Diario de Londres (Febrero, 1980)

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Llevo ya una semana en la sierra de Madrid, y entre el jet-lag, las sesiones de piscina y mi inveterada indolencia ni he abierto el ordenador. Por fin, hoy me he levantado algo más pronto que otros días (el jet-lag no me hace ya tanto efecto) y durante una hora he estado transcribiendo algunas entradas más del diario. Apenas corrijo nada y solo he dejado fuera unas cuantas citas literarias en inglés sacadas de mis lecturas de entonces.

13 de febrero

Me pasé esta mañana a ver los cuadros de Angela en el abandonado caserón de Huntingdon Street. Al principio nadie me abría. Luego apareció Irigoyen y me tuvo más de quince minutos en el pasillo explicándome cómo el solito había conseguido que el edificio tenga luz y agua corriente. Esta vez no le importó mi visita y hasta me llevó personalmente al “estudio” de la alemana. Subimos por unas escaleras de madera azul con goterones de pintura roja aquí y allá. Algunos escalones están pringosos y chirrían. Al fondo, en el último piso, tras un marco de puerta sin hoja, nos encontramos a la alemana en plena faena. Nada más entrar, miro alrededor. El estudio es destartalado y luminoso, sin otro mueble que un caballete en el centro y un viejo sillón donde está sentado, haciendo de modelo, uno de los punks mohicanos con los que me he cruzado ya varias veces por la calle. Angela me sonríe y con el pincel en la mano, sin decir palabra, me indica que me espere un poco. Me pongo detrás de ella y miro el cuadro que está pintando. Colores chillones, psicodélicos. Al fijarme con más detenimiento en el cuadro descubro una figura humana, que debe de ser la del mohicano que está arrellanado en el sillón. Expresionismo alemán con algún toquecillo de pop art. El punk no deja de bostezar y de rascarse la cabeza. Tiene los ojos pintados y a medio abrir, con una sonrisa medio lela que no parece marcharse nunca de su cara de adolescente anémico. Irigoyen, en un español recio rematado con un “mecaguen Dios”, me dice que “el del sillón” se ha chutado otra vez antes de sentarse a posar. El punk parece darse por aludido, pues sin dejar la sonrisa lela se levanta de pronto y se marcha. Irigoyen también se va poco después. Angela sigue pintando como si tal cosa y mientras lo hace, me dice que eche una ojeada a dos cuadros de mediano tamaño que están apoyados sobre la pared. Los miro. Son muy parecidos al que está pintando ella ahora. En uno creo adivinar la figura de una mujer desnuda de pechos y caderas enormes, una especie de Venus paleolítica peinada a lo punk. Vuelvo a dejarlos donde estaban sin un solo comentario. Me siento en el sillón y espero. A los diez minutos o así, Angela abre una bolsa y saca dos sándwiches, uno para ella y otro para mí. Le agradezco la invitación. Me cuenta su rutina de trabajo sentada en el suelo; yo estoy de pie masticando a dos carrillos el sándwich que me ha dado. Al verla con las piernas abiertas, enfundada en unos vaqueros que le marcan aun más la rotundidad de los muslos, siento un deseo incontenible. Ella parece darse cuenta, se levanta y me dice que nos vayamos a tomar una pinta al pub de la esquina. Le digo que sí por decirle algo, pero luego miro la hora, me acuerdo de mi cita con Jon y me despido. Me mira con esa mirada suya, tan dulce, y se sonríe, no sé si por mi atropello, por la torpeza de la disculpa o por lo chapucero de mi inglés. Me paso el resto del día dándole vueltas y más vueltas a todas estas escenas de la mañana.

 

16 de febrero

Fuimos andando en procesión al concierto de los Clash y después hicimos tiempo en un pub de Camden, a dos manzanas de la sala. Allí estábamos Luis, Ray, Irigoyen, Amelie (la chica francesa del primer día) y otros muchos que no conocía. Luego, ya en pleno concierto, me encontré con Myriam, que en seguida se me perdió entre el público, aunque volví a reencontrarla a la salida. Angela no apareció. La sala estaba abarrotada. Mucho humo, mucho grito. Un tipo de casi dos metros, con una chupa de cuero raído, apenas me deja ver. Algunas de las canciones, aunque estridentes, son muy pegadizas. De regreso a casa Ray no deja de tararear “London calling”. Luis se fue con Irigoyen y Amelie a una discoteca. Myriam se me acercó muy al final, cuando ya me iba, y me dijo algo que no entendí. Me lo repitió en francés y tampoco. Noté en su cara un gesto de desesperación, como si tratara con un imbécil. A veces me resulta insoportable la falta de comunicación.

 

17 de febrero

El casero ha tenido una buena pelotera esta mañana con uno de los inquilinos, un francés que lleva sin pagarle más de tres meses, según se desprendía de los gritos. El moroso es un chico muy joven, con cara de niño, altísimo, que apenas se relaciona con la gente del edificio. Luis me dijo que era de París, como él, y algo rarete. Me lo encuentro luego en la lavandería y parece muy tranquilo. Lee el Guardian. Me saluda al verme y se enfrasca otra vez en la lectura. Tengo tentaciones de pasarme a ver a Angela, pero al final no me atrevo.

 

19 de febrero 

Jon me corrige la redacción en inglés que tengo para mañana y se ríe un montón con la historieta que he ingeniado: una sesión fotográfica con una perrita caniche de origen francés que dice a todo “oui” mientras un fotógrafo de Playboy le va pidiendo posturas cada vez más subidas de tono. A Jon le parece hilarante. A la profe, que es muy feminista, creo que la hará gracia también.

 

20 de febrero

La historieta hizo mucha gracia a todo el mundo, salvo a la guapa Johanna, que me lanzó una mirada de odio al final de la clase. Germán quiere llevarme al boliche noctámbulo y me propone que primero pruebe a trabajar en el restaurante y, una vez que terminemos la jornada, nos vayamos a “tomar” y quizá “de putas”. Le digo que me comprometo para la semana que viene. Lo de las putas me atrae y me da miedo al mismo tiempo. Germán se ríe de mis aprensiones y me dice que él ya ha pillado dos gonorreas. A continuación me describe los síntomas: pus, picazón, ganas de mear todo el tiempo… Mi cara de susto debe de ser notable, pues Germán vuelve a reírse y se saca del bolsillo un condón. Con esto, me dice, estaré sano y salvo. Amén.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.