Diario de Moscú. Buscando rastros de Guinea-Bissau en los archivos soviéticos

0
75

Día 0, 12/04

Declaración de interés: Guinea-Bissau produjo el único movimiento de liberación que derrotó a Portugal en el terreno militar antes de 1974 y no, en buena ley, en la mesa del Tratado de Alvor o, de alguna forma, en el espacio abierto por el 25 de Abril. No puedo recordar otra movimiento de liberación en África que, como el Partido Africano de la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC), haya derrotado de esta manera a un ejército colonial en la ola anti-imperialista que barrió el continente entre los años 50 y 80 del siglo pasado. Por el contrario, abundan los casos de potencias europeas que obtuvieron victorias militares contra sus movimientos independentistas pero que, sometidas a derrotas morales, se retiraron de sus colonias; revisemos la lección de La batalla de Argel, de Gillo Pontecorvo. Guinea-Bissau es, por un lado, la madre africana de la democracia portuguesa. El PAIGC fue (o funcionó como) la resistencia armada interna al Estado Novo que la sociedad portuguesa no consiguió –¿no quiso?– crear. Historiográficamente hablando, en la columna de Salgueiro Maia figuraban también las armas y los barones considerados como 2.069 muertos de Portugal, caídos durante la guerra colonial en las selvas de Guinea-Bissau.

Sobran, por lo tanto, razones para que Portugal mire, mirase, con otra actitud hacia Guinea-Bissau. Sin embargo, Guinea es hoy vista como un país a punto de convertirse en un Estado fallido por los mismos que en Lisboa fueron responsables de errores de Estado demasiado graves en la relación con esta y otras ex colonias. Es importante recordar que el Portugal democrático se ha equivocado con la Guinea independiente tanto como el Portugal salazarista se equivocó con la Guinea Portuguesa. Portugal, que mató y dejó matar al fundador del PAIGC, cuidó después –con el pésame de las plañideras– de legitimar interlocutores que, de Amílcar, casi sólo tenían el Cabral o la invocación de su nombre en vano. (“Cabral ka mori”, Cabral no ha muerto, el Padre-nuestro-que-estás-traicionado de la Guinea independiente). Después de 1975, Portugal tuvo que tragar sucesivamente la matanza de los comandos africanos (se pudo evitar una UNITA –Unión Nacional para la Independencia Total de Angola– guineana, dicen…); el golpe de João Bernardo Nino Vieira en 1980 y la purga étnica de un sueño binacional; el proceso brutal del líder de la etnia balanta, Paulo Correia, en 1985; la violencia política en los años 80 y 90 como perpetuo programa de gobierno; la corrupción bilateral vendida como intereses nacionales y ayuda al desarrollo; y la fatalidad de tener a hombres sin grandeza como interlocutores de los grandes movimientos. Quizás por esto, en Portugal, izquierda y derecha siguen prefiriendo debatir viejas culpas imperiales, al fin menos incómodas que las responsabilidades en el presente: Lisboa, protegida por el respeto de las “autoridades soberanas”, ha silenciado o ha amparado a un grupo políticamente inimputable que, en Bissau, continúa a tratar el país como si aún estuviera en el Congreso de Cassacá, en 1964.

(Hipótesis de trabajo: ¿y si el PAIGC no haya terminado todavía los debates del I Congreso?)

(Segunda hipótesis: ¿y si Amílcar hubiera comenzado a morir en Cassacá?)

Día 1, 13/04

Estoy preparando el equipaje, en París, a pocas horas de salir de viaje, cuando llegan noticias de un golpe (más) en Guinea. El primer ministro y candidato presidencial, Carlos Gomes Júnior Cadôgo, y el jefe de Estado interino, Raimundo Pereira, están en un lugar incierto. Se oyen disparos en las calles de Bissau. Por Skype, irrumpe el diario posible de los acontecimientos.

[13-4-2012 00:06:12] estás viendo Bissau?

[00:15:33] básicamente los militares tomaron el aeropuerto, cortaron las carreteras, bombardearon la casa de Cadôgo, cercaron las embajadas, y cortaron la energía del hospital Simão Mendes

[00:15:47] dicen que Cadôgo y Raimundo todavía están vivos, no se sabe dónde ni en manos de quién

Hace dos décadas –desde 1994, año de mi primer reportaje en Guinea y en África– que procuro entender Guinea-Bissau y su densidad política, étnica y cultural. En varias oportunidades hice la mochila corriendo para ir a Bissau o a sus inmediaciones, como ocurrió tras el levantamiento militar de 7 de junio de 1998 y, otra vez, cuando se produjo la violación del alto el fuego en enero de 1999. Ahora, el último golpe en Bissau me coge a punto de partir hacia Moscú, en un primer viaje a Rusia en búsqueda de un poco más de verdad acerca de… Guinea. Ya no de la verdad periodística pero, quizás, unas líneas de verdad histórica arrancadas a los archivos de la Federación Rusa.

