Diario de un madrileño de Brooklyn (22-25 de mayo)

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22 de mayo

Se acerca Memorial Day y por primera vez en muchos años no lo pasaré en los Catskills ni disfrutaré de una barbacoa en la piscina de los Meneses, entre chapuzones y hamburguesas, con olor a cloro y crema solar. No se nos prohíbe viajar, pero lo desaconsejan. Además, se espera lluvia, mucha lluvia. Mi hija tampoco parece estar por la labor de salir a ningún sitio. Tiene miedo. No quiere arriesgar, me dice. Así que este año celebraré el inicio de la temporada veraniega en Brooklyn a base de lecturas y algún paseo por el barrio. Sigue casi todo cerrado, pero se ven por las calles más viandantes y alguna que otra madre con sus niños en el parque de juegos. Me molesta andar con mascarilla y ver a mis congéneres de la misma guisa. Parecemos todos como recién salidos de un quirófano. Hay algo profundamente ridículo en todo ello, por más necesario que sea. Abro los periódicos. La vacuna parece que está cerca. Al parecer, hay más de cien proyectos de vacunas en distintas partes del mundo y al menos ocho en fase experimental con humanos. Los chinos, según leo, ya hicieron experimentos en marzo con decenas de voluntarios y los resultados fueron prometedores. Utilizan un virus del resfriado común y con él infectan las células humanas a fin de liberar un fragmento del material genético del SARS-CoV-2, el virus que causa el COVID-19. Con esa secuencia genética crean una especie de proteína que provoca en el sistema inmunitario de la persona una respuesta inmediata y con ello la producción de anticuerpos, que sirven luego para combatir el coronavirus en caso de que esa persona se vea expuesta. Han experimentado ya con 108 personas de entre 18 y 60 años, a quienes les inocularon una dosis de diverso grado de intensidad. Dos semanas después todos los participantes habían mostrado algún tipo de inmunidad y al cabo de 28 días todos desarrollaron anticuerpos, con los mejores resultados entre aquellos que habían recibido una dosis alta. Los efectos secundarios no parecen grandes: la mayoría solo experimentó irritación en la zona donde se les había puesto la inyección, algo de dolor de cabeza, décimas de fiebre durante el primer día y cierta fatiga. Unos pocos, sin embargo, lo pasaron peor. Uno llegó a tener 39 de fiebre y mucho ahogo. El autor principal de la investigación, un tal Wei Chen, declara orgulloso que los resultados representan un hito importante, pero que deben interpretarse con cautela: “la capacidad de desencadenar estas respuestas inmunitarias no significa necesariamente que la vacuna vaya a proteger a los humanos del COVID-19”. Otra compañía, esta vez americana, Moderna, anunció que 45 de los voluntarios que recibieron dosis de su vacuna (mRNA-1273) desarrollaron anticuerpos semejantes a los observados entre quienes se han recuperado del COVID-19. La universidad de Oxford anda también muy avanzada en la investigación. Y hasta en España el ministro Pedro Duque, antiguo astronauta, apunta alto y aseguraba hace un mes que estábamos a las puertas de dar con la vacuna. Le pregunto a mi cuñado, expertísimo en el tema, con más de veinte años en puestos de alta responsabilidad en la farmacéutica Merck, y rebaja un tanto las expectativas. Es aún muy prematuro, me dice. Se necesita más tiempo para saber si, en verdad, los efectos secundarios se reducen a dolor de cabeza y poco más. No olvidemos que se mete en las células una proteína sintética, al fin y al cabo. Si se actúa con un mínimo de rigor científico (y ética profesional) falta un año como mínimo. No se puede inocular una vacuna nueva a millones de personas sin haber pasado antes por un largo proceso de experimentación, termina por decirme. Le hago caso. A principios de febrero hablé con él y estaba alteradísimo con las noticias que venían de China. Recuerdo entonces que le acusé de alarmista en mi supina ignorancia. Mi cuñado culpa en parte a la OMS del desaguisado. Anduvieron remisos. Dieron información ambigua. Debían haber sido mucho más tajantes en sus declaraciones. No lo sé. Yo he hecho algunas lecturas epidemiológicas de un tiempo a esta parte y he descubierto toda una literatura al respecto que avisaba del peligro inminente. Los gobernantes son, a mi juicio, los responsables máximos, especialmente la administración Trump. El mundo entero desde hace décadas se guía por lo que hace Estados Unidos. Si aquí no se hacía nada y hasta se minimizaba la gravedad del virus, ¿por qué iban los demás a tomar medidas más drásticas? Un ciego ha guiado a otros ciegos y al final hemos caído todos en el hoyo.

