Diario de Londres (Abril 1980)

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26 de abril (sábado, 9 de la mañana)

Entreabro la cortina desde la cama. Otro día gris. Me levanto y salgo del cuarto a hacer mis necesidades. Al regresar descorro la cortina del todo y me veo a Arnaud afuera, apostado en la acera, todo derecho y con los brazos cruzados, como esperando a alguien. Lleva un jersey de cuello de cisne que le alarga y le adelgaza la figura todavía un poco más. No es la primera vez que me lo encuentro así, en esa posición hierática. Ahora, según lo miro, parece que le hubiera dado un pasmo. Luis dice que está un poco “fou”. Me remojo la cara y las manos en el lavabo y preparo luego té con una tostada. Escucho la radio. Los americanos la han pifiado en Irán. Al parecer, dos helicópteros colisionaron en el desierto cuando intentaban rescatar a los rehenes de la embajada. Han muerto ocho marines. Se me ocurre que hoy es un buen día para patear la ciudad durante unas horas mientras me preparo mentalmente para mañana. Estoy muy calmado. Omnia vincit amor.

 

27 de abril (madrugada del domingo)

Son las tres de la madrugada y no consigo dormirme. Me pongo a leer un Times atrasado. Murió Carpentier en París, no sé si con aguacero, pero seguramente en buena cama, calentito. El reino de este mundo me maravilló en su momento. Prosa deslumbrante, aunque empalagosa a veces. Carencia quizá de registros. Sigo sin poder conciliar el sueño. Revuelvo entre mis libros. Por fin encuentro un romance que viene ni que pintado a mis cuitas:

 

Quiero dormir y no puedo,

que el amor me quita el sueño.

Manda pregonar el rey…

que todo hombre enamorado

que se case con su amiga…

¿Qué haré, triste, cuitado,

que era casada la mía?

 

27 de abril (domingo)

Crucé todo el parque a pie y llegué a la estatua de Peter Pan unos minutos antes de la una. Allí estaba ella, sentada en uno de los bancos que están junto al lago, muy quieta, muy abstraída en la lectura. Me quedé parado a unos metros observándola, sin atreverme a interrumpir. De pronto, un niño que estaba echando migas a los patos dio un gritito y Angela levantó la vista. Al venir a mi encuentro, noto que está muy sonriente y más guapa que nunca. No me extiende la mano, ni tampoco yo me atrevo a darle un beso en la mejilla, como otras veces. El corazón me bate a no sé cuántas pulsaciones por minuto. Creo que me dice que vayamos andando hasta los Jardines Italianos, pues quiere hacer alguna foto a las fuentes. Durante el trayecto me cuenta que en Semana Santa estuvo aquí su novio y que le ha regalado para su cumpleaños una cámara que quiere ahora estrenar. Nada más mencionarme al novio me siento aliviado, como si súbitamente me hubiera librado de una onerosa carga. Llegamos a los jardines y me pide que le coja el libro que lleva en la mano. Es un estudio ya antiguo en alemán sobre Oskar Kokoschka. Lo hojeo mientras ella saca fotos. Algunas de las láminas, le digo, me recuerdan algo a su propia pintura. Angela me hace un mohín como diciendo “¿tú crees?” y sigue haciendo fotos. Termina, guarda la cámara en la mochila y me sugiere que vayamos a sentarnos al pabellón. Entramos dentro. Huele un poco a humedad en el recinto. El jardín desde esta posición, tras de los arcos, parece como salido de Barry Lyndon. Nos sentamos. Una pareja se besa apasionadamente en el banco que hay en la otra esquina, a nuestra izquierda. Angela, de sopetón, sin yo esperármelo, me pregunta por qué le escribí la carta. Me encojo de hombros. No sé qué decir, aunque al final le suelto que estoy perdidamente enamorado de ella. Debo de haber enrojecido al decirlo. Angela se acerca y me coge de la mano. La tiene más fría que la mía. Permanecemos callados. La pareja de la esquina se ha marchado. Al levantarnos, todavía con las manos entrelazadas, me vuelvo hacia ella, le paso la otra mano por la cintura y la atraigo hacia mí. Nos abrazamos y nos besamos y luego volvemos a besarnos. Miro sus ojos grises, que me miran con una mezcla de felicidad y de aprensión. Salimos del pabellón. El borboteo de las fuentes y el verdor del parque, al fondo, aumentan, si cabe, el estado de embriaguez en que me hallo. De pronto, Angela se suelta de la mano, me tira su mochila y me grita, mientras sale corriendo, que vaya detrás de ella, si es que puedo seguirla. Y así corremos y corremos por el parque hasta caer los dos exhaustos en la hierba, en un ovillo de risas, de besos y caricias. Nos despedimos dos horas después en la estación de Bayswater. Me dice que todo ha sido un poco “crazy”. Me dice que me olvide de ella. Me dice que se va la semana que viene. Yo no le digo nada, salvo “I love you, I love you, I love you”.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.