Día 2, 14/04

Fue el antiguo Bloque Comunista, incluyendo varios países que ya no existen –la Unión Soviética, Checoslovaquia, República Democrática Alemana Democrática, Yugoslavia– además de China y Cuba, quien entrenó y armó al PAIGC, los que proporcionaron al movimiento guineano las condiciones prácticas que le permitieron forjar su consistencia militar. Cuando estalló el 25 de abril, el PAIGC estaba muy cerca de llegar a tener su propia Fuerza Aérea –los pilotos ya estaban entrenados–. Tras la independencia guineana, el Bloque Comunista garantizó también la formación de los cuadros que estructuraron la seguridad, tanto en las Fuerzas Armadas como en el aparato del Estado (un caso interesante, bajo la dirección de António Buscardini, él propio graduado en Checoslovaquia en los años 60; muerto en 1980). Dicho de otro modo: en este pequeño país, a una escala casi de laboratorio, la cooperación Este-Sur fue clave a la hora de formar cuadros dirigentes y modelos operativos de los Ministerios de Defensa, Interior y Justicia. Muchos de estos hombres y mujeres continúan allá, pese a que la opacidad de sus funciones contribuya a que su papel siga siendo invisible, como el relativo anonimato de sus vidas. No constan de los libros de Historia de Guinea y tampoco en los de Historia de Portugal, menos aún en los de Historia de la Unión Soviética o de la Guerra Fría o de la Liberación Africana –y sin embargo fueron protagonistas de todas ellas–.

La caída del Muro de Berlín, el final de la Guerra Fría y la liofilización liberal-capitalista de los antiguos países de orientación socialista determinaron el rápido olvido por parte de la matriz soviética de estas élites africanas. Es una generación, sin embargo, que marca una descontextualización interesante en el hilo narrativo lusófono. Muchos de estos africanos estudiaron durante años ruso o checo que portugués. He conocido a muchos, no solamente en Guinea-Bissau, que revelan una singular herencia rusófona, porque su experiencia de cultura europea y occidental fue mediatizada por Pushkin, Tolstoi, Dostoievski o Gorki; Eisenstein, Tarkovski o Kalatozov, y por la mitología de Pedro el Grande, de Ivan el Terrible, o de… Lenin. Otra característica es la nostalgia difusamente eslava de quienes, a la luz de la gran crisis mundial, comentan hoy que “Stalin estaba equivocado, pero Lenin sí tenía razón”. Llamémoslo neomarxismo porque, en relación a estos veteranos, hablar de altermundialismo es un poco como evocar a Manu Chao al final de un concierto de Amadou & Mariam.

Yo incluso conocí personalmente a varios Vladimir Ilitch en Guinea, Angola y Mozambique, testigos del fervor ideológico de sus padres. (Pero conocí solamente a un joven Brejnev, en Huambo).

Moscú, por lo tanto, no queda demasiado lejos de Bissau. Está en el camino, pese a que, en este camino, a la capital de los sóviets haya quedado atrás. Digamos así: en periodismo, la ruta más recta para la actualidad guineana es el vuelo Lisboa-Bissau. En historia, todo lleva más tiempo porque todo tiene más tiempo. Las rutas son diacrónicas y retrospectivas, a veces revisionistas, nos trasladan no en dirección a lo que está ocurriendo, sino en dirección a lo que no se sabe qué o cómo ocurrió. En 2012 es necesario ir a Moscú, dónde están los archivos soviéticos, para llegar a Conakry y a Boké en 1961, a Tite en 1963, a Medina do Boé en 1973 y, en fin, adentrarse Bissau con los guerrilleros del PAIGC en 1975. En la medida, claro, que los archivos estén autorizados a hablar con nosotros, o a hablar de todo.

El eje Moscú-Bissau es un buen tema para una maestría en Historia, o así lo espero: fue el que escogí cuando, en 2010, volví a la universidad. Es como estudiante de la micro-Guinea que desembarco en la mega-Moscú.

Día 3, 15/04

Conseguí el milagro de una habitación en el “edificio habitado más antiguo de Moscú, monumento nacional”, dice una de las inquilinas y mi anfitriona temporal. “Esta casa fue construida en el siglo XVII”. Debe de ser verdad porque, en esta tarde de final de semana, pasan turistas que fotografían la ruina. “Varias excursiones pasan por aquí, entre la Plaza Roja y las alamedas”. Intento imaginar un poco la grandeza del zar Piotr Alexevevich Romanov (1672-1725) en esta parte de Moscú para encajar la primera impresión de esta construcción que aparenta derrumbe inminente. Desde fuera parece abandonada: las paredes de ladrillo no tienen revoque, no todas las ventanas tienen cristal y no todos los cristales están enteros (tampoco todos los cristales son de vidrio, hay ventanas tapadas con plástico y adobe). Las escaleras interiores, de madera, están inclinadas hacia el eje oeste-este, al igual que la escalinata, como una toldilla de un barco suspendido a mitad de recorrido como un péndulo, de forma que se sube cada escalón hasta la segunda planta en un esfuerzo que tiene algo de embriagador. Pero el interior del apartamento es cómodo y tiene lo esencial: calefacción y aislamiento con la garantía de resistencia a muchos grados negativos. “Falta solamente la nevera, que se ha averiado”. ¿Qué hacen, entonces? “Se ha averiado en el inicio del invierno, por eso hemos puesto las cosas en el antepecho de la cocina, con la ventana entreabierta. Ahí mismo se congelan…”.

