Desalojar personas para construir casinos

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Hoy es día de huelga general en España y se me plantean muchas dudas, muchos interrogantes sobre el futuro de esta España que está perdiendo a pasos agigantados los derechos que nuestros padres y abuelos tardaron décadas, siglos, en conquistar. Pero hoy prefiero hablaros de otra cosa, que no por no aparecer en los medios de comunicación es menos urgente ni menos importante, porque dice mucho sobre la inmoralidad e hipocresía de la sociedad en que vivimos, y porque me recuerda, una vez más, que en todas partescuecen habas.

 

Ayer en Asuntos Propios, uno de mis programas de radio preferidos, el veterano periodista Vicente Romero, comprometido como pocos con el buen periodismo –ese que da voz a los invisibles, ese que nos mueve a la indignación-, recordaba el caso del Gallinero, “la vergüenza del Ayuntamiento de Madrid, de su alcaldesa Ana Botella, y del país”. En ese poblado de chabolas, a veinte minutos de la Puerta del Sol, viven 600 personas, 320 de ellas, niños. De las 160 casas, habitadas por gitanos rumanos, 17 han recibido órdenes de demolición por parte del consistorio. Y desde entonces viven en medio de la angustia, porque les quieren dejar sin casa y a cambio les ofrecen 300 euros para que se vuelvan a Rumanía, o tres días en un hostal (¡¡tres días!!), o un lugar en la lista de espera de un albergue. Por detrás, siempre, un interés económico; por debajo de la inmoralidad y la impiedad, siempre, el cochino dinero. En este caso, parece ser que esos terrenos están en el punto de mira del proyecto Eurovegas, despropósito en sí mismo, pues con la disculpa de crear puestos de trabajo, pretenden saltarse unas cuantas leyes para instalarnos un enorme casino. Es que es de coña.

 

No sé si me sorprende, pero vaya si me indigna. Cuántas veces he reportado yo desde Brasil casos de desalojos de favelas. Siempre se trataba de terrenos que, por algún motivo, se habían convertido en un suelo codiciado por el mercado inmobiliario; porque, cuando a los favelados no se los ve ni molestan, nadie se acuerda de ellos. Como los gitanos rumanos en Madrid. En Brasil aprendí , gracias en buena parte a la batalladora relatora de la ONU por el Derecho a una Vivienda Digna, Raquel Rolnik, que la legislación internacional dice muy claramente que el desalojo de una comunidad sólo debe producirse cuando es la última solución, que debe dialogarse con los vecinos y que, en caso de producirse, debe compensarse con una vivienda igual o mejor a la que se derriba. No con tres días de hostal, joder. Que es un insulto a la dignidad del ser humano.

 

En Asuntos Propios, al hilo de la intervención de Vicente Romero, recuerda Toni Garrido el caso, también en Madrid, de un alto cargo que, con una nómina de 85.000 euros al año, cobró una ayuda de más de 5.000 euros para ir al dentista. Yo creo que no hay mucho más que añadir. Que no nos engañen: no es que no haya dinero, la cuestión es el reparto. Lo que en este mundo al revés no falta es dinero. Y, en estos tiempos de recortes, conviene no olvidarlo: ¿que el Estado de bienestar es insostenible? Para mí que lo insostenible es tanto dinero público que termina en cuentas suizas…

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.