Diario de un madrileño de Brooklyn (29-31 de mayo)

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29 de mayo

Anoche estuve siguiendo por la CNN los disturbios en Minneapolis. La cosa terminó mal, con varios edificios en llamas, incluida una comisaría de policía. Las imágenes me recordaban a veces a las revueltas en Barcelona de hace unos meses. Los dos reporteros que cubrían la noticia caminaban todo el tiempo entre los manifestantes.

Se percibía un ambiente festivo, como quien espera el inicio de unos fuegos artificiales; o, más bien, la traca final, porque fuegos ya había en varios puntos de la ciudad. Al fondo las llamas se elevaban por encima de algunos edificios mientras cientos de viandantes pululaban tranquilamente por la avenida. Los había de todos los colores: blancos, asiáticos, negros. De vez en cuando alguno se acercaba a la cámara para soltar alguna consigna. Llevaban todos mascarilla o, en su defecto, una bandana. Nadie pasaría de los treinta años. Chicos y chicas jóvenes, estudiantes la mayoría. A las once apagué la televisión y me fui a la cama.

Esta mañana leo que Trump escribe en su cuenta de Twitter que todos esos manifestantes eran thugs (pendencieros) y que when the looting starts, the shooting starts”, algo así como “cuando comienza el saqueo comienza el tiroteo”. Me entero luego que Twitter ha etiquetado el mensaje como ensalzamiento a la violencia y que Trump les ha amenazado con cerrar la página entera. Hace unos días ya firmó una orden ejecutiva a fin de regular las redes sociales, aunque todos piensan que aquello se quedará al final en agua de borrajas en cuanto la orden llegue a los tribunales. Desde luego Twitter, Facebook o Instagram se han convertido en las mejores plataformas digitales para propagar todo tipo de bulos impunemente. Es sabido que Rusia encenagó las elecciones estadounidenses de 2016 a través de Facebook, y lo mismo han hecho otros muchos grupos de poder desde entonces para promover sus respectivas agendas. Trump, el primero. Nadie ha explotado con más eficacia y desvergüenza la plataforma de Twitter. Diariamente, en mensajes de 280 caracteres (hasta hace poco eran 140), se despacha a gusto contra todo lo que le viene en gana y lo hace con la malevolencia y matonismo de un colegial acomplejado y bravucón. Su catarata de falsedades, mentiras, insultos, comentarios racistas o xenófobos abruma y entontece; nunca jamás se vio algo así en un mandatario norteamericano ni en ningún otro ciudadano. Es el peor troll que haya jamás navegado por la red. En cualquier colegio o instituto de los Estados Unidos ya lo habrían expulsado hace años. Ha llegado a colgar hasta 150 tuits en un solo día, y según algunos estudios, se llevan contabilizadas, en sus tres años y pico de presidente, más de 18.000 mil mentiras o falsas afirmaciones (false claims). Hace unos días volvió a excretar varios tuits, aunque es su caso deberían llamarse cagarrutas (droppings), en donde insinuaba maliciosamente que un presentador de televisión, crítico con él, había podido ser responsable de la muerte de una mujer. La insinuación es perversa, horrible, totalmente infundada. El viudo de la muerta pidió a Twitter que los eliminará de la cuenta, sin conseguir nada. Ese mismo día Trump colgó otro tuit y esta vez su crítica iba dirigida al voto por correo, del cual afirmaba, sin prueba alguna, que todo el proceso, desde los buzones (sic) hasta las papeletas, era fraudulento. Twitter, en medio de la indignación general, decidió por primera vez poner una etiqueta a dos de esos tuits con la advertencia de que era necesario comprobar lo que ahí se afirmaba (“get the facts”). La reacción de Trump fue, como ya dije, firmar esa orden ejecutiva para poner freno a las redes. La paradoja no puede ser mayor. Quien más se ha valido del total descontrol y desenfreno de las redes sociales quiere ahora controlarlas y ponerles freno. Indudablemente todo este lío le sirve para desviar la atención de la situación catastrófica en la que se encuentra el país.

En todo caso, Trump y los republicanos se pueden llevar una sorpresa mayúscula en las elecciones de noviembre. No solamente han perdido casi todo el voto de las minorías, sino que a este paso van camino de perder también todo el voto de la juventud, con su defensa troglodita de las armas de fuego, su insultante indiferencia al medio ambiente y su indisimulado racismo.

