Descafeinado

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Leopoldo María Panero (1948-2014).
Leopoldo María Panero (1948-2014) tomándose una caña en un café, de joven.

Lo cierto es que me sorprende bastante haber llegado hasta aquí. Quiero decir, haberlo hecho sin la necesidad de traer cafés -o cualquier otra bebida estimulante y cargada de cafeína-, hacer fotocopias o cambiar de identidad. Cuando empecé en esto del periodismo creía que todo funcionaba así: llegabas el primer día con las manos vacías a una redacción y poco a poco las ibas llenando de documentos, tazas de plástico y latas de Coca-Cola; hasta que el último día te marchabas y descubrías que tu jefe te había estado confundiendo durante meses con un becario, o con un visitante accidental.

Eso era lo que pensaba, digo, desde que leí las ‘Memorias líquidas’ de Enric González (Jot Down Books, 2013), en las que el periodista catalán contaba lo siguiente: «Mi relación con los jefes podría haber sido mejor y la culpa, en parte, es mía (…). Recuerdo perfectamente las primeras palabras que me dirigió el primero de ellos: «Domingo, tráigame una Coca-Cola». Aquel hombre no sabía quién era yo, pero al menos sabía lo que quería. He conocido confusiones peores. Gracias a aquella Coca-Cola, que aún deben de estar esperando, aprendí algo importante: el mejor lugar del mundo es el que está más lejos de los jefes». Sin duda, una bebida providencial.

También lo fue para el periodista argentino Martín Caparrós en sus inicios. En ‘Lacrónica’ (Círculo de Tiza, 2015), sin ir más lejos, Caparrós cuenta que conoció al director del diario Noticias cuando tenía dieciséis años y cómo éste le propuso un trabajo de fotógrafo que empezaría en unos meses; aunque, si quería, podía ir empezando a practicar. «Le dije que empezaba al día siguiente», afirma Caparrós en las páginas iniciales de su obra; para luego desgranar la primera anécdota profesional de su vida: «-¡Che, pibe, hace media hora que te pedí esa Coca-Cola! -Ya va, maestro, ya se la llevo».

Lejos del oficio periodístico, los refrescos sabor cola también se han dejado notar. En una de las obras de Francis Scott Fitzgerald, por ejemplo, su editor Charles Scribner admitía -en el prólogo- que el mismo Fitzgerald había confesado escribir «su primera novela con la ayuda de un líquido “estimulante” -¡Coca-Cola!-». Es también conocida la afición que tenía el poeta Leopoldo María Panero respecto a todas las variantes de la gaseosa, desde la versión zero hasta la light, que bebía una detrás de otra. Leí una vez, incluso, que Panero soñaba con hacer un anuncio para la marca de bebidas norteamericana, pero que nunca había hecho nada por contactar con los responsables de la empresa para tratar, siquiera, aquella irónica posibilidad. Como dejó escrito en ‘La canción del croupier del Mississipi’, «escribir en España no es llorar, es beber»; el problema, como siempre, está en mezclar.

Mi problema, desde luego, ha sido ese. Me he puesto a hacer varias cosas a la vez últimamente y, quizás, he dejado algo olvidada la revista, me he olvidado de traer un par de Coca-Colas y he decidido probar otros refrescos sin supervisión. Lo decía en otra entrada: a veces cuesta mantener el ritmo, pero, aunque éste se rebaje, hay que mantenerlo por honor. Claro, sólo me he tomado una semana de vacaciones, pero yo tengo mi pacto tácito con los lectores y no sería justo si les prometiese que no iba a volver a claudicar en el futuro. Prefiero dejarlo por escrito, por si sigo con el ritmo bajo y se ve afectada mi periodicidad; sobre todo porque trabajar en un lugar donde tu jefe -el gran Alfonso Armada– se llama igual que tú te libra de un puñado gordo de problemas, y hay que dar siempre las gracias a quien te ofrece una oportunidad.

Al fin y al cabo, de las pocas certezas que uno guarda en la frontera digital es que, al menos, nunca le llamarán Domingo por equivocación; aunque tampoco me importaría. Domingo, como mi abuelo; Domingo, como queriendo dejar claro que pertenezco por completo al fin de semana y a todas las excusas que me libran de cualquier obligación. Pero no; me niego a ser un descafeinado. Y, aunque me cueste, trataré de seguir escribiendo con tesón, si bien igual recurro al líquido “estimulante” de Fitzgerald para tomarme algún descanso de vez en cuando y refrescar la garganta con un poco de gas. El problema, como siempre, está en mezclar, y en que la Coca-Cola deje de ser Coca-Cola y en que las excusas terminen por interponerse entre tus verdaderos objetivos y la realidad. Por decirlo como lo diría Panero, el futuro yace «a los pies del desastre».

1 COMENTARIO

  1. Me gusta más el café que el brebaje de cola…Pero lo que más me gusta es disfrutar de la vida sin una marcha acelerada, el la vida a marcha lenta que me permite apreciar detalles que se escapan.

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