Desprecio a la aridez

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“La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.”

                                                                                                  Federico García Lorca

 

 

Ya no llueve tanto como antes, cuando todo era más verde. Exactamente llueve este año un 26 % menos que en años anteriores. Cuando todo era más joven, 176 litros más. Cuando todo era, quizás, mejor, o sin duda, más fácil. La aridez es lo más parecido al ser consciente de que los zapatos se ensucian si una salta en los charcos. La sequía nos aleja de la infancia.

Necesito que llueva. Pero que llueva bien, y cuando digo bien es que la lluvia caiga sola y fuerte. Que se pueda observar desde la serenidad impasible del otro lado del cristal. Ver cómo lo convierte todo en fértil. Saber que el perder de vista el cielo robará el espectáculo de la exuberancia de la instauración del verde sobre todas las cosas. El perder de vista la tierra hará tropezar, y cuando uno está a punto de caer, cierra los ojos. La vida misma.

Necesito que llueva. Pero que llueva fuerte, que no tenga que invitarla a inundar las calles, a limpiar el asfalto. Una tarde en un sofá, una ventana y la luz tenue para despistar cualquier estímulo que haga perder a la lluvia su misión: hacer crecer. Flores, hierbas, nosotros. Limpiará con su corriente en descenso el terreno árido; en el ascenso se limpia la tierra sola. Porque cuando se tropieza en la tierra se agradece que al menos, esté limpia.

Necesito que llueva, y mojarme si hace falta en charcos infinitos. Pero que no me pidan las nubes que yo labre la tierra. Que los surcos discurran de la espontaneidad, de la alegría, de la interrupción de cualquier silencio. Los pájaros no se espantarán, cantarán en la fiesta de la riqueza, de la diversión de los pies llenos de tierra. Resbalar sin haberse hundido.

Llover, sin resignación, sin descanso. Con botas o sin ellas. Sin buscar el cobijo del alféizar. Descansar de la responsabilidad de hacer crecer, de alegrar, de no permitir los silencios incómodos. Invitar a abrir los ojos en la resignación del hundimiento. De esforzarse por no dejar caer, de olvidarse de arar, de no cavar hasta encontrar la felicidad. Agradecida, desde una ventana, ver cómo la lluvia lo hace sin pedir recompensa. El olor a tierra mojada.

Qué la lluvia lo arregle todo. La nostalgia, la amargura. Romperá en su anhelo de infancia la condena del adulto que todo observa, que todo comprueba. Se reirá ella, con fuerza y sola, de los planes al sol, de los campos de trigo, de los esfuerzos en vano. De los paraguas bailando en su viento. Una tregua en la que la lluvia se encargue de que todo sea fácil, joven, eterno.

Ensuciarse los zapatos, o detrás del cristal, reír, irresponsable, como quién necesita volver a pisar charcos, con fuerza.

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Iria Miguens
Salitre y morriña. Mujer desde 1985, feminista desde que no está penado. Vivo en Madrid, siempre en Galicia. Médica desde que Santiago de Compostela, celebrándolo con lluvia, me invitó a Vigo. Y de Vigo al cielo, o a Madrid. Se aprende a leer cuando duele llorar. Nos vemos en todos los libros, en los teatros, en las pinturas, en el amparo del desasosiego de un folio en blanco. En lo miserable que haya en los párrafos de Loriga, en la prosa de Ferlosio, que lima el ego. En un Servicio de Urgencias de la Sanidad Pública, cómo no. No se necesitan escudos en las guerras de flores, me gustan las margaritas. Sangran sonrisas cuando la primavera llora sus primeros días. Lloran silencios cuando la indiferencia alumbra injusticia. Abrigada por la belleza del arte en la inocencia, en lo imposible.

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