Diario de un madrileño de Brooklyn (15-16 de mayo)

0
129

 

15 de mayo

Se terminaron las clases y los exámenes; toca ahora poner las notas. Hay bastante confusión. No entraré en detalles, pero mis colegas se están devanando los sesos en dirimir qué hacer con la asistencia, con los exámenes y con el modo de evaluar al estudiantado. El experimento virtual de estos dos meses no parece haber funcionado demasiado bien. A algunos se les hacían los dedos huéspedes con el advenimiento de la enseñanza online, pero a las pocas semanas el consenso general es que la tarima y el pupitre no son tan fáciles de sustituir. Para empezar, la tecnología no está todavía preparada para crear miles de clases virtuales. La banda ancha no es lo suficientemente ancha aún: el mucho tráfico entorpece la circulación. Hay cortes, hay interferencias, hay desconexiones. Otro problema que se ha puesto de manifiesto es la desigualdad tecnológica entre el alumnado. No todos los alumnos tienen Wifi en sus casas o, si lo tienen, no es de suficiente calidad o potencia. Muchos ni siquiera tienen ordenadores. Una gran mayoría prefiere utilizar teléfonos de última generación, con datos móviles ilimitados, pero mientras no llegue el G5, ese tipo de conexión está muy por debajo de la obtenida por una red Wifi de fibra. Con todo, el gran problema que yo he podido comprobar en estos dos meses de tele-enseñanza no radica tanto en la mayor o menor capacidad tecnológica, como en el concepto en sí. Visto lo visto, incluso si todo el aparataje funcionara a la perfección, cualquier programa de videoconferencia parece incapaz de reproducir el ambiente de un aula. La enseñanza deviene, en el mejor de los casos, un programa televisivo en donde lo que más se oye es al presentador, en este caso al profesor de turno. La interacción maestro-discípulo pierde mucho, o casi todo, sin la mirada. Pues ¿qué mirada puede haber cuando lo que el profesor ve delante es una orla de rostros diminutos que raramente miran o miran a un punto indeterminado?

A través de la mirada uno capta el interés, la aprobación, la perplejidad, el aburrimiento, el rechazo. A ciegas, sin ese contacto personal, la voz del profesor resuena como en una cámara vacía, si no de vacío. Los gestores administrativos se frotan las manos con este nuevo sistema de videoconferencia e imaginan que así se ahorrarán un montón de dinero, pero a mí me parece que se pierde mucho más que se gana. No niego que pueda emplearse la videoconferencia como instrumento complementario o en situaciones puntuales. Y ciertamente los cursos magistrales se pueden grabar: una conferencia da igual verla in situ que verla en YouTube. Pero la verdadera enseñanza es mucho más que un catedrático dictando la lección desde el atril. El alumno no solamente aprende directamente del profesor, sino muchas veces de sus propios compañeros. El aprendizaje se fragua en el trato diario con la comunidad estudiantil y va cuajando tanto dentro como fuera de las aulas. Si se elimina ese hábitat, como algunos aspiran, se acabará con uno de los pilares básicos de la educación universitaria, que no es otro que el diálogo permanente. El monólogo puede que funcione en el púlpito, en la tribuna o en un plató de televisión, pero en la cátedra hasta quien habla ex cathedra sabe que no hay lección magistral sin una pregunta previa o un comentario impertinente después. Esperemos que podamos volver pronto a las aulas. Yo echo de menos hasta los atascos y las interminables reuniones….

16 de mayo

Volví a arrancar el coche después de casi dos meses. Hace un día primaveral, por fin. Estuve dando vueltas por Brooklyn. Bajé por la Avenida U hasta Marine Park y luego doblé por Flatbush Avenue en dirección al Belt Parkway. Había ya mucho más tráfico. Seguí por la autopista hasta el puente del Verrazano y tomé luego la salida hacia mi antiguo barrio de Bay Ridge.

Estaba aún más solitario que de costumbre. Los ladrillos de las fachadas, a uno y otro lado de la avenida, tienen un relumbre entre tristón y macilento, unas veces rojo, otras amarillento.

Salí del coche, paseé por las calles adyacentes, bajé hasta el mar, entre chalets cada vez más lujosos, más arborescentes. El Hudson, todo azul, ofrece un bello contorno de tarjeta postal.

Por el paseo marítimo algunos pasan corriendo en chándal; un viejo con bastón se me queda mirando largo rato, a unos pasos de mí. Al poco regreso al coche y de ahí a mi barrio de Sheepshead Bay. Decido otra vez darme una buena caminata por la ensenada. Hay más gente ya. Es casi mediodía. Hago lo mismo que en Bay Ridge: cruzo el puente y me dirijo a Manhattan Beach, una zona de dinero, con buenas casas. Hago fotos, sigo haciendo fotos.

Al llegar a la playa un policía me entrega dos mascarillas y me aclara que solamente se pueden utilizar un día o dos como máximo. Se lo agradezco. Hasta ahora mi única protección había sido una bufanda. No entro en la playa; me quedo mirando desde el borde del paseo. Algunas familias entran con bolsas y sombrillas, como si fuera ya un día de playa, aunque aún hace algo de fresco. De vuelta a casa, me llevo una gran alegría: los chinos han abierto por fin su tienda. Compro salmón, “lemon sole” y medio kilo de langostinos, entre otras cosas. En casa miro el reloj: he caminado casi siete millas.

17 de mayo

Me he pasado toda la mañana escuchando a Roberto Murolo, quizá el mejor representante de la canzone napoletana. Por la tarde mi hermano me manda un video sobre un cuadro suyo hecho de dibujos y lo acompaña de una canción, Guess who, que cantó por primera vez Jesse Belvin, pero la versión del video es distinta. Es una voz de mujer absolutamente maravillosa. No la encuentro. La que más se acerca es la cantada por Timi Yuro, pero no es exactamente igual. Le acabo de mandar un mensaje, pero como no me contesta lo mejor que puedo hacer es colgar su video. A mí me encanta tanto la canción como el cuadro.

(Recibo el mensaje. La cantante es Gladys Knight.)

 

Print Friendly, PDF & Email
Artículo anteriorQuienes sobrevivamos
Artículo siguienteTortilla española
José Luis Madrigal
Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, deja tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre aquí