Diario de Londres (Mayo, 1980)

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4 de mayo (domingo)

Tardé en dar con su calle. Vive en el bajo de una casa señorial, a unas manzanas de la estación de High Street Kensington. El piso parece estar amueblado por un decorador. Angela me lo enseña divertida. En el salón hay un tresillo minimalista, de color naranja, como salido de una revista de diseño. Al fondo, encajonada en un cuartito de paredes celestes, se divisa la cama, que tiene forma oval, con un edredón rojo fucsia desparramado por los bordes. Todos los electrodomésticos de la cocina son de un azul intenso y hacen extraña combinación con el amarillo fosforescente de las paredes. Angela me dice que le encanta lo kitsch con que la dueña tiene el piso decorado. Volvemos tranquilamente al dormitorio y, sin titubeos ya, nos enzarzamos en un pasional abrazo. Pasamos acostados al menos dos horas. Después comemos ensalada, frutas y mucho yogurt. Me hace varios dibujos. Quiere hacerme uno completamente desnudo, pero yo me niego. Se ríe de mi gazmoñería. Me llama “prudish” y luego me lo traduce. Me cuenta de sus recuerdos en Mallorca, en el verano del 76, donde también conoció a un chico español que se llamaba Bernat. Estudiaba medicina. Fue todo muy romántico, me dice. A instancia mía me habla después de su actual novio. Me dice que es arquitecto y se llama Gabriel. Tiene 31 años. Ocho más que ella. Gabriel quiere casarse el año que viene. Yo le digo que no creo en el matrimonio y ella me dice que una relación de pareja no puede ser abierta, aunque necesita “sistemas de ventilación”. ¿Soy yo un ventilador?, le pregunto. Angela se ríe y me besa, y me besa otra vez y sigue riéndose.

 

17 de mayo (sábado)

Es definitivo. Regresa a Alemania. No era un bluf ni mentía al decírmelo. No quiere volver a verme. Dice que es absurdo sufrir cuando lo nuestro no tiene ni presente ni futuro.

 

22 de mayo (jueves)

Jon me vuelve a invitar al teatro. Esta vez es una representación del Faustus de Marlowe. Entretanto, me aconseja que insista, que vaya a verla, que no la deje escapar, aunque luego, al despedirnos, me da una palmada en la espalda y me dice “get over it”.

 

24 de mayo (sábado)

Sigue sin coger el teléfono.

 

26 de mayo (lunes)

Fui al piso de Gordon Place y llamé y llame y nadie me contestó. Le dejé una nota con el teléfono de casa.

 

27 de mayo (martes)

Luis me dijo que llamó cuando estaba yo en clase y que volvería a llamar mañana al mediodía. Llevo días sin comer apenas. Vivo en un sin vivir. Es horrible.

 

29 de mayo (jueves)

Se marchó ayer. Me llamó por teléfono a primera hora de la mañana y me pidió que le ayudara a transportar los lienzos al aeropuerto. Me pareció increíble que me pidiera una cosa así, pero naturalmente le dije que sí. Llegué al pisito y de ahí, en una furgoneta alquilada que esperaba en la puerta, nos fuimos al estudio para recoger el material restante. Se lleva una obra ingente. Entre lo recogido en Gordon Place y lo que había allí, en el estudio, contabilicé por lo menos treinta telas y más de diez cuadernos de dibujos. Enrollamos las telas y las fuimos metiendo en tubos de cartón. En el trayecto a Heathrow fue ella quien condujo. Hablamos muy poco. Durante la facturación le pedí otra vez que me diera una dirección en Alemania y volvió a decirme que no quería ninguna presión, que sería ella, en todo caso, quien se pondría en contacto conmigo. Me sentí muy molesto y estuve a punto de dejarla allí mismo plantada, en la cola, pero me contuve. Tras la facturación, nos sentamos en la cafetería y tomamos una Coca-Cola. A ella se la veía impaciente, como si quisiera estar sola. Yo fui a despedirme. Entonces se levantó, se abrazó a mí y me besó con la misma pasión del primer día, aunque sin la alegría de entonces. Cuando estaba para entrar en la zona de embarque, se volvió hacia mí un momento y creí notar en sus ojos alguna lágrima, quizá porque sabía, como yo, que ésta era la última vez que nos íbamos a ver.

 

7 de junio

Hubo una pequeña fiestecilla en el patio de la casa. Era el cumpleaños de Amelie. Hacía bueno, casi calor. Sacamos sillas, una mesa y un aparato de música, que creo trajo Ray. Se bebió mucho. Había de comer pollo y ensalada. En la tarta se pusieron 19 velas, que Amelie no pudo apagar ni de un soplo ni de dos. Entre los porros, la cerveza y la música raggae la mayoría terminamos completamente idos. Luis me confesó por tercera o cuarta vez que le gustaban los chicos y que estaba enamorado de no sé quién que vive en el squat de Huntingdon. Le di el pésame. Entretanto, Ray, Amelie y Arnaud bailaban cada uno por su cuenta mientras se oía a Bob Marley cantar Is this love, is this love, is this love that I’m feeling. I got to know, I got to know, I got to know now…

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.