Vuelvo a poner la tele. Las manifestaciones por la horrenda muerte de George Floyd a manos de cuatro policías de Minneapolis se van extendiendo a otras muchas ciudades. En downtown Brooklyn hay algaradas entre policías y manifestantes. En Atlanta cientos de jóvenes iracundos intentan entrar en la sede de la CNN y rompen las cristaleras, mientras en el lobby una fila de policías antidisturbios, perfectamente pertrechados con cascos y escudos, esperan la posible embestida. En Washington más de lo mismo. Los agentes de seguridad resuelven vallar todas las entradas a la Casa Blanca. Mientras tanto, la ciudad de Minneapolis arde por tercer día consecutivo. La policía hizo al principio un intento por implantar el toque de queda, pero ante la pertinaz desobediencia de la muchedumbre decidió hacer mutis por el foro. Una reportera de la CNN asegura que en su muchos años cubriendo este tipo de algaradas jamás se había encontrado una situación en donde no hubiera ninguna presencia policial. Los manifestantes que veo por la televisión no sé si serán pendencieros, como dice Trump, pero son todos jóvenes y de todos los colores. No es el típico disturbio que se ve tras la muerte de un negro a manos de la policía. Esta vez parece una insurrección, una especie de “hasta aquí hemos llegado”, por parte de la juventud en la era de Trump. La Fox, la cadena conservadora, da un sesgo diferente a los acontecimientos. Laura Ingraham, una de las sacerdotisas de la ultraderecha, habla de infiltrados dentro de las manifestaciones y señala a gente proveniente de Antifa, activistas que, según Wikipedia, “participan en diversas tácticas de protesta, entre las que se incluye el activismo digital, el daño a la propiedad, la violencia física y el acoso contra aquellos a quienes identifican como fascistas, racistas o de extrema derecha.” Cuando apago la televisión, pienso que este año de 2020, todavía a la mitad, ha generado ya tres grandes crisis: una pandemia global como la gripe que hubo en 1918, un crack económico como el de 1929 y ahora, posiblemente, una revuelta social como las que se vivieron en el 68 del pasado siglo. ¿Hay alguien que dé más? Espero que sea suficiente y no terminemos en una gran guerra.

30 de mayo

No lo puedo remediar. Mi mente se mueve por símbolos, por analogías y por referencias literarias. Hace unos días leí en el periódico una noticia que me intranquilizó. Las ratas de las grandes ciudades empiezan a salir a la superficie en busca de la comida que antes tenían en abundancia, y desesperadas por la carestía, manifiestan una enorme agresividad y practican entre ellas el canibalismo. Las ratas y las epidemias aparecen casi siempre juntas en nuestro imaginario colectivo. La peste de Camus se inicia con la aparición de ratas muertas en los descansillos de las casas, en las aceras, al lado de los cubos de basura de la ciudad de Oran. En Nosferatu, la gran película de Mornau, las ratas acompañan al vampiro en el barco que lo transporta a la metrópoli en busca de sangre fresca.

Salgo a la calle. Dicen que en Flatbush Avenue, a diez minutos en coche, hay algaradas y que han incendiado varios coches de policía. No soy reportero y al final me echo para atrás, aunque estoy a punto de ir a husmear. Mi barrio está relativamente tranquilo, casi como un sábado normal, con bastante gente por la Avenida de Kings’s Highway. La mayoría de las tiendas, eso sí, siguen cerradas. Entro en Target. Todos llevan mascarillas. Mientras hago fila para ir a pagar me encuentro con una vecina. Al principio de la pandemia me había dicho que ella jamás había visto un desbarajuste igual en la sociedad americana, ni siquiera en los sesenta, con la guerra de Vietnam. Recuerdo que aquella vez, a finales de febrero, me sonreí con cierta suficiencia y le dije que a lo mejor exageraba. Ni se acuerda ahora de aquellos comentarios. Se la ve mucho más calmada. Me dice que todo esto pasará, que ella es optimista. Luego me advierte que en el piso sexto, debajo del mío, ya han levantado la cuarentena y se puede atravesar sin problema. “Ha muerto gente en otros edificios, no en el nuestro, afortunadamente”. El barrio de Sheepshead Bay ha sido bastante castigado. “Hay mucha residencia, mucha gente mayor en esta zona”, me aclara. La dejo peleándose con la cajera a cuenta de un bolso que quiere devolver.

