Desperdiciando a Lorca

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Anoche se estrenó en el Teatro de la Zarzuela La casa de Bernarda Alba, ópera en tres actos con música de Miquel Ortega y libreto de Julio Ramos sobre el texto de Lorca. «Estreno mundial de la versión para orquesta de cámara» dice el programa de mano. Siempre es buena noticia que un teatro menor acoja nuevas producciones. Digo “menor” sin ningún retintín: es tristemente común que los esfuerzos económicos se hagan en un solo sitio (en el buque insignia que corresponda) para engrandecerlo y que al resto le toque apañárselas como pueda.

 

La casa de Bernarda Alba, la de Lorca, trata de cómo Bernarda, matriarca viuda de la familia Benavides, se encierra en un luto de ocho años tras la muerte de su esposo y arrastra a él a sus hijas; por el bien del honor y del buen nombre de una casa. Bernarda, que es todo lo malo de un hombre y de una mujer, convierte su casa blanquísima en un lugar claustrofóbico y terrible que desquicia a sus hijas, obligadas a ver la vida pasar, confinadas en esa feminidad estrecha: «Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón»; «Ser mujer es el mayor castigo y ni nuestros ojos siquiera nos pertenecen».

 

La ópera que vimos anoche en la Zarzuela tiene problemas muy graves. En primer lugar, hay una falta de entendimiento entre el texto y la partitura, que nos ofrece música para una Bernarda Alba como podría hacerlo para cualquier otra cosa. La mayor parte del tiempo es puramente incidental y emplea recursos facilones: ahora pasa algo gravísimo, así que subida de volumen, metal y percusión. Ahora habla Bernarda, así que vamos allá con las disonancias. ¿Qué se va pronunciar algo espantoso? Pues sin música. Este subrayado de las pasiones convierte los momentos más terribles en cómicos: tuve que contener una carcajada en el momento en que Bernarda cuenta que ha disparado contra Pepe el Romano, lo juro. No solo hay momentos ridículos, sino muchos inverosímiles (el pasaje en que el pueblo persigue a «la hija de la Librada, la soltera, tuvo un hijo no se sabe con quién», donde sabemos que Adela, porque se agarra el vientre, está embarazada es realmente grotesco, con Bernarda con la mandíbula desencajada y Adela alaridos desde el balcón). Esto sería más grave si la función no hubiese logrado, mucho rato antes, que nos diese igual el porvenir de los personajes.

 

La dirección de Bárbara Lluch es terrible. Por ejemplo, la Poncia, que es quien mejor canta (interpretada por Luis Cansino), se mueve de un lado para otro con la gesticulación que José Mota da a las señoras de pueblo. Tenemos hasta un bailecito que nadie sabe de dónde sale. Pero estos errores son menores enfrentados al desastre mayor de que los espectadores no tenemos consciencia del tiempo que transcurre durante la obra. Ves a la gente enfadarse así, de repente. La una se echa novio, la otra arde de pasión («por encima de mi madre saltaría para apagarme este fuego que tengo levantado por piernas y boca») y miras el reloj diciendo: chica, que ha pasado media hora desde que has enterrado a tu padre. Nada mitiga esta situación el pobre trabajo de iluminación ni el insuficiente trabajo con la adaptación del texto. Hay un momento particularmente desolador: María Josefa, la madre octogenaria y senil de Bernarda, no tiene música, solo el parlamento. Cuando la formidable aunque microfonada Julieta Serrano sale a escena, al final del primer acto, recuerdas lo bien que está escrito el texto de Lorca. Y claro, ahí se cae todo.

 

Creo que estamos ante un intento fallido, cuyos problemas arrastran una meritoria interpretación por parte del elenco de la función (falta por nombrar a Nancy Fabiola Herrera como Bernarda Alba, Carmen Romeu como Adela, Carol García como Martirio, Marifé Nogales como Amelia, Belén Elvira como Magdalena, Berna Perales como Angustias y Milagros Martín como la criada) y aplana y empobrece la extraordinaria obra de Lorca. Una lástima.

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