Todavía hay nieve a mediados de abril y el lago del Monasterio de la Virgen Nueva, junto al Archivo de Estado de Rusia (GARF), está congelado. Pero una semana después ya será verano en Moscú. Lo que importa, sin embargo, en esta ciudad gigantesca, es la ubicación: la casa decrépita, isla celosamente guardada por un armenio admirador de Stalin, está a dos pasos de Lubyanka. Motivos de interés al doblar la esquina: el Museo Maiakovsky y la sede del FSB, el antiguo KGB. No fue a propósito –ni el Futurismo, ni los espías.

Día 4, 16/04

También está Aleksandr Sergeevich Pushkin (1799-1837) a tres casas de la mía, una construcción en el mismo estilo, pero revocada de nuevo. El edificio tiene una placa alusiva y un escudo en bajorrelieve que muestra el perfil inconfundible del héroe de las letras rusas. “Aquí Pushkin hizo la primera lectura de Boris Godunov” (Un drama en verso). Paso diariamente por este Pushkin, al salir y volver de los archivos, lo que finalmente tiene un sentido elíptico en mi pesquisa guineana. Los combatientes del PAIGC fueron los primeros de los movimientos de liberación lusófonos en recibir entrenamiento militar en la Unión Soviética, pero no inauguran la intersección de héroes africanos en la historia militar rusa.

“Rusia es el único país no-africano en el que un descendiente de un originario de África Central es considerado como el más grande poeta y pensador nacional en uno de los libros que traje en el equipaje, una obra colectiva sobre africanos en Europa”. Leonid Arinsthein, el autor del artículo, explica que esta historia fantástica fue posible evidentemente por el talento de Pushkin, pero también por la naturaleza singular de la evolución de Rusia en la civilización europea. “Contrariamente a Europa Occidental, que se nutrió sobre todo de la cultura romana antigua, Rusia se integró en la civilización europea a través del Imperio de Oriente, Bizancio, y gracias a la mediación de Grecia. Es justamente este el factor decisivo en la formación religiosa, cultural y estatal a un tiempo de Rusia y de Europa Occidental, a saber, el catolicismo y el protestantismo en Occidente, mientras que Rusia y los Estados eslavos vecinos abrazaron la ortodoxia”. Para este experto, “el cristianismo oriental –la iglesia ortodoxa– se distinguía en gran medida del catolicismo europeo por su tolerancia religiosa, que tendía hacia un conjunto interétnico en contraposición a una Europa Occidental germanizada”.

Rusia tuvo contacto con África relativamente tarde, lo que, para algunos historiadores (incluyendo algunos africanos), explica que, cuando los primeros africanos llegaron al país, en la época de Pedro I el Grande, su destino dependiera sobre todo de sus habilidades personales. En Europa Occidental, por el contrario, el tráfico negrero propició que desde el siglo XV fraguara una concepción de los africanos como casta o raza inferior. Si este análisis fuera correcto, ayudaría desde luego a entender el fabuloso destino de Abraham Hanibal –bisabuelo de Pushkin–. Nacido en una familia noble de un reino en la región del lago Chad, raptado por traficantes de esclavos, comprado en Estambul por el embajador ruso a los siete u ocho años de edad y enviado clandestinamente a Moscú, Abraham Hanibal se distinguió, cuanto todavía era un adolescente, por sus acciones militares en la Guerra del Norte contra los suecos. Dio pruebas de un talento excepcional tanto en ingeniería como en el arte de la guerra, y llegó a hacerse amigo personal del zar. Octogenario, alcanzó el grado de general del Ejército ruso, broche de una brillante carrera.

Día 5, 17/04

El GARF (Archivo Estatal de la Federación Rusa) es una fortaleza formada por decena y media de edificios en la parte sudeste de Moscú, y este complejo no es sino uno más dos decenas de archivos públicos rusos dedicados a distintos períodos e instituciones, departamentos, dirigentes, movimientos y organizaciones correspondientes a la Rusia imperial, la URSS y la Rusia pos-soviética. El primer aspecto asombroso de esta impenetrable constelación de archivos es que un investigador puede pasar semanas, o hasta meses, intentando identificar los fondos pertinentes antes de comenzar a buscar lo que sea y antes de saber lo que buscar. Una de las colecciones de documentos que me interesa en el GARF es la del Consejo de ministros da URSS después de 1953, en la que deben constar decisiones referentes a los nuevos países africanos, incluso quizás algo relacionado con los movimientos de liberación, o, si tengo suerte, con Guinea-Bissau. “Pero no cuente mucho con eso”, me habían advertido mis profesores en París. “Guinea no es un país muy grande…”.