31 de mayo

Me he despertado a las seis, con la luz desparramada por todo el estudio. Apenas he dormido cinco horas. Estuve hasta las tantas con la tele encendida, sin voz, mientras la CNN hacía un recorrido por el pandemónium en que se han convertido muchas de las ciudades americanas. Los infiltrados, del signo que sean, están devaluando la causa, según leo. Incendios, pintadas, vandalismo. El alcalde De Blasio hace una defensa cerrada de la policía, a los que llama, cómo no, the New York’s finest. Hace un esfuerzo por congraciarse con todos. Da una de cal y otra de arena. Quiere estar a bien con los unos y con los otros. Lógico. Lo ideal sería un movimiento pacífico, multirracial, a lo Martin L King y a lo Gandhi. Hay un solo inconveniente: los dos murieron violentamente. A la vez, la historia nos dice que la violencia solo genera más violencia, más injusticia, más tiranía. Las protestas que terminan en saqueos y quema de negocios no solo traen tiroteos, sino una vuelta al status quo, al orden establecido y a las mismas injusticias de siempre. El malestar está ahí, en todo caso.

Me llama mi amiga Arlene y lo primero que hago es preguntarle por la agitación en las calles.

A- La gente está muy harta. Es necesario eliminar un poco de toxinas. Hay mucho veneno acumulado. Un sobrino mío estuvo ayer en Times Square. Quemaron una furgoneta de la policía. Un desastre.

JL- No había tantos manifestantes, según dice el alcalde.

A- Yeah. Los mismos troublemakers de siempre. Mucho blanquito. Mucha tontería. A los negros nos seguirán dando. Eso es algo que no va a cambiar.

JL- Te veo pesimista.

A- Este jodido país no tiene solución. El supremacismo blanco sigue intacto. Los racistas están camuflados, pero siguen ahí. Ahora el racismo lo disfrazan con algo que resulta mucho peor, que es esa falsa compasión e hipocresía con que esconden sus verdaderos sentimientos. Casi prefiero a alguien como Trump, a quien lo ves venir de lejos. Al menos no engaña. Uno sabe a qué atenerse.

JL- ¿Y Biden?

A- ¿Biden? ¿Me preguntas por Biden? Esa momia fue quien sacó adelante en los noventa el 3 strikes and you are out. Y otras muchas cosas. Ha estado siempre del lado de los poderosos. Es un sobón, además. No lo soporto. Y todavía tiene la caradura (the nerve) de decir el otro día que si votas a Trump you ain’t blackGive me a break!

JL- ¿No me digas que vas a votar al Clown-in-Chief?

A- You bet.

JL- Estás de broma…

A- My black ass isn’t voting for that creepy old fuck, I’m just telling you. No way.

JL- Trump es casi tan viejo, mucho más creepy y totalmente destructivo. No te entiendo.

A- Es que tú entiendes muy poco.

JL- Puede, pero me resulta inexplicable que una hispana vote a alguien que ha llegado a meter a niños en jaulas…

A- Wait a minute! Primero yo no soy hispana. Eso lo primero. Mi padre llegó aquí con dos años y mi madre era irlandesa. Yo me crie con ella, sobre todo. Segundo, yo no defiendo la crueldad de esta administración ni lo que hicieron con los niños, pero no se puede seguir dejando que los ilegales campen a sus anchas. Trump es un gilipollas (a jerk), pero los demócratas son una panda de inútiles y de hipócritas. Y, por cierto, ¿sabes qué hicieron Obama y Biden en los ocho años que estuvieron en la Casa Blanca? Deportar a más de dos millones de inmigrantes ilegales. Con eso queda todo dicho.

A Arlene le gusta interpretar papeles. Unas veces se mete en la piel de una dominicana de Washington Heights y otras prefiere ser una mulata ácrata. Últimamente me lleva la contraria en todo y, como sabe que no trago a Trump, le da por defenderlo. Con todo, en algo lleva razón. Biden es un poco desastre. Nunca fue una lumbrera precisamente, y ahora está muy viejo y gastado. No sé si será un sobón, pero yo no lo veo preparado para lo que se nos viene encima.

 

 

 

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José Luis Madrigal
Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.

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