23 de mayo

Me llama mi sobrino Josete por FaceTime y me da una gran alegría. Siempre es bueno escuchar a la gente joven. Mi sobrino quiere escribir y dirigir teatro en España. Casi nada, pero tiene 25 años recién cumplidos, mucho talento y preparación de sobra. Terminó los estudios en la RESAD hace dos años. Allí, todavía de estudiante, ya dirigió varias producciones. Yo vi una en directo, Estados de shock de Sam Shepard y otra en vídeo, La gaviota de Chejov, y las dos me impresionaron. A finales del año pasado estrenó, tras concedérsele un premio, una versión muy divertida sobre el Decamerón que ahora, con la pandemia, no puede estar más de actualidad. Le pregunto qué hace en estos momentos y me dice que está pensando hacer una versión teatral de Las memorias del subsuelo de Dostoievski.

Hablamos algo del asunto, no mucho porque de pronto aparece mi hermana y se interrumpe la conversación que teníamos. Me habría gustado comentarle que, a lo mejor, si quiere versionar esa obra, debería explorar el tema del misántropo. Timón de Atenas y el Alceste de Molière comparten algo, yo creo, de la postura absolutamente hostil hacia el mundo que leemos en las Memorias de Dostoievski. En todo caso, es difícil pasarlo al teatro. Es casi todo ello una diatriba en primera persona, diatriba obsesiva de un personaje lleno de contradicciones, incapaz de empatizar con nadie, ni siquiera consigo mismo: atrabiliario, receloso, sentimental, absurdo, cruel. Es el antecedente de buena parte de la ficción confesional que viene después, de Céline a Thomas Bernhard, de Kafka a Houellebecq. En España lo más cercano (y tan lejos a la vez) sería Lo prohibido de Galdós, un texto inquietante que se ha leído muy poco. Allí también Galdós se mete en la piel de un “yo” bastante siniestro, con algunos rasgos del propio autor. En fin, las Memorias del subsuelo sospecho que llevadas al teatro desembocarían casi irrevocablemente en el nihilismo circense de Beckett. ¿Estamos otra vez en esas? No lo sé. A mí la negra visión del misántropo me termina por aburrir y me parece casi siempre una pose. Alceste dejaría de dar la murga al personal en el momento en que Célimène le hubiera hecho un poco de caso.

24 de mayo

Aquí empieza a ser habitual los que, con el pretexto de su libertad individual, montan el pollo si alguien les recrimina por ir sin mascarilla; y en España, según leo, la policía ha puesto ya más de un millón de multas a todos aquellos que se han saltado las estrictas normas del confinamiento. Ahora, más que nunca, resulta difícil encontrar un punto de equilibrio entre la libertad del individuo y la coerción autoritaria del Estado. Stuart Mill, hace ya mucho tiempo, marcó con claridad la línea fronteriza entre esos dos polos: la libertad de un individuo termina en el momento en que su conducta perjudica al resto de la comunidad. Tal condición parece en muchos casos indiscutible. Si alguien porta una enfermedad infecciosa, no puede ni debe moverse a su antojo y las autoridades harán bien en ponerlo en cuarentena o aislarlo de alguna manera. Pero la frontera es a veces difusa, porosa, casi invisible. O es de quita y pon. Los daños y perjuicios que acarrea tal o cual conducta individualista o supuestamente insolidaria no están siempre claros. Hasta hace escasamente dos meses la OMS aseguraba que la mascarilla no era tan importante, e incluso se llegó a decir que era contraproducente. Ahora resulta que la mascarilla es vital, necesarísima, la prenda más esencial para protegernos del virus.