Soy portador de una caja de chocolatinas enviado desde París por una antigua funcionaria de los archivos rusos. El primer día me pareció lento y burocrático, pero Sergei me corrigió al instante. “El que avanzamos hoy suele demorar normalmente varios días”. Los chocolate hizo milagros. “Aquí no hay milagros”, me vuelve a corregir Serguei. “Sería más adecuado hablar del trabajo social de los chocolates. Los chocolates trabajaron por ti y ahora, gracias a la documentalista, trabajan los subalternos”. Es importante también destacar la organización y la eficiencia de los archivos. Al segundo día me remiten a un colega en otro departamento ubicado en otro inmueble del GARF para hacer un rastreo interno en la base de datos. En el ordenador veo por primera vez aparecer la palabra mágica, en el lugar que el documentalista señala con el índice en la pantalla: Гвинея Бисау (Guinea-Bissau). Solicito también una búsqueda por Кабо Верде (Cabo Verde). Sobre Amílcar Cabral, sin embargo, “no aparece nada”.

Día 7, 19/04

Mi amigo Braima Simbô me contó hace años, en Bissau: “Amílcar Cabral me vio por primera vez cuando yo tenía tres años. Él vino a nuestro pueblo, Ganduá, en la región de Catió, durante los primeros reclutamientos del PAIGC para la lucha. Mi padre, Bacar Sambô, era el gran-hombre de Ganduá, el jefe del pueblo. Era también un moro (un jefe religioso) muy respetado. Cuando me vio, Amílcar le dijo a mi padre

—Déjame llevarme a tu hijo,

y él

—Es la madre quien lo decide, es la madre la responsable por el muchacho.

En estos tiempos, la tribu de los biafadas no regalaba fácilmente un niño para que fuese educado lejos de casa. Mi madre, Mariama Dabó, respondió

—Llévate antes el hermano,

pero Cabral insistió en que quería a mí. Sin éxito. A causa de esto, sin embargo, mi madre me envió al pueblo de Daruda, un centro espiritual, a la escuela de Seco Na Baio, de ascendencia mandinga. Fui entregado para que estudiara el Corán. Dos años después, Cabral volvió a encontrarse con mi madre (que se convirtió en militante y combatiente del PAICG). Le preguntó por mí. Luego pasó por Daruda y fue a hablar con el viejo Seco Na Baio.

—¿Dame al muchacho?

—Llévatelo.

Cuando mi madre lo supo, se enfureció con el viejo.

—¿Por qué entregaste al niño?

—No te preocupes por él. Ese muchacho va a ser bueno de cualquier manera, siendo marabú o estudiando en la escuela de los blancos.

Fui a Boké, en la República de Guinea (Guinea Conakry), en 1963, antes de la creación de la Escuela Piloto del PAIGC. Tenía cinco años”.

Día 8, 20/04

Serguei me traduce lo que me parece pertinente en los archivos. A veces, lo inesperado se impone. Hoy le enseñé la web guerracolonial.org y le traduje al francés, en la mesa de un café, la historia resumida del ocaso portugués. El meollo es un párrafo del capitulo El infierno.

“Al comienzo de 1973, el año decisivo en la guerra de Guinea, el comandante en jefe contaba con fuerzas en general mal preparadas, mal equipadas y mal comandadas, que intentaban defenderse desde  sus acuartelamientos. Como unidades de maniobra y de reserva, disponía tan solo de las tropas especiales: un batallón de paracaidistas con tres compañías, un batallón de comandos (OBS: tropas de elite del ejército de tierra, generalmente aerotransportada) con cinco compañías, tres de ellas africanas, y cinco destacamentos de fusileros especiales, dos de ellos también integradas por africanos. Es en este escenario que los misiles Strella empiezan a abatir aviones de hélice y de reacción, limitando gravemente el empleo de los medios aéreos y su apoyo a las fuerzas de tierra.

Día 9, 21/04

Max y Andrey me esperan frente al Mausoleo de Lenin. La Plaza Roja está animada con pequeñas tiendas de Rojos, Blancos y Religiosos” (es decir, comunistas, opositores y ortodoxos), en un sábado en que esas tres distintas sensibilidades convocaron manifestaciones junto al Kremlin. “Pueden saltar chispas”, avisa Andrey. También hay, en gran número, un grupo bien visible que se podría denominar Azules (las diferentes unidades de las fuerzas de seguridad omnipresentes en la ciudad, en las plazas y las estaciones de metro). Max lleva una pequeña cinta blanca atada a la muñeca, la señal  de los que se oponen a la elección de Vladímir Putin, todavía primer ministro, para un tercer mandato como presidente de la República, y que, de nuevo, hoy, convocaron una manifestación contra las elecciones, que consideran fraudulentas.

