Desde la grieta, desde la brecha

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Cuando acontecen sucesos como el del
terremoto que asoló la semana pasada a Haití los cooperantes y
humanitaristas del mundo encuentran sus 15 minutos de gloria.
Bomberos cachas con perros inteligentísimos, “mi niño” el
economista que en lugar de hacer un máster se va a ayudar a esos
“pobres”, el encargado de logística experto en levantar un
campamento de refugiados en 15 minutos… es su momento. La población
de los países desarrollados (donde los terremotos solo asoman el
pico con la prudencia del invitado) se conmociona casi tanto con sus
“voluntarios” de la vida como con las imágenes de las víctimas
de la muerte.

Hay una mala noticia. No sirve de nada.
La ayuda humanitaria del primer momento es necesaria, por supuesto.
Por eso no hay que empezar con remilgos de si algo se pierde o de si
no hay coordinación suficiente. En el apocalipsis no hay tiempo para
esas minucias. Pero después… ¡ay, después! Llegan los
cooperantes y los expertos en desarrollo, harán informes, redactarán
proyectos, convocarán a una convención internacional de donantes y
se hará todo un plan de rescate de Haití. Y no servirá de nada. La
cooperación internacional al desarrollo (la oficial y la oenegera)
es el sector menos eficiente que se conoce. Si se evaluará el efecto
real de los miles y miles de millones de euros gastados en Africa,
América Latina o Asia en cooperación, todos los empleados de ese
cuarto sector, estarían de patitas en la calle.

No se hace esa evaluación, y no se
hará. Porque la cooperación es el brazo amable de la diplomacia
porque necesitamos mantener con vida a los habitantes de la
periferia, a los trabajadores de las maquilas, a los mineros que
extraen nuestro oro, a los pobres que reciclan lo que nos sobra…

Desde la grieta de la decepción y
desde la brecha del abandono amnésico, clamo por justicia en lugar
de cooperación, por relaciones horizontales en vez de esta caridad
disfrazada, por reparación hitórica de los efectos del colonialismo
en lugar de consejos de “hermano mayor”… hay tanto que hacer
antes de hablar de “desarrollo”.

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.