Descrédito del antihéroe

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¿No estás ustedes cansados de las lecturas y relecturas que acentúan el carácter perdedor de sus protagonistas, vocean su condición de propuestas que dan voz a los vencidos y desheredados, y subrayan, de paso, la originalidad, audacia y naturaleza insólita de esos enfoques?  

Los lectores avisados advertirán que el título de este texto es una paráfrasis de Descrédito del héroe, conocido libro de poemas de José Manuel Caballero Bonald, que confío perdone un atrevimiento en el que vibra también un componente de homenaje. Al hilo del asunto, nos encontramos con que, desacreditados los héroes, los antihéroes han invadido todo, películas y libros, obras de teatro y artículos, los imaginarios y la cotidianidad, en una suerte de venganza universal del hombre sin atributos, corriente y moliente, que se siente reconfortado ante el nuevo paradigma y, reconociéndose en él, permanece a sus anchas sin asomarse fuera de las albardas de su propio corral. Como decía el villano de Los increíbles, formidable película de Pixar, si todos somos superhéroes, se acabaron los superhéroes.

Pero vayamos por partes. Ese hartazgo de las versiones políticamente correctas, siempre a contrapelo de otras interpretaciones independientemente de la seriedad y el fundamentos de estas, no conlleva en mi caso, como contrapartida, añoranza alguna por las historias ejemplares y las hagiografías de seres admirables al borde de la santidad o sumergidos en ella. Y tampoco tiene uno nada contra vencidos ni desheredados, faltaría más. Lo que pasa es que, con frecuencia aupados en situaciones de privilegio y/o desde instituciones oficiales, hay muchos estómagos agradecidos, depredadores que visten la raída piel de cordero de la humildad, jetas sin fronteras y demás fauna oportunista, que enarbolan esa visión resobada de la antiheroicidad y la venden como transgresión con gesto de desafío al establishment que ellos mismo representan, y, cursis del simulacro, se ponen delante de la manifestación como si fueran la Libertad guiando al pueblo, sin advertir que llevan fuera la teta de la desvergüenza.

Discúlpenme la vehemencia, es que lleva uno oyendo la misma matraca desde hace más de treinta años y aún hay quien nos la quiere ofrecer como mercancía nueva. Leía hace poco (El País, 11 de julio de 2011) un pequeño artículo de mi admirada Blanca Portillo, a quien no considero ni jeta ni depredadora, sino todo lo contrario, una actriz y directora digna de veneración y que se ha currado lo suyo y se lo sigue currando. Hablaba en él de las Antígonas que se asoman al Festival de Teatro Clásico de Mérida, que ella dirige desde este año, y repetía, sin duda tan honesta como sinceramente, el sempiterno mantra de la corrección política del antihéroe: “Antígona pertenece al bando de los vencidos –escribía–, a esos a quienes nunca se les permite contar su historia, aquellos a quienes no escuchamos porque la Historia con mayúscula solo recoge la verdad de los vencedores”. Lo cierto es que, para no poder contar su historia, la hija de Edipo y Yocasta lleva unos dos mil quinientos años voceando la tragedia de su estirpe. Tal vez se refiera tangencialmente a la interpretación guerracivilista en clave española de uno de los montajes “antigónicos” de Mérida, que ofrece sobre el papel un interesante y atractivo punto de vista, pues una guerra es y contiene todas las guerras. Aunque tampoco puede decirse que la voz de los vencidos en aquella espantosa contienda, luego machacados por la dictadura, sea inaudible. Hay libros, opciones y versiones, películas y obras de teatro. Tal vez falten todavía sosiego, distancia, voluntad de entendimiento. Y sobren espíritu de revancha, prevención defensiva y mala conciencia a la hora de abordar aquella maldita guerra de nuestros antepasados.

Pero ese no es el asunto de estas líneas. Que cada cual siga hablando y escribiendo de lo que quiera, de antihéroes, de vencedores o vencidos, de los expulsados de la Historia y los valores de la sangre. ¿Quién es uno para repartir bulas y permisos? Solo un ruego, que nadie se sirva de las víctimas como pedestal de sus propias ambiciones y jalee encima lo arriesgado y ejemplar de su gesto.


Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).