El Mausoleo de Lenin es más humilde de lo que parece en las fotografías de la Plaza Roja. Dos soldados montan guardia de honor. Un septuagenario avanza con una corona de flores y uno de los guardias abre la cadena que separa la multitud de la entrada del mausoleo. El anciano deposita con cuidado la corona junto a otras en memoria de Vladímir Ilitch y retrocede sin dar nunca la espalda al monumento. Por un instante los turistas dejan de hacer ruido y cesan las risas. El momento parece casi oficial, solemne, hasta que de pronto una mujer, a nuestra espalda, ataca verbalmente a Max con un vendaval de insultos:

“Tú, ¿de dónde vienes? ¿Eres ruso?”

y en una segunda andanada

“¿Qué pasaría si yo fuera fumar en la puerta de la sinagoga? ¿A ti te gustaría?”

y finalmente

“Todo esto es culpa de los que gobiernan hoy día. En la época soviética no había esta falta de respeto”.

Mientras la mujer le increpa a Max, en oleadas sucesivas –se aleja y vuelve al ataque después de que se formara un pequeño círculo detrás de nosotros–, el hombre de la corona de flores, indiferente a la polémica, teclea algo en el móvil. Se empieza a escuchar La Internacional. Cuando el himno acaba, la discusión termina: el matrimonio de personas mayores nos deja en paz.

Max enciende otro cigarrillo. No ha perdido la sonrisa ni la calma durante todo el incidente. Dudo de que yo fuera capaz de tener tanta flema.

“No fue gran cosa”, explica Andrey. “La mujer no agredió a Max. Si le hubiera tocado con un dedo, eso hubiera sido considerado violencia física. Pero de la manera como ocurrió solo fue un insulto”.

Poco después, en la mesa de un restaurante georgiano, Andrey procura contextualizar mejor la diferencia entre violencia e insulto. En los años 80, inventó un videojuego muy sencillo con estética y programación de PacMan, “un juego de 8 bits hecho en un ordenador Z80 monocromo”. El juego estaba ambientado en el Mausoleo de Lenin, precisamente. “Había una cola de visitantes y el jugador tenía que evolucionar en las varias salas, desde la entrada hasta la sala donde está la momia de Lenin. Para pasar de una sala a otra tenía que sumar puntos, y los puntos se lograban con pedos. En cada sala, había sensores anti-pedos. La habilidad consistía en soltar pedos cuando aparecía la indicación de que el sensor estaba en pausa”. ¿Y qué le ocurría al jugador si el sensor estuviera encendido cuando éste faltara al respeto a Vladimir Ilitch? “Le cogían unos hombrecitos llamados KGB que estaban en cada sala”.

Día 13, 25/04

Día de la Revolución.

“25 septiembre 1973, TASS, Conakry. Entrevista de Aristides Pereira sobre la Declaración de Independencia de Guinea-Bissau”.

Por economizar tiempo, Serguei traduce de manera simultánea –y con discreción, para no molestar a los vecinos de la pequeña sala– para mi grabadora mp3 los documentos más importantes.

“Nuestros pensamientos están con nuestros amigos soviéticos que nos ayudaron constantemente sin retribuciones y que nos permitieron llevar adelante la lucha y hacer realidad el sueño de Amílcar Cabral”.

Serguei, que confesó haber oído por primera vez el nombre de Guinea-Bissau cuando nos encontramos en el GARF en el primer día de pesquisas, se familiariza cada día con nombres nuevos, hasta organizarlos mentalmente en apartados (por ejemplo, “los Cabrales”, Amílcar, Luís, Fernando y Ana Maria) y comprender que la historia reciente de su país ha interceptado de mil formas otras vidas de las que él jamás había oído hablar: Spínola, Aristides, Vieira, Pires, Salazar, Caetano, Cunhal…

“Luís Cabral subrayó lo mismo que Aristides Pereira, en particular recordó las relaciones de amistad entre Guinea-Bissau y la URSS, que pretende desarrollar. El pueblo de Guinea-Bissau estima en gran medida la ayuda soviética contra de los colonizadores portugueses”.

Los expedientes de la TASS están organizados en volúmenes, por año y colecciones, en este caso las que hacen referencia a Portugal y a sus colonias. Preciosismo relevante: en los archivos soviéticos, Guinea-Bissau aparece bajo el epígrafe Portugal hasta septiembre de 1973; a partir de entonces, se convierte en un epígrafe, consultable bajo la etiqueta Guinea-Bissau –de acuerdo con el reconocimiento diplomático inmediato del nuevo Estado por parte de la URSS.

“26 septiembre 1973, TASS, Conakry. (…) La independencia tiene un gran significado político y moral para el desarrollo de los movimientos armados en otras colonias bajo el control de Lisboa. Incluso el terrorismo fanático e inhumano que los portugueses descargan sobre las cabezas de los africanos será derrotado. La Declaración constituye también una derrota política y moral para los aliados de Portugal en la OTAN”.

