Diario de Londres (Abril, 1980)

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11 de abril

Me sentí todo el día de ayer alicaído y sin ganas siquiera de ver la televisión o escuchar las noticias en la BBC. Angela est disparue. Su estudio está completamente vacío y nadie contesta cuando llamo al número de teléfono que me dio. Tampoco sabe nada de ella Irigoyen, salvo lo que le dijo el punk que le sirve a veces de modelo. Al parecer, la otra tarde se presentó un jamaicano de casi dos metros con una furgoneta y arrambló con todo lo que había, desde el caballete hasta el desvencijado sillón. Cuando le comento esto a Luis, me dice que el jamaicano es su novio, y que en realidad no es jamaicano sino nigeriano. El gesto de horror que le pongo debe delatar mis verdaderos sentimientos porque a partir de entonces Luis no hace otra cosa que tomarme el pelo con bromas de pésimo gusto.

 

14 de abril (lunes)

Empieza a sentirse la primavera por los muchos jardines y jardincitos londinenses. Entro en la recoleta plaza de Russell Square y, antes de sentarme en uno de los bancos, saco de una papelera el Evening Standard. A la sombra de un cerezo me pongo a leer apaciblemente mientras escucho en torno a mí un leve gorjeo de pájaros y niños. Severiano Ballesteros ganó ayer el Masters de Estados Unidos y la prensa británica lo celebra como si lo hubiera ganado uno de los suyos. En la sección de deportes me esfuerzo en descifrar todas las maravillas que cuentan de sus putts e inverosímiles drives. Oh Seve, the dashing Spaniard.

 

15 de abril (martes)

En mi hora de práctica con Jon tocamos el tema del amor y la pasión amorosa. Ni en inglés ni en español logramos entendernos. Según él, confundo malamente “amor” y “enamoramiento”. Una cosa es “amar” (to love), me dice, y otra “enamorarse” (falling in love). Mi pasión por Angela es un caso de enamoramiento (infatuation) y solo puede superarse A) si me acuesto con ella, o B) si me acuesto con otra. El amor empieza siempre después del coito, me dice, no antes. Antes, según me dice Jon, solamente se idealiza al objeto amoroso. Hago un apresurado repaso mental de mis muchas lecturas sobre el amor cortés y el neoplatonismo y le digo que el amor en Occidente es una forma más profunda de conocimiento. Y añado: “la consumación está siempre al final del camino, pero a veces no es ni siquiera necesaria. Los amores más intensos jamás se consumaron.” Se lo digo primero en español y, como parece no entenderme, se lo intento traducir luego al inglés. Jon enarca las cejas y exclama “bullshit!”, que es como decir en español “¡majaderías!”.

 

17 de abril (jueves)

Me asombra lo distinto que puedo llegar a ser según en qué ambiente me encuentre. Cualquiera que me vea en las clases de inglés pensará que soy extrovertido e ingenioso. La profesora siempre me busca cuando nota que la clase está dormida o necesita alguna intervención picante o divertida para animar al grupo. En cambio, entre mis vecinos de Offord Rd, soy tímido, timorato, torpe. Deben de pensar mis vecinos que soy un panoli. Lo mismo me pasa con las mujeres. Unas (las menos) me creen un golfo y otras (la mayoría, ay) un palomino. Debo confesar que en ningún caso salgo bien parado. La guapa Johanna no me puede ni ver. Le molesta cualquier comentario que hago en la clase. Se le escapa mi humor irónico o me lo toma tal cual, literalmente. Está convencida de que soy un machista, un creído, un idiota. Es irremediable mi situación con ella. El otro día practicábamos con las frases de relativo y la profesora hizo un ejercicio consistente en completar la oración “I like / don´t like women/men who…”. La guapa Johanna, tras muchos sudores y trasudores, creo que dijo algo así como “No me gustan los hombres que menosprecian a las mujeres”. Cuando a mí me tocó el turno solté en broma “I don’t like women who aspire to be men” (No me gustan las mujeres que aspiran a ser hombres”). La profesora torció el gesto al principio, pero en seguida cazó la insidiosa implicación de la frase y se sonrió. No así las otras chicas, que me abuchearon ante el jolgorio de los estudiantes varones. Un italiano, Giorgio, periodista, y de los más listos, me dijo, al salir, que la frase era un “aforisma brillante”. Poco después, en la calle, me crucé con Johanna. Iba en dirección contraria a la mía y apenas me saludó y, ya de refilón, me lanzó una mirada de desprecio. Qué bella y qué terrible es esta muñeca austriaca.

 

20 de abril (domingo)

Estoy escuchando por la radio el trío para piano y cuerda de Schubert (en concreto, el “andante” que aparece en “Barry Lyndon”) a la vez que releo por tercera o cuarta vez “The Love Song of J. Alfred Prufrock” de T.S. Eliot. No tengo conmigo ninguna traducción bilingüe, pero lo entiendo casi todo. Qué descubrimiento. Es tan grande como el “Cementerio marino”, si no más. No hay poemas así en castellano. A su lado toda la producción del 27, exceptuando quizá a Cernuda, me resulta intrascendente, pura pirotecnia verbal. Memorizo los primeros versos (“Let´s go then, you and I, When the evening is spread against the sky Like a patient etherized upon a table…”) y los voy repitiendo una y otra vez a modo de salmodia. No me atrevo todavía con el Waste Land, pese a que el mes de abril invite a ello.

 

23 de abril (miércoles)

El mes de abril está siendo muy cruel conmigo. No puedo deshacerme de mi pasión por la pintora de Dusseldorf. Sé que está aquí porque llamé al college haciéndome pasar por otro y me confirmaron que estaba en clase. ¿Por qué se marchó tan precipitadamente del estudio de Huntingdon? ¿Por qué nunca contestó a mi carta? ¿Tan idiota le pareció lo que allí le escribía? Nunca me dijo que tenía novio. Luis me asegura que la vio por lo menos tres veces el otoño pasado con un nigeriano, y una de las veces estaba muy amartelada con él, bailando, muy juntitos, música rasta. No sé si lo dice para ponerme celoso o para provocarme. A mí me da igual con quien esté, sea negro, verde o amarillo, mientras no sea yo el elegido. Debería ir a Hammersmith y confrontar la situación de una vez por todas. Jon puede que tenga razón. Debo acabar con esta fase de enamoramiento adolescente y dar el siguiente paso. Nada puedo perder.

 

25 de abril (viernes)

Llamé esta mañana al teléfono por mera rutina y me llevé la gran sorpresa de mi vida al encontrarme con su voz en la otra línea. Me quedé mudo durante varios segundos y luego creo que le balbuceé que se la echaba de menos (“we miss you”). Muy tranquila, sin perder la compostura, me dijo que había estado muy ocupada y que no había tenido tiempo ni de arreglar el teléfono. Me vi con la mente en blanco y nada contesté. Afortunadamente ella siguió hablando. Me contó que estaba harta de que le robaran el material y los cuadros y que por eso había cambiado de aires, que ahora tenía un estudio mucho más pequeño, pero al lado de su casa y con puerta y cerrojo. Creo que me dijo eso. Lo más importante es que, tras otro de mis balbuceos, Angela me propuso quedar este domingo en Hyde Park para un paseo. La veré a la una de la tarde enfrente de la estatua de Peter Pan. Todo mi cuerpo tiembla de gozo y de terror.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.