No digo que no sea así, pero la autoridad científica no es infalible. Ni menos aún lo son las autoridades gubernamentales. Puede que en los próximos meses se ponga en circulación una nueva vacuna contra el COVID-19. ¿Qué hacer si, por ejemplo, el gobierno obliga a vacunarse a todos los ciudadanos, pero una minoría de científicos sospecha que puede tener consecuencias imprevisibles en la salud de la gente? ¿Se perjudica a la comunidad si algunos se niegan a ponerse la vacuna? ¿Tiene derecho el Estado a imponérsela a todos en aras del bien común? Y quien se niegue a ponérsela ¿es lícito acusarle de mal ciudadano/a o de perseguirle como si se tratara de un delincuente? El dilema es grande. Mi cuñado me recordaba en la conversación que tuve con él hace días que los jacobinos denominaron al comité revolucionario “Comité de salut public”. Cierto que “salud” se entendía como “salvación”, pero da un poco de escalofríos cuando un gobierno recorta las libertades individuales en nombre de la “salud” del pueblo. La política española está lejos de mi radio de acción, aunque la sigo. Conozco mucho mejor lo que ocurre aquí y aquí me preocupa el grado de intolerancia que encuentro entre los progresistas en todo lo relacionado con la política identitaria y la corrección política. Daré un ejemplo. Hace unos días en el colegio de mi hija se armó un buen alboroto porque una alumna había colgado en Instagram unos comentarios cargados de xenofobia contra China y los chinos a cuento del virus. Yo los leí. Eran ciertamente ofensivos, pero estaban dentro de los límites de lo permisible. Ofender no tiene por qué ser delito. La reacción del colegio, sin embargo, fue rigurosa. Primero reunió a todo el alumnado y expuso lo que había pasado. Los alumnos escucharon y esperaron la respuesta de la administración, que se demoró unas horas. Esa misma tarde varios alumnos escribieron una carta, refrendada por otros muchos, en la que conminaban al colegio a expulsar a la alumna de inmediato por esos comentarios racistas y xenófobos. A la mañana siguiente la dirección del colegio decidió por unanimidad la expulsión de la alumna. A mí la decisión me resultó extrema, rigurosísima, pero mi hija me contestó, con mucha serenidad, que si el racismo y la xenofobia no se atajan y se cortan de raíz, se expanden como la mala hierba. Puede ser, no lo niego. Los jardines impolutos, con sus arrayanes y sus fuentes, no admiten matojos ni matorrales. Ni tomillo ni jara ni flores silvestres tampoco. Todo sea por la salud o la salvación pública.

25 de mayo

He estado fuera toda la mañana. Fui hasta Park Slope y callejeé por allí durante más de una hora. Está la gente más animada. En una de las calles me tropecé con Lou, a unos metros de donde vive, en un brownstone imponente, precioso. No pasan los años por él. Debe rondar por los 80, pero tiene un magnífico aspecto. Me recuerda al Dr. Fauci. No quise entrar en su casa. Hablamos a cierta distancia prudencial, los dos con nuestras mascarillas. Tenemos muy poco que decirnos. Me pregunta por España y por mi hija. La suya, me dice, está a punto de divorciarse. Lo habría hecho ya de no ser por “this shit”, me dice. Nos despedimos; no sé si volveremos a vernos. De regreso a casa hago unas cuantas compras. Noto cierta carestía en los estantes. Faltan mandarinas, lechugas, espárragos, y las peras que tanto me gustan están algo pasadas. Al ir a ajustarme la mascarilla compruebo con horror que una de las tiras se ha desprendido. Afortunadamente estoy en zona rusa y los rusos no siguen muy al pie de la letra las órdenes del gobernador. En una plazoleta dos viejos sentados en un banco hablan con la mascarilla en la frente, a modo de visera. Me siento aliviado.

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José Luis Madrigal
Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.

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