“26 Septiembre 1973, AFP, Nueva York. Para Portugal, la Declaración de Independencia de Guinea-Bissau es una acción de propaganda (…) es una declaración carente de bases jurídicas y morales y no refleja las condiciones reinantes en esta provincia de Portugal”.

Día 14, 26/04

A comienzos de los años 80, aproximadamente 90 millones de personas, casi una tercera parte de la población soviética, tenía entre 15 y 34 años. Pertenecían a la última generación soviética. La filóloga rusa Marina Kniazeva se refiere a ellos como “los hijos del estancamiento” que, al contrario de las generaciones anteriores y posteriores, no tenían un “acontecimiento inaugural” en torno al que organizar un sentimiento de pertenencia o de grupo. La identidad de las generaciones anterior se había fijado alrededor de hechos como la Revolución Bolchevique, la Gran Guerra Patriótica, la denuncia de Stalin… La identidad de la generación más reciente se ha formado en torno al colapso de la URSS. En medio, sin embargo, la identidad de la última generación soviética –la generación a la que pertenecen mis amigos Andrey y Max– fue, según Alexei Yurchak, definida por la experiencia común del discurso oficial normalizado, ubicuo e inmutable de los años de Brejnev.

“Una de las contradicciones centrales del socialismo es una versión de lo que Claude Lefort llamó la paradoja genérico de la ideología de la modernidad: la oposición entre la enunciación ideológica (que refleja los ideales teóricos de la Ilustración) y el orden ideológico (expresado en las preocupaciones prácticas de la autoridad política del Estado moderno)”, explica Yurchak en Everything Was Forever, Untill It Was No More (Todo era para siempre, hasta que dejó de serlo), uno de los libros que tengo en mi equipaje (universidad oblige). La Paradoja de Lefort solo puede ser superada mediante el recurso a una figura exterior, un maestro que, por estar representado al margen del discurso ideológico y poseer un conocimiento separado de la verdad objetiva, oculta temporalmente la contradicción. En otras palabras, el discurso ideológico moderno, basado en los ideales utópicos de la Ilustración, garantiza su legitimidad en una posición imaginaria que le es externa y sufrirá una crisis de legitimidad si esta posición imaginaria es destruida o cuestionada.

Para Yurchak, Stalin fue, hasta su muerte en 1953, este editor externo –la única entidad que, ajena a los ideales de la revolución, podía decir lo que estaba y lo que no estaba en sintonía con el marxismo-leninismo. “Esta posición excéntrica permitió la producción y circulación de un meta-discurso público sobre todas las formas de expresión política, científica y artística que se evaluaban en términos de rigor y fiabilidad contra un canon externo –el dogma marxista-leninista”. La discusión pública de la Constitución de 1936 fue uno de estos momentos. Todos los líderes soviéticos –incluido Stalin– tenían que validar su autoridad ante Lenin (“buen alumno de Lenin”, “fiel marxista-leninista”, “sucesor escogido de Lenin”, etcétera.) Esta última fue la base del esquema de legitimación de Stalin, que se presentó como el sucesor de Vladimir Ilitch –escondiendo la Carta al Congreso” en la que, poco antes de su muerte en 1924, Lenin alertaba el partido en contra de la ascensión de Stalin. Fue la posición de maestro exterior al discurso de la utopía que estableció todo lo que vendría a definir el stalinismo: el inmenso poder, el culto a la personalidad, la implicación personal en la edición de discursos políticos, textos científicos, películas y composiciones musicales, las purgas en las estructuras del Partido y el Gran Terror de 1937.

La denuncia del stalinismo emprendida por Krustchev en los años 50 fue hecha en nombre del “último significante” del socialismo: Lenin. El cuerpo de Stalin fue retirado del Mausoleo de Lenin y sepultado en el suelo mientras sus estatuas fueron retiradas (hay varias acumuladas en un parque en Moscú), al igual que todo lo que llevaba su nombre recibió una nueva toponimia. “Solo cuando Lenin fue debilitado como el último referente, a finales de los años 80, el sistema socialista soviético se colapsó de manera acelerada”. ¿Y cómo se puede haber llegado a esto? Por “deriva performativa” del discurso oficial, apunta el antropólogo ruso: la substancia de lo que se decía perdió terreno frente a la forma en que se decía. El discurso oficial se hipernormalizado, hecho de fórmulas y de entrecomillados de entrecomillados, rehén de una repetición retórica y de una circularidad narrativa con un repertorio extremadamente reducido en cuanto a sintaxis, semántica, morfología, léxico y estructura. Toda declaración se convierte en la transmisión de una declaración anterior. Según Yurchak, la dimensión “performativa” del discurso oficial creó espacios para “nuevos e imprevisibles sentidos, aspectos de la vida cotidiana, intereses y actividades”. Esas nuevas identidades y formas de vida eran posibles gracias al sistema socialista –pese a que ya no estaban determinadas por él–. Por esta razón, la última generación soviética recibió el final de la URSS sin enfrentamientos: estaba preparada para el colapso.

