Después del amorío Trump-AMLO. Nueva crónica americana

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La maldición de México en sus relaciones con Estados Unidos no fue la pérdida de California, ni el apotegma aquel, repetido hasta el hartazgo, que pronunció Porfirio Díaz. La verdadera tragedia es de orden humanitario, la indiferencia con la cual se ha tratado a los conciudadanos residentes en el vecino país del norte, donde sin duda hay que incluir, ¿lo recuerdan?, el compromiso número 94 con los migrantes en la lista de 100 que el actual presidente mexicano incluyó en sus promesas de campaña.

Ojalá fuera posible olvidarlo, pero la realidad está ahí para recordárnoslo, así se crea en estampitas y escapularios que detienen el contagio del Covid y toda suerte de contratiempos, incluidos los amoríos de dos mandatarios y el trato con ciertas burocracias que se pretenden obsoletos mandarinatos.

President Donald Trump and Mexican President Andres Manuel Lopez Obrador gesture before signing a joint declaration at the White House, Wednesday, July 8, 2020, in Washington. (AP Photo/Evan Vucci)

Acaso quede hacer algo de memoria ante la actual inopia con que se pretende conducir la relación más importante del país cada vez menos prioritario (compárese la agenda con Canadá de la semana pasada) para Estados Unidos, reducido a un ligero dolor de cabeza para el cual, a falta de seriedad por la parte de México, con certeza bastarán algunas aspirinas de mediano calibre para reconducir al enfermo por el camino deseado. La ignorancia supina y el dizque pragmatismo al lado sur de la frontera no bastarán para evitar la prescripción médica proveniente del norte.

Me viene a la mente una anécdota que Augusto Monterroso, él mismo alguna vez empleado diplomático, intercala en la historia de su primer libro: “El 8 de septiembre de 1944 llegué a la Ciudad de México en calidad de asilado político, gracias a las gestiones del embajador mexicano en Guatemala, don Romeo Ortega, que me concedió el asilo aun en contra de la voluntad del gobierno local. Días después me envió a México por tren acompañado por el secretario de la embajada, quien durante todo el trayecto de un día llevó una bandera mexicana en sus rodillas, listo a desplegarla como símbolo de la extraterritorialidad ante cualquier intervención del ejército guatemalteco.”

Mi caso no ha sido, al menos hasta ahora, el del diplomático ignoto que arriesga el pellejo en aras de asilar a un notable escritor ni  a ningún refugiado, si bien mi experiencia en el oficio acredita en lo personal como una segunda universidad, o la primera, en cualquier caso una universidad de la vida misma.

Jamás olvidaré cuando, a los pocos meses de haber desembarcado en la ciudad de los Anchos Hombros a decir de Carl Sanburg, no acababa de instalarme siquiera —quizá por eso no aspiro a mucho en este oficio, me tardo en aterrizar, y una vez que tengo que volver a empacar, lo primero que meto a las maletas son miles de imágenes, de paisajes, de rostros que se quedan a vivir en mi nueva vida, dondequiera que esta recomience de nuevo—, tuve que unirme al equipo de un “consulado móvil” encargado de atender a “los paisanos” en una ciudad en la que jamás pensé poner un pie, y que únicamente conocía por vía de los borrosos recuerdos de infancia: Green Bay, la sede los Empacadores, el legendario equipo de futbol americano.

Después de conducir unas seis horas, aquí me falla la memoria, quizá fueron cinco, pero yo las sentí eternas, llegamos a una ciudad que no era tal, que era más bien dicho una colección de rastros y plantas procesadoras de carne, perfectamente plana, cuadriculada y llana como cualquier suburbio estadounidense. No había siquiera una Main Street, plaza central con su edificio de alcaldía, nada. Solo el estadio de los Packers sobresalía en aquella llanura en la que el viento no volvía a ninguna parte sino que seguía su paso hacia los confines del continente americano, incluidos búfalos, bisontes y renos.

Me parecía haber llegado hasta el borde mismo de la civilización, en pleno atardecer de infarto, una puesta de sol tal como la habrían visto los tramperos que uno o dos siglos antes se atareaban empujando la frontera americana hacia la tierra prometida, es decir hacia el Oeste, con dirección a las fiebres del oro, del petróleo, del dólar.

Más exacto resulta —aquí la memoria no me falla: ¿cómo podría?— apuntar aquí que no fue tanto uno de los mitos fundacionales de la Unión americana el que me partió la cabeza en dos mientras me desentumía las piernas luego de gastar horas de camino, sino el antiguo mito que, afirman algunos, también es el punto de partida de todo relato o narración que se haya contado en este mundo.

