritariamente cristianos y su cristianismo está definido por su oposición al aborto y a los derechos de los homosexuales; son propensos a definir a su país como una mayoría blanca y les molesta cualquier intento por facilitarle la vida a los inmigrantes, abrir las fronteras, o copiar modelos de socialismo europeo. Y para empeorar el panorama, como el Nobel de Economía Paul Krugman menciona hoy en su columna del New York Times «entre ellos, grandes segmentos se burlan de las evidencias del cambio climático y desprecian la teoría de la evolución de las especies». Con esos parámetros de pensamiento, jamás me será difícil colocarme como liberal ni oponerme a las convicciones centrales de los votantes del Partido Republicano, mejor conocido aquí como el GOP (Grand Old Party).

 

Además, los conservadores se definen como ultrapatriotas. Durante aquellos años en que ya se presagiaba la aventura bélica en Irak, participé en alguna demostración contra el intervencionismo yanqui. Me quejé de palabra y por escrito de las manipulaciones groseras de las evidencias para justificar la invasión. Desde mi pequeño púlpito en alguna clase de ciencias de la comunicación, aporté mi granito de arena informando sobre el modo como se manipulan los medios para enceguecer a las masas.

 

Frente a cada tema en discusión, leo y me informo. Escucho ambos lados del discurso político, pero confieso que se me revuelve el estómago cuando los conservadores se manifiestan sobre temas como la inmigración,  la homosexualidad o la economía. No es que los liberales sean intachables. Pero asusta que los conservadores ignoren las evidencias de que el descalabro económico fue causado por la avaricia y la falta de regulación; que pretendan que este gobierno de Barack Obama es un desastre y que el de George W. Bush fue mucho mejor. Me espanta la facilidad con que manipulan los argumentos, se tergiversan los hechos, y se reduce la discusión a medias verdades. Y si no pueden ganar una polémica, no les perturba recurrir a palabras «insultantes» como: hippies, comunistas o antipatriotas.

 

Soy liberal. Creo en un gobierno pequeño pero no tanto que sea incapaz de defender a quienes necesitan ayuda. Creo en presidentes que buscan el consenso. Creo en pueblos que luchan por sus derechos y en gobiernos que garanticen su derecho a esa lucha. Creo que si bien el dinero no lo es todo, todos necesitamos un mínimo  de él y estabilidad laboral para llevar una vida digna.

 

También creo que todos los problemas de Latinoamérica no son culpa de Estados Unidos sino de una sociedad desorganizada y sumisa que se dejó pisotear; pero también creo que Estados Unidos supo aprovechar las fisuras y compró las decisiones de nuestros políticos para su beneficio y el detrimento de las mayorías latinoamericanas. Creo en que los homosexuales tienen derecho a casarse; y las mujeres, en muchos de los casos, el derecho a abortar. Creo que quienes han vivido cierta cantidad de años en este país, trabajando y sin cometer crímenes tienen derecho a legalizarse y a que sus hijos tengan los derechos  de cualquier otro ciudadano.

 

Además, estoy convencido de que el patriotismo utilizado en la guerra de Irak fue una farsa y de que las corporaciones –entre ellas las que pertenecen a la industria de la salud y a la industria de los armamentos– tienen cogidos por el cogote a los senadores y a los diputados.

 

Felizmente vivo en un lugar donde quienes piensan como yo son la mayoría. A diferencia de los pueblos y ciudades en las planicies, pampas y desiertos de Estados Unidos; la ciudad de Nueva York es liberal y vota mayoritariamente por los demócratas. Pragmática e intelectual, la mayoría de sus habitantes que convive en estas calles con inmigrantes, viejos y nuevos, cree que las decisiones progresistas, las que apuntan a un futuro sin tantas desigualdades y con menos violencia no vienen jamás de la derecha.

 

La ciudad de Nueva York –a pesar de los golpes y de su Bolsa de Valores donde se ha cocinado el capitalismo más crudo del mundo–cuando tiene que ponerse en alguno de los dos lados, mayoritariamente escoge el de la izquierda.