Día 19, 1/05

Todavía festivo, después del puente. Terrible para el trabajo en los archivos –tengo que esperar nueve días para acceder a los documentos que pedí en el RGANI (Archivo Estatal Ruso de Historia Contemporánea) –. Unos amigos moscovitas me acompañan a la demasiado famosa calle Arbat (que está enterrada por el kitsch turístico) y luego, como indemnización espiritual, caminamos hacia la magnífica Alameda de Tver y nos detenemos ante la estatua del poeta Serguéi Aleksándrovich Esenin (1895-1925). Por coherencia, la tarde terminó en el Museo Maiakowsky.

Uno de los lados más estupendos de la revolución de 1917 fue la explosión creativa y conceptual de experiencias con el lenguaje –hasta que los bolcheviques decidieron reducir el proceso en nombre del discurso oficial–. “No somos solamente los creadores de un nuevo lenguaje poético, somos los creadores también de un nuevo sentimiento de vida”, escribieron los miembros del movimiento OBERIU (Asociación de Arte Real). Los poetas futuristas rusos trabajaron en un “lenguaje transracional” (zaumnyi iazyk), creando nuevas palabras, neologismos y estructuras gramaticales que rompían las reglas del lenguaje común. En la sociedad del futuro, el lenguaje transracional sustituiría todos los otros lenguajes existentes. “El objetivo es crear un lenguaje escrito común compartido por todos los pueblos de este tercer satélite del sol, inventar símbolos escritos que puedan ser comprendidos y aceptados por toda nuestra estrella, por poblada que está de seres humanos y perdida aquí en el universo”, explicaba, en 1919, el poeta Velimir Khlebnikov (1895-1925), a quien sus amigos llamaban el presidente del Planeta Terra.

En un café, después del GARF, le enseño a Sergei la digitalización de una página con un alfabeto de letras inventadas, dibujadas a mano alzada.

“Algunas parecen una evolución del cirílico. Otras, recuerdan el alfabeto gregoriano. O idiomas del Cáucaso. Es bastante raro ese futurismo”.

Es bastante raro: es un alfabeto producido en el seno del movimiento Yang-Yang, en los años 80, en alguna parte del sur de Guinea-Bissau, como la escritura de una sociedad limpia y justa. El movimiento fue dispersado, me contaron en Bissau, por las autoridades.

Lenin fue bastante explícito, después de la revolución, en una carta a la activista alemana Klara Tzetkin (1857-1933), su amiga, en la que explicaba que los bolcheviques no podían asistir al desarrollo caótico del “proceso cultural”, deberían, al revés, “esforzarse con una consciencia perfecta para controlar todo el proceso a la hora de formar y definir sus resultados”.

Día 20, 2/05

El filósofo y orientalista francés Ernest Renan, del XIX, escribió que el “error histórico es un factor crucial en la creación de una nación, razón por la que el avance de los estudios históricos constituye con frecuencia un peligro para la nacionalidad”.

Hoy, en la pesquisa guineana, llegó un espécimen documental angoleño: un conjunto de cuatro documentos soviéticos, del Comité Central del PCUS, de finales de diciembre de 1973 e inicios de enero de 1974, analizando la situación “inquietante” en el seno de la dirección del MPLA, los riesgos de la lucha de liberación y la forma en que Agostinho Neto encajó las críticas de Daniel Chipenda. En el origen de la gran crisis estuvo la exigencia de Chipenda de mayor representatividad étnica en la cúpula del movimiento. En el dossier del RGANI, el documento más importante es un informe preparado para el Comité Central del PCUS por el general Vladimir Kulikov, jefe del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas de la URSS. Es posible leer lo esencial de esta fuente en Angola. El principio del fin de la Unión Soviética, el libro de referencia de José Milhazes sobre la implicación de Moscú en el conflicto angoleño. Utilizo aquí, sin embargo, la traducción que obtuve a partir del original que consulté en el RGANI.

En este informe, y en las instrucciones redactadas para el embajador soviético en Lusaka, Agostinho Neto es criticado por sus “métodos autoritarios” y “autocráticos” y por “ignorar la cuestión nacional en la formación de los órganos directivos” del MPLA. Neto es acusado de manera explícita de “matar a cinco activistas entre los más activos de sus enemigos”. Chipenda, a quien Agostinho Neto “acusó de participar en un complot, fue destituido. Solo la intervención de las autoridades de Zambia impidió que Agostinho Neto lo matara” (sic).

Moscú señala que las acciones del líder del MPLA “provocaron el descontento de los combatientes de Chipenda”, pero en contrarréplica Neto “suspendió el suministro de municiones en todo el frente este, por lo que se detuvieron las acciones militares”. Peor: sin abastecimientos vitales, controlados por Neto, miles de combatientes bajo el comando de Chipenda tuvieron que retirarse hacia Zambia. “Portugal ha recuperado el control de zonas anteriormente liberadas y envió fuerzas de castigo de Angola a Guinea-Bissau”, constata el general Kulikov. Es más: la reducción de cinco a tres mil combatientes del MPLA en el Este “fue aprovechada por el FNLA para rehacerse. Basado en el Zaire, y bajo la dirección de Holden Roberto, es aliada de Occidente”.

