Despedidas

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La gente se va. Otros ocuparán su lugar. El único que resistirá hasta el final será Alcoverro, que siempre afirma que solo regresará a España con las piernas por delante.

 

Detesto las despedidas, me emociono más de lo que se espera de mí, y a veces de verdad. En Moscú formaba parte de un comité oficial de despedidas. Me llamaban, me vestía de negro, bajaba a la puerta de entrada de la residencia, cogía temblorosa la mano de los amantes, novios y amigos de otras, y entraba en trance pensando en lo que los bolcheviques le habían hecho a la literatura rusa. Recordaba las trágicas historias de la Ajmatova o la Tsvetaieva y llegaba a convertirme en todo un torrente de lágrimas abrazada a cualquier chino pajúo.

 

Sí Corina, lo de pajúo va por ti.
Hoy tenía pensado despedirme de Javier, de Elisa, de Miguel  I el Grande, del Coronel, que han hecho de mi vida en Beirut un camino más agradable de andar, pero algo me lleva años atrás. Hacia mi hermana, mi amiga, hacia mi Corina Michelena.

 

 

No se engañen como yo le he hecho durante muchos años, lo único que convierte en especial la vida son las otras personas.  Ni el mismísimo Dostoyevski como compañero de baile, ni todo el río Lena bramando arrollador hasta el Ártico, habrían hecho de Rusia la puerta de entrada a mi propio yo si no hubiese sido por ella. No sé en lo que se hubiese convertido mi Moscú sin su presencia. Hubiese sido otra ciudad completamente diferente, complicada de digerir, y probablemente imposible de amar. Cuanto más lograba expresar en voz alta todo lo que suponía poder disfrutar de aquel exuberante mundo, más me ligaba a ella, más fuerte y decidida abría los ojos una y otra vez. No había ni un solo día en el que no quisiera participar del festival de la vida sentada en la mesa de los dioses, un convite al que por primera vez me sentía invitada.

 

No logro imaginar cómo será un día dejar Beirut. Somos piel, glándulas, seres táctiles, sensuales, hambrientos de un contacto físico que solo puede ser calmado con un abrazo intenso y verdadero. Todo lo demás son adornos para un hombre glorioso que no existe.