Desafección

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Cuando era un joven adolescente combatía y soñaba para que en mi país terminara la dictadura y se pudiera ejercer el derecho al voto y en definitiva gozar de la libertad que otros países de mi entorno tenían. Con la madurez y por diversas razones que no vienen al caso desatendí la cita con las urnas y ahora ya en mi ancianidad continúo descuidando hacerlo pese a que sigo con enorme interés el desarrollo de la política nacional y extranjera.

Digo esto porque me inquieta la enorme desafección ciudadana que se respira en los países democráticos desde hace tiempo. Criticamos por ejemplo a la sociedad estadounidense -y eso que en las últimas elecciones presidenciales el índice superó el 65%, el más alto en un siglo-, pero aquí en Europa el desinterés por la política y los políticos es cada vez mayor.

En Francia, por ejemplo, país donde resido temporalmente ahora mismo, los ciudadanos dieron la espalda a los candidatos a la Asamblea Nacional (la Cámara Baja) el pasado domingo. Es verdad que era la primera vuelta. En dos días tendrán que acudir de nuevo a las urnas y por tanto disfrutarán de una segunda oportunidad. La afluencia hace una semana apenas superó el 50%, diez puntos menos que hace diez años. Un 75% de jóvenes mayores de 18 años no acudieron a los colegios electorales. Desde 2012 ha ido disminuyendo la participación. En las pasadas presidenciales que significaron la reelección de Emmanuel Macron no rebasó el 62%.

Los analistas alertaron la misma noche electoral del peligro que representa ese desinterés, más tratándose de unas elecciones legislativas que en teoría dan poder a quienes se convierten en diputados, en representantes del pueblo, y con capacidad para aprobar o rechazar leyes sobre el presupuesto o en materias tan sensibles como la sanidad o la educación, rubros sobre los que los franceses ponen más sus quejas actualmente además del coste de la vida y la inflación. ¿No son conscientes del poder que poseen a través del Parlamento por muy presidencialista que sea el sistema? ¿O es que piensan acaso que quienes se presentan a diputados nada tienen que ver con sus problemas reales, son unos egoístas sin personalidad, domesticados en la disciplina de partido? En esta campaña no se habló de Ucrania. Y esta semana Macron apenas ha intervenido en mítines salvo su viaje a Kiev el pasado miércoles en compañía del alemán Scholz y el italiano Draghi. Hay que reconocer que esto es también una manera de hacer campaña. Los medios de comunicación se han hecho más eco del viaje que de los comicios. Y eso que se juega si puede conservar la mayoría absoluta, lo que parece improbable, o conformarse con la mayoría relativa.

El desinterés es palpable en las calles parisinas e imagino que en el resto del Hexágono. Se dirá que hay una fatiga notable tras las presidenciales de hace apenas un mes. Sin embargo, me resulta sorprendente que el ciudadano medio, sobre todo aquel que critica la arrogancia y la superioridad que muestra Macron cada día, no acuda a las urnas para impedir una nueva mayoría absoluta de la coalición presidencial. Está en su mano. Y digo esto sin que me despierte gran simpatía el veterano ex socialista Jean-Luc Mélenchon, curtido en mil batallas, líder de Francia Insumisa y de la coalición de partidos de izquierda, extrema izquierda y ecologistas. Y aún menos Marine Le Pen, jefa de la ultraderechista Reagrupación Nacional. “Yo ya estoy harto de tanto esnobista como Macron. Ya tuvimos suficiente con Giscard d’Estaing”, me dijo el otro día cuando le pregunté a un taxista en un francés torpe qué opinaba de los comicios del pasado domingo. No me atreví preguntarle si había votado y a quién, aunque supuse que era lepenista por el modo como habló del problema de la inseguridad ciudadana. Me interesaba más centrarme en el taxímetro.

Me vino entonces a la memoria uno de los secretos peor guardados por el periodista enviado especial. “Ni se te ocurra citar al taxista de turno”, te avisaba el subdirector. “Descuida, Manolo. No lo haré”, contestabas aun a sabiendas que el tal Manolo seguro que lo había hecho antes en uno de sus viajes al extranjero. Entonces todo era más complicado. No existía internet ni la socorrida Wikipedia. Tenías que “retratarte” en menos de 24 horas para escribir una crónica de alcance y por supuesto que la fotografía salía. Mal o bien ésa era otra historia.

La mayoría de las veces encontrabas un “analista chófer”, conocedor de todo, que hospedaba en su coche a cientos de personas de pelaje muy distinto y con quienes debatía de los temas más diversos. Sentenciaba que el país de turno no tenía remedio pues todos los políticos sin excepción eran una pandilla de ladrones, que llegaban a la política a lucrarse y a desatender las necesidades ciudadanas más perentorias. Si al día siguiente ibas a un mercado o te sentías seguro y entrabas en una barbería las cosas no eran muy diferentes.

Actualmente, incluso con la aparición de internet y las redes sociales, la situación puede ser sobre el papel más variada, pero en la conclusión todos y todas llegan a lo mismo: “No, no nos representan”. Ése era un eslogan favorito del Movimiento del 15 M en las acampadas de la madrileña Puerta del Sol y lo soltaba una y otra vez Pablo Iglesias, el fundador de Podemos, que no se cansaba de criticar lo que él llamaba “la casta”. Casta en la que luego él mismo se ha inscrito. Han pasado ya once años de aquello.

La desafección de la política, de los políticos y de unos comicios puede tener consecuencias importantes. Sin duda hay una apatía general y sobre todo una desconfianza hacia quienes en teoría nos representan y elegimos cada cuatro años. En España se viene hablando desde que yo empecé a afeitarme de la necesidad de una reforma electoral y de listas abiertas electorales. Y así seguimos. No crean, no es sólo un caso español. En Francia se plantea ahora la urgencia de poner en práctica un sistema proporcional.

Renunciar a ejercer el derecho al voto, dar la espalda a las urnas no sale por desgracia gratis. Más allá de la apatía, de la escasa o nula identificación con el candidato A o B, el hueco está siendo aprovechando por los movimientos populistas radicales de cualquier signo, derecha o izquierda, con cuyos programas empieza a ver gente que está de acuerdo. Conmigo que no cuenten. Siempre me digo que el día que, pongamos por caso, Santiago Abascal, líder de Vox, llegue a La Moncloa me pondré en contacto con esa clínica suiza lujosa que adelanta tu llegada a la serenidad inmortal. Y lo mismo digo si quien dirigiera el país fueran, por ejemplo, Irene Montero o Ione Belarra.

Creo haber leído una novela de Saramago en la que hablaba precisamente de que en un país indeterminado los ciudadanos daban la espalda a los candidatos y se pronunciaban a favor de la abstención. Tan malo sería ser gobernado por autoritarios como que unos ilustrados tecnócratas puestos a dedo por un jefe de Estado nos persuadieran que la vida, nuestra vida, fuera como ellos querrían que fuera.

En conclusión, buena parte de la desafección estriba en la insolidaridad ciudadana y en la facilidad que tenemos para culpar a los demás de lo que nosotros no queremos ni sabemos. La desconfianza campa a sus anchas e incluso uno no se fía ya si el vecino o la vecina de enfrente llama a las diez de la noche para pedir un poco de sal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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