Diario de Londres (Febrero, 1980)

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En esta segunda entrega transcribo solamente los primeros diez días del mes de febrero. Salvo algunos cambios mínimos, continúo siendo fiel al diario, quizá demasiado fiel…

2 de febrero (sábado)

La alemana no vive en el edificio. Viene aquí solo para pintar. Llega por las mañanas, pinta dos o tres horas y luego se marcha a Hammersmith, a su clase de arte. Está bien organizada, como buena teutona. Uno de los que estaba en la fiesta, un vasco que vive en el primer piso del squat me ha puesto al corriente, aunque de mala gana. Parecía molestarle mi interés por la chica. El otro día, cuando me lo presentaron, me dijo que se llamaba Irigoyen. Es alto y huesudo este Irigoyen, con un pendiente en el lóbulo izquierdo y un buen narizón. Tiene los ojos saltones también, y azulísimos, y una nuez picuda que le sube y le baja por la garganta como si estuviera todo el tiempo tragándose alcayatas. Irigoyen es medio punk, aunque con esos pantalones a cuadros de color naranja y las mechas rubias que se ha puesto por el hirsuto pelo, más parece un payaso de circo que otra cosa. Le dejé fumando en las escaleras de la entrada. Al volver a casa, me encuentro en el buzón una carta de Myriam. Está escrita con tinta roja. Que si me apetece irme de excursión con ella y varios amigos al Castillo de Windsor el próximo sábado. I don’t think so.

 

3 de febrero (domingo)

Los domingos se me hacen eternos en la habitación. Hablé con España. Han vuelto a matar a varios guardias civiles en el País Vasco. Mi tío empieza una nueva sesión en los próximos días. Parece que está muy animado. Por la mañana merodeé por los alrededores del edificio just in case, pero no había ni un alma. ¿La volveré a ver? Si no me la encuentro esta semana, me iré a buscarla a su escuela. Tengo coartada, pues ella misma me aconsejó que me apuntara a los cursos que imparten allí. Veo en el mapa que el Ealing Hammersmith College está ya muy pasado Hyde Park, en el Oeste de Londres. Apenas tengo comida en la nevera. Bajé por Caledonian Rd, casi hasta la estación de metro, pero estaba todo cerrado. Por fin, en una tienducha india, compré pan de molde, algunos embutidos y una lata de sopa. Sabía a diablos la sopa, por cierto. Mañana prepararé el plato que me enseñó Yiuchiro, con spaghetti, carne picada y guisantes. Me paso la tarde leyendo y escuchando la radio. Las noticias de la BBC mencionan los atentados terroristas en España, pero se me escapa la mitad. Por la noche cojo durante unos momentos, entre un barullo de ondas hertzianas, la voz chillona de José María García, en la SER. El Madrid le ha metido siete al Rayo y el Atleti apenas ha raspado un empate en Gijón.

 

5 de febrero (martes)

Necesito sacar algún dinero extra. Me dice el colombiano que me vaya a trabajar a su restaurante, pero no me apetece nada lavar platos. Ray me dijo hace unos días que en su universidad hay siempre anuncios de gente interesada en clases particulares de español. Así que esta tarde, de camino a la academia, me pasé por allí (el edificio está al lado de Russell Sq.) y estuve ojeando anuncios en el tablero de la entrada. Encontré uno, apunté el teléfono y llamé en seguida, aunque fue luego una tortura la conversación. Hemos quedado para pasado mañana a las once en la puerta del Instituto de Educación (IOE). El tipo creo que es americano, como Ray.

 

6 de febrero (miércoles)

Según me iba a meter en el metro esta mañana, en King’s Cross, me di de bruces con la alemana. Me saludó muy simpática y yo tuve que hacer verdaderos esfuerzos para disimular lo mucho que me gusta. Es más bajita de lo que pensaba y en un momento hasta me pareció un poco culona, la verdad, pero hay algo muy dulce y sensual en toda su persona. Es una chica con clase. Sus ojos grises irradian inteligencia, bondad, ironía. Nos quedamos hablando más de quince minutos en la boca del metro, y al ir a despedirnos tuve la ocurrencia (o la osadía) de decirle por qué no se venía al Castillo de Windsor este sábado conmigo. Mi sorpresa no pudo se mayor cuando me contestó que sí, que encantada, que era un viaje que había planeado durante las Navidades y que al final, por unas cosas u otras, lo había tenido que suspender. Me dio su teléfono y me dijo que la llamara el viernes. Durante la conversación confirmé lo que me había dicho el vasco. En efecto, estudia artes plásticas por las tardes y pinta en el piso de Huntingdon por las mañanas. Le dije que me encantaría ver sus cuadros algún día y ella me contestó que me pasase cuando quisiese, de lunes a viernes. Me dice que unas veces llega a las nueve y otras, como hoy, después de las once. ¿Y los fines de semana?, le pregunto. Los fines de semana, me dice, son para descansar, y se sonríe. Los ricitos rubios que le caen por la frente la hacen encantadora. Se pone a llover y nos despedimos. Después llamo a Myriam desde la escuela. Va a ser curioso cuando me vea aparecer con la pintora de Dusseldorf.

