Diario de un madrileño de Brooklyn (17-22 de junio)

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17 de junio

Estuve en el dentista esta mañana. Había leído en el New York Times que las clínicas dentales eran el mejor barómetro para medir el nivel de recuperación económica y quise comprobarlo de primera mano. Llamé ayer para confirmar la cita que tenía prevista para hoy y me dijeron que acababan de abrir ese mismo día y que estarían encantados de recibirme para una limpieza dental. Buena señal. Según recuerdo, el artículo del New York Times decía que, en los peores momentos de la crisis, el negocio de la muela había despedido a más del cincuenta por ciento de sus trabajadores, pero que ahora estaban contratando a un ritmo mucho mayor que en cualquier otro sector, un dato que debía llevarnos al optimismo.

Una clínica dental suele ser, por lo general, un negocio redondo. Nunca faltan clientes. Todos necesitamos limpieza dental, empastes, exodoncias, endodoncias y demás quisicosas. Es un negocio seguro siempre y cuando, claro está, no estemos en medio de una pandemia vírica. Con el coronavirus pululando por el aire no parece ni lo más conveniente ni lo más seguro abrir la boca delante de nadie. Así que, si alguien como yo se aventura a hacerlo, debemos pensar que lo peor ha pasado. Llego a la clínica tras casi una hora en coche. El tráfico vuelve a ser espantoso. Yo no sé si los atascos son también una señal de recuperación, pero desde luego indican que la nueva normalidad seguirá siendo un asco para los conductores. Me recibe Arlene, que lleva limpiándome la boca desde hace veinticuatro años. Está siempre alegre, siempre dicharachera. Me cuenta su vida retirada en estos tres meses. Le ha dado por la jardinería, me dice. En el patio que tiene en su casa ha plantado de todo, aunque no especifica. Se congratula de no tener niños pequeños; todos ya en la veintena, por fortuna. Lo último que habría querido en estos meses es ejercer de maestra de sus hijos, como alguna de sus amigas. Me entra un poco de nostalgia al oír esto. Todavía recuerdo la primera vez que me atendió. Estaba embarazada de su segunda hija. Le pregunto cómo va el negocio y me dice que tiene la agenda cubierta hasta septiembre. Le comento el artículo del New York Times. Al parecer, antes de la pandemia, el 30% de los clientes cancelaba sus visitas; ahora ni uno solo. Todos quieren salir de casa. “Ojalá, ojalá, I wish, I wish with all my heart”, me canturrea antes de ponerse en faena. Termina conmigo en un santiamén, mucho más rápido que en otras ocasiones. Me da la enhorabuena. No tengo ni una sola carie. Llega luego el dentista. Es nuevo. El Dr. Katz se jubiló. Echa una mirada rápida a mis piños y confirma el diagnóstico de Arlene. Me dan cita para octubre. Salgo a la calle. Es una mañana espléndida de junio. El cielo, al llegar a la destartalada avenida de Queens Boulevard, se desparrama blanco y azul, entre las crestas rojas y grises de los edificios.

19 de junio

Me llama Arlene, mi amiga Arlene. Acaba de regresar de una de las muchas manifestaciones que se han celebrado en la ciudad por el Juneteenth, la fiesta de liberación de los negros americanos. Reconozco que nunca antes había oído hablar de esta fiesta. En esto soy tan ignorante como Trump. A Arlene no le hace mucha gracia mi desconocimiento, ni tampoco cuando le muestro mi extrañeza por su activismo de última hora. Me asegura que, a su manera, siempre ha estado involucrada en la lucha social. Recalca, en inglés, lo de social struggle. Según ella, vivimos un momento muy especial, único quizá en la historia de los EEUU, una revolución pacífica en la cual los jóvenes han dicho “basta ya”, “enough is enough”. Me cuenta que ha ido en procesión con otros cientos de manifestantes por su barrio y que han terminado todos en Highland Park. Me manda algunos vídeos y fotos.

Es una maravilla ver tanta diversidad. Cierto que muchos son niñatos blancos, me aclara, pero con buena intención. Repite varias veces la palabra “reconciliación”; y aunque no le sigo bien el discurso, creo que quiere decirme que es el único camino para llegar a un entendimiento entre las dos comunidades, la blanca y la negra. Le recuerdo entonces el concepto de reconciliación en Hegel y que ello pasa primero por el perdón de los unos y el reconocimiento de los otros… Me corta en seco.

– ¡Cuántas veces tengo que decirte que Hegel y toda esa caterva de pensadores decimonónicos no sirven de nada para entender el mundo actual!, me grita. No es cosa de poner la otra mejilla. Ese pesado de Hegel razonaba todavía como un teólogo protestante. El cristianismo ha estado siempre al servicio de los poderosos. Y ya conocemos muy bien la receta: el pobre debe resignarse y pasar hambre a la espera de ponerse las botas cuando se muera. Yo no quiero perdonar ni que me perdonen.

Arlene calla y espera mi contestación, que se demora unos segundos, porque no sé realmente qué contestar. Si le hablo del espectro del comunismo me dirá lo mismo, que es una cosa muy antigua; y si le digo que toda reconciliación, sea entre enemigos o entre naciones, exige un cierto olvido, un pasar página, un mirar hacia adelante, me dirá que hay cosas imperdonables que no se pueden olvidar. Así que le pregunto qué entiende ella por “reconciliación”.

– Pues muy fácil, me dice Arlene. Que nos inviten a sus fiestas y que podamos compartir la tarta a partes iguales. El perdón me da un poco igual. Hechos más que palabras (deeds rather than words). Mientras eso no ocurra, no puede haber reconciliación que valga. Hoy me he sentido feliz porque estábamos todos en una misma fiesta.

Con algo de retranca le recuerdo que la fiesta de hoy no se daba precisamente en un ático del Upper East Side.

-Bueno, por algo se empieza. La sociedad está cambiando mucho. Creemos que solamente la tecnología evoluciona, pero no es así. Está cambiando todo mucho. Mi barrio está irreconocible. Cada vez es más diverso.

Le doy la razón. Y añado:

-El capitalismo salvaje está haciendo más por la diversidad que cualquier programa social. Ahora muchos blancos de clase media tienen que irse a vivir a Brooklyn, a Queens… La vivienda en Manhattan se ha hecho imposible. Claro que veremos qué pasa tras esta crisis. A lo mejor, al final, todos terminamos en el piso cincuenta de un rascacielos de Manhattan. Parece que ahora la gente de dinero está comprando casas en las montañas.

-No lo sé. Ricos siempre habrá. Y pobres. Y unos chuparán la sangre a los otros.

-La dialéctica del amo y el esclavo una vez más. No hay más lucha que esa.

-Pues sí. ¿Y quién decía eso?

-Hegel

-Get the f* out of here!

22 de junio

Llevo ya con mi hija cuatro días. Salimos de paseo o vamos a la playa, cocinamos juntos, vemos series de televisión. Ayer hasta leímos juntos los primeros capítulos de Guerra y paz. Veo también fútbol televisado, aunque sea sin público. Ya no recibo memes ni videos de mis amigos de España. Las teleconferencias con la familia se han reducido al mínimo. Ha llegado, en definitiva, la normalidad. O eso queremos pensar. Los expertos avisan de que puede haber un rebrote, pero el mundo parece haber decidido que el virus es cosa del pasado. Este diario, que empecé a principios de abril, creo que ha llegado también a su fin. Las próximas entradas del blog serán ya con otro formato.

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José Luis Madrigal
Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.

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