Me refiero, desde luego, a la Odisea.

No habíamos acabado de bajar el equipo del así llamado consulado móvil, en esos años numerosas laptops, impresoras, toneladas de papel, grapas y clips, kilómetros de cable, demasiados y estorbosos gadgets electrónicos, y ya se desplazaba entre las camionetas, mirando hacia el interior de las mismas y formulando insistentes preguntas, una miríada de individuos, hombres, mujeres y niños, ostensiblemente mexicanos, “paisanos”, pues, a todas luces. En menos de quince minutos, se habían arremolinado alrededor de nosotros, es decir del encargado del consulado móvil y de los empleados, cuando menos unos cuarenta o cincuenta paisanos, todos ellos indocumentados, curiosos y anhelantes de ser atendidos a primera hora del día siguiente. En mi calidad de aprendiz de cónsul, recibí una inolvidable descarga de realidad de parte de mi colega, mucho más experimentado: “A esta gente hay que ayudarla, cónsul, está completamente desprotegida. No llegaron aquí como tú y yo.”

Ni que lo digas, pensé para mis adentros mientras trataba de responder algo acerca de un acta de nacimiento válida o no. Traté de imaginar el difícil recorrido, en realidad impensable para mí, la accidentada historia de todos estos Ulises contemporáneos: autobuses destartalados, horas de espera a la llegada de traficantes de personas, incursiones en una interminable fila a través de los desiertos más inclementes, hambre y sed, desconcierto y temor ante el camino por delante, hasta Green Bay.

La misma escena se repitió al menos 30 o 40 veces a lo largo de casi diez años. A cargo de un consulado móvil, instalado en las afueras del intento de ciudad que alberga al Salón de la Fama de la NFL, en un pueblucho perdido entre las fisuras del Cinturón del Óxido, no hubo ocasión en que el asombro y la emoción no me apretaran el cogote. Jamás salvé a nadie de una desgracia; sin embargo, lo digo sin falsa modestia, pude hacer eso que, así lo mandaten Lucas, Mateo y Marcos, nadie espera de un burócrata o cónsul cualquiera: si no amar al prójimo, al menos sí echarle la mano, sobre todo cuando viven allá más de 11 millones de mexicanos de los cuales unos 6 millones son indocumentados —sin contar a los otros 25 nacidos allá, censados como de segunda o tercera generación.

Cuando los mexicanos de aquí, es decir los que tuvieron la fortuna de vivir al sur de la frontera, escuchan datos de este tipo, no los creen y piensan que se trata de una vulgar abstracción, se quedan boquiabiertos, como si ante sus ojos pasara volando el espíritu de Hegel arriba de un jet supersónico.

En términos más prácticos, sobre todo para los 5 o 6 millones de indocumentados que viven, trabajan, juerguean, sufren y son perseguidos en Estados Unidos, prestar un servicio consular puede significar, por ejemplo, registrar a los chamacos en la escuela, identificarse ante el Sheriff regañón, ir ante un juez de migración, recibir servicios médicos y hasta digna sepultura.

Puedo decir que me tocó casi de todo: expedir los documentos de identificación con los cuales una mujer pudo dar a luz a su primer hijo en un hospital con los debidas y justas atenciones, darle un pasaporte a un hombre color de gris y afectado del hígado que, literalmente, al otro día se iba a morir, recibir a las primeras horas de la mañana siguiente una bolsa de supermercado con diez kilos de tamales de manos de sus deudos en agradecimiento para todo el equipo de trabajo, tragar saliva y apersonarme frente a una maestra de escuela primaria estrenando con sobriedad y valor desarmantes su condición de parapléjica, única sobreviviente —hay tragedias que arrastran a toda la familia— de un accidente automovilístico, visitar cárceles, presos culpables y no culpables del delito de largarse de México, el país que les dio la espalda, a ellas, a ellos, a sus hijos e hijas, incluidos los más de quinientos niños y niñas, no importa si son mexicanos o de cualquier nacionalidad, que en determinado momento se encontraron en estado de orfandad y bajo custodia de ICE, pues la autoridad migratoria ya no supo dónde quedaron sus padres, si naufragando al sur de la frontera  —donde, dice el discurso, esa palabreja, ya se cumple la ley, por eso hay 27 mil miembros de la Guardia Nacional apostados en la frontera, reconocidos por el ahora fantasma de Trump como un “gran logro” de su amigo AMLO, listos para propinar macanazos y toletazos de auténtico “humanismo” a quien se atreva intentar el cruce.