La lectura de Serguei tras analizar todo el dossier: “O sea, por culpa de este tal de Neto, Amílcar tuvo que soportar un recrudecimiento de los portugueses colonialistas imperialistas en Guinea en los últimos tiempos de su vida”. Lectura fría, lectura correcta, supongo.

Día 21, 3/05

Con la ayuda de Braima Sambô, encuentro en Moscú al guineano Gilmário Sequeira (nacido en 1959). Ex-oficial, médico y empresario, Gilmário fue colega de Braima en la Escuela Piloto en Conakry y le acompañó a Cuba en el mismo grupo (una decena) de niños elegidos a dedo por Amílcar Cabral. Itinerario en el país de Fidel: internado Los Mambices, Escuela Secundaria Alfredo Ramírez, Escuela de Cadetes Camilo Cienfuegos y Academia Militar. Jugaron al baloncesto con Fidel Castro y fueron compañeros de los hijos de Che y Raúl en la escuela. E hicieron el servicio militar cubano.

Gilmário, Braima y otros diez fueron los primeros oficiales superiores guineanos en regresar a Bissau en 1979, “poco antes que otros tres formados aquí en Moscú, en la Academia Frunze”. Según he escuchado de otros oficiales de la generación de los 70 que he entrevistado en el ámbito de este estudio, había una cierta reserva por parte de los veteranos de la lucha en recibir los “jóvenes turcos”. Gilmário resume bien la ecuación: “La diferencia con Nino y los otros era de formación, no otra. Estábamos lejos de imaginar el golpe. Sabíamos que había divergencias, pero creíamos que se iban a resolver en el seno del Partido. A nosotros, que llegábamos de Cuba o de Moscú, no querían recibirnos, por miedo a que un día tomáramos el lugar de ellos. No era maldad, eran celos”.

Por celos, él y los otros oficiales con talento, como Braima –los más capaces de su generación– estuvieron menos de dos años en Bissau antes de ser reenviados para realizar nuevos cursos en la URSS. Gilmário se graduó en medicina y se especializó en dermatología. Más tarde, intentó ingresar en el mundo de los negocios. Sigue en Moscú.

Una enseñanza a retener de este hombre que, en el interregno entre Cuba y URSS, fue director del Departamento de Ideología de las Fuerzas Armadas guineanas: “Es necesario tener una ideología cualquiera. O creer en Dios. Es necesario tener miedo a algo o a alguien”.

Día 23, 5/05

En la alameda de Cistyi Prud, al final del día, grupos de jóvenes pican algo en la orilla del lago. Alguien toca un acordeón y los otros cantan Deb pobedy (Día de la Victoria). Es un apócrifo de los años 70, pero se convirtió en el himno más conocido a mayor gloria del Ejército Rojo. A pocos metros está una cocina de campaña, como otras que los militares montan en las calles de Moscú los días de fiesta. Se puede comer una sopa, la misma que los soldados tenían en el menú mientras avanzaban sobre Berlín en 1945. No está mal: almorcé este caldo varias veces en la cantina del GARF.

Un caballo negro, grande, salta por entre los árboles en el paseo de la alameda, un imagen improbable en medio de la ciudad. Está una muchacha descalza y vestida de blanco subida en la silla de montar, otra imagen improbable.

“La yegua se llama Camelia”.

Día 24, 6/05

A primera hora de la mañana salgo para el aeropuerto de Domodedovo. La ciudad se despereza para un triple festivo, largo, turbulento y alegre: manifestación de la oposición en contra la elección de Vladímir Putin, dentro de algunas horas; toma de posesión, el lunes, de Putin III, en una ceremonia con la pompa de una entronización en la Rusia de los zares; y celebraciones con desfile militar en la Plaza Roja el Día de la Victoria, 8 de mayo, fecha que señala el final de la Segunda Guerra Mundial, o mejor dicho en el lenguaje de Moscú: de la Gran Guerra Patriótica en que Stalin derrotó a Hitler.

Es una mañana cargada: el cielo está limpio, pero el ambiente está pesado. Cruzando los sucesivos anillos concéntricos que definen la planta de Moscú, del centro a la periferia, es posible fijarse en muchos camiones de la basura que toman posiciones en los accesos al núcleo de la capital. “Están aquí por las fuerzas de seguridad”, explicaba mi conductor. “Es para impedir la entrada de los manifestantes que vienen de fuera de Moscú. Como no se conoce una manera mejor, se utilizan los camiones de la basura como obstáculos. El mundo antiguo está de vuelta”.

Doce horas después, en París, recibo las últimas novedades de Moscú: “La policía irrumpió en la explanada de Jean Jacques, el café donde fuimos ayer. Todo está bien”.

 

Traducción: Naira Hofmeister

Versão portuguesa

Print Friendly, PDF & Email