Día 9: Y hoy volveré a mi ventana a aplaudir

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Tengo varias amigas disconformes por los aplausos de las 8 de la tarde (aquí en Canarias, por cierto, a las 7), porque consideran que son “de borregos” y que no van en consonancia con cómo están tratando a los sanitarios. Y estoy de acuerdo con que no están tratando bien a los sanitarios, pero creo que son asuntos diferentes. Así que yo sí salgo a aplaudir cada tarde, ya que creo que no es hora de politizar el tema, sino de poner en valor la solidaridad, el abrazo compartido.

Yo no conocía a mis vecinos hasta que llegaron los aplausos. Pero ahora salgo porque hay un niño en el bloque de enfrente que su motivación cada día es salir a la ventana a enseñarnos los dibujos que ha hecho. Y salgo porque, arriba de él, vive una señora que siempre está sola y que ahora sale a la ventana y saluda a mi hijo con la mano y él le devuelve el saludo y a ella se le ilumina la cara. Y a mi hijo también. Mi hijo, además, a sus dos años y con su aún poco vocabulario, ha aprendido una nueva palabra durante el confinamiento: ¡Bravo! Y la grita mientras aplaude.

También salgo a aplaudir porque hay otra vecina que trabaja en el hospital por las mañanas, y por la tarde, en los aplausos, le da ánimos a otra vecina más que a veces llora porque su hermana está sola como paciente en el hospital. “Pero no está sola, está con los sanitarios”, le dice a la vecina de un balcón a otro. Y ella le contesta “Gracias“. Y salgo también porque el otro día por vídeollamada le enseñé a mi madre los aplausos para que –cosas de estos tiempos modernos– viera desde Huelva los aplausos de mis vecinos canarios.

Y es que ya os lo dije, mi madre es enfermera en el servicio de Urgencias del Hospital Infanta Elena de Huelva, en estos días raros. Días raros no solo por lo que está pasando sino porque estas bocanadas de solidaridad nos dejan pensando cómo las situaciones extremas nos dan la oportunidad de sacar lo mejor y lo peor de nosotros. Hasta el Hospital de mi madre han llegados pizzas gratis para que cenen y pasteles desde el mercado, donaciones de mascarillas y aplausos espontáneos. Gestos que, me consta, han emocionado al personal. Y al mismo tiempo, han llegado gestos inhumanos, como la obsesión de una gerente que ha querido exponer al personal de Enfermería y Auxiliar de Enfermería reduciéndoles la jornada para que vayan más días, se cansen más, se potencie el desanimo… Y cuando todos los sanitarios en masa, junto a sindicatos, han protestado para que no tome este tipo de decisiones de manera unilateral; para que no maltrate a los sanitarios, a los mismos sanitarios que los vecinos aplauden cada noche; cuando se ha visto tan presionada que ha tenido que dar marcha atrás y no imponer su criterio, entonces su respuesta, como en una venganza del malo de los dibujitos que ve mi hijo, lo que ha hecho es rescindir de sus cargos a los jefes de Enfermería.

Lo que les decía, lo mejor y lo peor de esta humanidad. Espero, por mi madre y por sus compañeras, y por los ciudadanos de Huelva que van a verse afectados, que el clima mejore. Yo seguiré defendiendo la sanidad pública y reclamando al Estado que la cuide, que la proteja. Pero también seguiré saliendo a aplaudir a mi ventana aunque sea, simplemente, por poner un poco de esperanza en personas que se sienten solas en sus casas y que estos aplausos les dan el impulso necesario para decir: “Si todos nos quedamos en casa, será un día menos”.

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