Mis episodios más recientes en esta historia tienen que ver, no podía ser de otra manera, con la llegada de Trump a la presidencia y el cerco real y cruento a los paisanos: tratar de ayudar luego del paso relámpago de redadas de cien y doscientas personas, atestiguar el cumplimiento idiota de una orden de deportación y la consecuente separación de familias enteras, consolar a los hijos y al padre que permanecían en completo desamparo, explicarle al superintendente de un distrito escolar el sufrimiento al que se expusieron un par de niños mexicanos acorralados en su salón de clase al horrendo y simiesco cántico de Build-the-Wall!! Build-the-Wall!! —el mismo que se acostumbraba escuchar en los actos de campaña del hombre con la piel color naranja y pelambre de zanahoria.

Trump ya se fue, pero mucho del daño está hecho. La ignominia y el disparate han puesto casa en el lado sur de la frontera. Tuve esperanza una vez, así me fue y, salvo los ganapanes del momento, así le ha ido al país.

Escribí un artículo al respecto en un diario de circulación mundial. Guardo el correo electrónico que un energúmeno de poca monta (lo mantengo en el anonimato no por preservar su derecho a la privacidad, sino porque su nombre no le diría nada a nadie),  me envió una vez consumados sus míseros cálculos: eso no se hace, felicidades, ya tienes un enemigo más, mejor dedícate a otra cosa, no sirves para esto, más alguna advertencia personal que por elemental gusto no reproduzco aquí. Pero así escribió, sin explicar a qué se refería con “esto”, el insigne Carcas de la biblia vaquera, amparado en el cuento de su zafio patriotismo y su alta misión de servir al Estado, no a sus ciudadanos.

En 2018 publiqué una novela a la que mis editores de Penguin Random House añadieron un subtítulo con el cual no estuve muy de acuerdo, pero ni modo: “Una novela de no ficción sobre un violador confeso.” Aclaro, por si hiciera falta, que el criminal de origen mexicano a quien traté para escribir mi libro, fue liberado después de cuarenta y cinco años en prisión y dos licenciaturas obtenidas en el bote. Quise escribir la historia de un criminal, es cierto, pero también ilustrar el estado de discriminación en el que sobreviven millones de hispanos encarcelados. Le alcanzó la vida para salir libre, literalmente sin un centavo y conocer algo parecido a la redención por el propio sistema que lo mantuvo confinado en una larga y oscura noche, al contrario de nuestro ilustre Carcas de la biblia vaquera, quien hasta para publicar en pobretones tirajes de 500 ejemplares tiene que recurrir al Estado al que tan orgullosamente sirve y del que por ende se sirve.

Como en otros neoliberales tiempos, los migrantes mexicanos vuelven a ser llamados “héroes vivientes” por su presidente.

Ojalá tuviera, además de otros datos, señor Licenciado, otras lecturas.

La tragedia de quienes así discursean, es ignorar que, en efecto, hay héroes trágicos: ahí están Heracles, Perseo, Antígona, Aquiles, incluso el propio Ulises, quien en la versión del poeta bizantino Proclo, muere atravesado por la lanza de Telégono. Ellas y ellos, Ulises todos que cargan con sus pertenencias en una miserable bolsa de plástico, cruzan desiertos y son perseguidos como si se tratara de criminales, merecen algo mejor que una tragedia.

 

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Bruno Piché es ensayista y narrador. Ha sido editor, periodista, diplomático y promotor cultural. Realizó estudios en la Concordia University de Montreal, El Colegio de México, King’s College de Londres, Instituto de Investigaciones Sociales UNAM Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre, El taller de no ficción, Los hechos y La mala costumbre de la esperanza. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México desde 2012. Su novela más reciente, 'La mala costumbre de la esperanza', (2018), apareció bajo el sello editorial de Literatura Random House. En 2015 publicó la novela 'Los hechos', acerca de la cual Juan Villoro escribió: “Bruno H. Piché entiende la historia del mundo como una diáspora: datos en fuga que al articularse conectan la vida pública con la esfera privada. Podemos escapar de nosotros mismos pero no de Los hechos, es decir, del flujo incontenible de la historia.”   Vivir en Comala City es un blog sin fronteras temáticas y en la que las sombras y presencias fantasmales remiten al escurridizo entrecruce entre los géneros literarios. En Comala todo es literatura y nada es lo que parece.

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