 

7 de febrero (jueves)

El americano se llama Jonathan, aunque me dice que le llame Jon. Es de Michigan y está con una beca de postgraduado. Es psicólogo. Tiene buena envergadura. Pelirrojo, con muchas pecas, una barba azafranada y rizosa. Lleva gafas con montura de pasta negra. Es muy simpático y tiene pinta de inteligente. Me lleva a su oficina, que es algo estrecha, aunque tiene un señor escritorio y un gran ventanal que da a la calle. En la otra acera se levanta un edificio en construcción. Me dice que la obra no ha avanzado nada desde el pasado octubre, y bajando la voz añade, entre risas, que los ingleses son muy vagos. Me fijo en sus manos, grandes y pecosas, como todo él. Hablamos de las condiciones. Me sugiere que quizá lo más conveniente para los dos sea un intercambio. Podemos quedar por las mañanas, me dice, una hora le enseño yo español y otra él a mí inglés. Le digo a todo que sí, aunque mi intención, al llegar, era otra. En todo caso, me vendrá bien practicar con un nativo. A la salida de clase, en la cafetería de la academia, le digo a Germán que a lo mejor me paso un día por el restaurante para probar. La austriaca está sentada en otra mesa, pero me evita la mirada. Parece que está de morritos conmigo. Algo no le ha debido sentar bien, aunque no sé exactamente el qué. Se lo comento a Germán y me dice que a lo mejor está “fregada” porque la profesora no le da bola y a mí sí.

 

9 de febrero (sábado)

Cogemos el autobús por los pelos. Myriam aguardaba impaciente con una pareja ya mayor, los dos con cara de queso (poco después supe que eran sus tíos) y no parece muy contenta al verme llegar con Angela, aunque en seguida congenian y se pasan todo el trayecto en el autobús hablando en alemán. Yo, entretanto, sentado al lado de la ventanilla, disfruto placenteramente de la campiña inglesa, con sus prados verdes y sus recoletos caminitos de piedra, con sus suaves colinas -donde de vez en cuando pasta un rebaño de carneros- y sus granjas… Pero idealizo. La mayoría del tiempo el autobús va por la autopista y solo muy a lo lejos se otea el paisaje de la vieja Inglaterra. El guía habla y habla, aunque nadie le hace mucho caso. Llueve. Desde que salimos de Londres no ha parado de llover. El cristal se empaña, y cuando lo desempaño con la mano, las gotas de agua apenas me dejan ver el exterior. Poco antes de llegar al punto de destino me entero (con desagrado) que después del Castillo de Windsor visitaremos Stonehenge. El Castillo de Windsor, con sus muchas almenas, torres y torretas, impresiona, pero tiene algo de artificial, como los castillos que se hacen en la playa o los que aparecen en las películas de Walt Disney. Claro que tanto los castillos, como el rey Arturo o los caballeros de la Tabla Redonda, están en el imaginario colectivo europeo desde por lo menos el siglo XIV. La nostalgia por un pasado heroico que probablemente nunca existió tiene muchos siglos de antigüedad y precede claramente al Quijote de Cervantes. Según nos dirigimos al interior del recinto, los japoneses y americanos se ponen a sacar fotos. Seguramente más de uno creerá que allí, en el más alto torreón, paseaba hace nueve siglos Guillermo el Conquistador, a la espera de divisar en el horizonte la llegada del enemigo. En todo caso, los suntuosos salones de la familia real impresionan por el lujo. Hay algunas salas que me atraen más, otras menos. Me quedo mirando mucho rato el retrato “policial” que le hizo Van Dyck al rey Carlos I, donde se le ve, a la vez, de frente y de doble perfil. Hay una tristeza infinita en esos ojos, como si presintiera cuál iba a ser su trágico final. Angela se acerca por fin a hablar conmigo. Elogia el cuadro y me dice que le gustaría conseguir una reproducción. Preguntamos, pero no la tienen. Luego me pide que la acompañe y me lleva a ver El Autorretrato de la Alegoría de la Pintura de Artemisia Gentileschi. Angela se queda mucho tiempo mirándolo, extasiada. A mí me deja un poco indiferente, aunque reconozco que desde un punto conceptual es muy interesante. Todo el grupo terminamos en la Casa de Muñecas de la reina María. En los años veinte alguien tuvo la ocurrencia de recrear en miniatura el palacio de la familia real sin ahorrar el mínimo detalle. Hay electricidad por todas las maquetas, agua corriente en la cocina y hasta los minúsculos libros de la biblioteca son una reproducción exacta, con todas sus páginas, de las ediciones de la época. Me acuerdo entonces del cuento de Borges sobre ese mapa de Inglaterra que incluye en un punto de Londres otro mapa idéntico, y dentro de ese mapa otro, y así hasta el infinito. Con mi inglés chapucero trato de explicárselo a mis acompañantes, pero en seguida desisto. Angela anda otra vez de palique con Myriam y la pareja suiza y no parece ninguno hacer cuenta de mí. En buena hora se me ocurrió traerla aquí.

 

10 de febrero (domingo)

Ayer no me dio tiempo de terminar toda la relación del viaje y ahora me da pereza continuar. Diré solo que el paseo por los dólmenes de Stonehenge fue una experiencia desagradable. Hacía frío, niebla, humedad. El viento y el agua convertían aquellos pedruscos en medio del campo en un escenario absurdo, inhóspito, como el telón de fondo de una mala representación del rey Lear. Para colmo la tía de Myriam se mareó y tuvieron que regresar antes que el resto de pasajeros. Angela y yo nos demoramos más de la cuenta y llegamos con un cuarto de hora de retraso al autobús. El conductor estaba enfadadísimo y había salido varias veces a buscarnos, en medio del chubasco. Myriam tampoco estaba muy contenta y apenas me dirigió la palabra el resto del viaje. Afortunadamente, al llegar a Londres, nos despedimos todos tan amigos. Angela habló de ir a un concierto el próximo sábado en Camden. Quedé en ir a visitarla durante la semana al squat de Huntingdon.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.