Diario de un madrileño de Brooklyn (9-13 de junio)

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9 de junio

Está lloviendo a mares; no sé cuándo amainará. Junio es siempre lluvioso en Nueva York. Había pensado salir esta tarde, pero me quedaré en casa. Me resulta fácil encontrar disculpas o coartadas para proseguir con el encierro. Me ha dado por leer Las vidas paralelas de Plutarco en una traducción vieja, la que hizo a principios del siglo XIX Antonio Ranz, algo rancio en su castellano, pero disponible en Google Books. Había oído en algún sitio que Cleón podía asemejarse a Trump. Espigo entre sus páginas y busco luego en el índice.

Aparece retratado en la vida de Nicias, otro general griego. Eran los dos, Nicias y Cleón, contemporáneos de Pericles. Nicias aparece como irresoluto, pero honesto y muy inteligente. Cleón, en cambio, era un demagogo tramposo y mendaz. Ascendió al poder en 430 a. C., durante un momento desesperado para Atenas, poco después de la muerte del gran Pericles. Plutarco lo describe como alguien que solo buscaba halagar a los atenienses con una mezcla de loca vanidad, humor chocarrero y “osadía inaguantable”. Sí, hay algunos paralelos con nuestro Clown in Chief. Cleón era amigo de la guerra, pero no por ser, de suyo, belicoso o por deseo de fama, sino para ocultar “su maldad”, es decir, su mucho latrocinio y corrupción. No parece haber sido Cleón una figura simpática. Aristófanes hizo mofa de él en varias de sus obras; en especial, en Los caballeros. Según leo, el comediógrafo se vengó de él porque en otra ocasión había querido llevarlo a juicio por una obra anterior donde tampoco salía bien parado. Aristófanes resulta mucho más feroz en su sátira que Alec Baldwin lo es con Trump en SNL. Cleón, el hijo del peletero, tiene en la comedia todos los vicios imaginables. Es glotón y mentiroso, eructa, se pee, da la nota grosera cada vez que abre la boca. A su lado, Nicias y Demóstenes, los otros dos generales, son el colmo de la decencia y rectitud. Tucídides tampoco lo trató bien en sus escritos. Ni Aristóteles, quien dejó escrito que Cleón fue el primero en emplear un lenguaje grosero e insultante en los discursos políticos. Algunos historiadores recientes piensan que Cleón no fue tan execrable como lo pintan y que Aristófanes y Tucídides, contemporáneos suyos, recargaron las tintas por intereses partidistas. No lo sé. Eso mismo nos dice la Fox cuando defiende a Trump: que el gran hombre se ve sistemáticamente vilipendiado por los medios de izquierda. Los años que van de Pericles a Alejandro son los más fascinantes del mundo griego. ¡Qué siglo aquel! No es fácil juntar en menos de ochenta a años a Pericles, a Eurípides, a Aristófanes, a Alcibíades, a Sócrates, a Platón, a Aristóteles, a Fidias y al gran Alejandro, entre otras muchas luminarias. Últimamente vuelvo a la antigua Grecia de un modo o de otro. Un amigo me recomienda encarecidamente las conferencias que dio hace unos años Quintín Racionero y por fin me decido a escuchar las que le dedicó a Aristóteles.

Mi amigo asistió a esas clases y hasta creo que fue medio responsable de que las grabaran. De pie, un hombre aún joven (murió con 63 años), vestido con ropa casual (un suéter rosado, unos pantalones oscuros) desgrana durante una hora, sin una sola interrupción, sin una sola nota, la primera conferencia sobre el Estagirita. Hace un panorama histórico de la época: habla de Pericles y la guerra del Peloponeso; habla de la Macedonia de Filipo y de su hijo Alejandro; habla de la Academia de Platón y de los casi veinte años en que Aristóteles estuvo allí. Alguna anécdota me resulta nueva. Sabía que Aristóteles había sido maestro de Alejandro, pero no que éste, en sus expediciones, le mandara todo tipo de plantas y de animales desconocidos; sabía que había fundado el Liceo, tras su marcha de la Academia, pero no que el liceo lo hubiera financiado Teofrasto y que, en realidad, el liceo fuera un lugar de recreo y un museo más que una verdadera escuela. Quintín Racionero resulta un contador amenísimo, pero la anécdota (o el mythos) es solo el pórtico de su exposición filosófica. En la segunda conferencia entra en materia y lo inicia con una reflexión sobre las Categorías, el primer libro del Órganon. Lo primero que hace es una aclaración de orden filológico. Categoría  (katēgoríōn) era un término procedente de la jurisprudencia. Significaba en el griego antiguo “acusación”, o algo así. A la hora de definir “acusamos” al sujeto de tal o cual cosa mediante predicados, de la misma manera que se acusa a alguien de haber cometido un delito. Poco importa que el acusado sea gordo o flaco, pobre o rico, listo o lerdo: lo único que le debe interesar al juez o al fiscal es si es ladrón o no; si es un criminal o no lo es. Pues de la misma manera ocurre cuando se describe la realidad de una manera científica: ‘Yo acuso a esta mesa de ser blanca” o “Yo acuso a Sócrates de ser un animal racional”. Las proposiciones “científicas” son siempre una abstracción en la cual se elimina toda singularidad y toda pasión, lo cual queda reservado para la retórica y la poética. La cuestión es cómo reconocer los enunciados que conciernen al conocimiento y en qué consiste realmente una proposición científica. Desde luego no lo es ningún dato histórico o ninguna opinión, ya que las opiniones son tantas como personas (quot homines tot sententiae) y los hechos singulares de alguien o de algo resultan infinitos. La vida de Cleón es y será siempre una realidad abierta, susceptible de nuevos datos, de nuevos matices y de suposiciones o conjeturas sin fin. Las proposiciones científicas, sin embargo, aspiran a una verdad inobjetable y, por ello, deben ceñirse a una definición finita y completa. ¿Es ello posible? El maestro Racionero, con una sonrisa irónica, responde: “Aristóteles pensaba que sí, pero también que se da muy pocas veces… Y cuando se da, se da de una forma que en realidad no se produce jamás”. La aparente incongruencia vuelve a repetirla. Y explica luego: las oraciones apofánticas son las únicas que pueden formar parte de la llamada lógica de enunciados, pero se enmarcan dentro de un lenguaje artificial o artificioso, en donde se elimina todo el aspecto performativo del lenguaje natural. No hay imprecaciones ni preguntas ni dudas en el lenguaje científico: solo oraciones declarativas. Nuestro lenguaje cotidiano, sin embargo, no se desarrolla nunca así. Vivimos en el aquí y en el ahora; nada es definitivo o final. Expresamos dudas, emociones, describimos lo que pasa, sin más. “Esta mañana salí al mercado; esta tarde llamaré a mi madre. ¡Espero que haya mejorado de salud!”. Un suceso da paso a otro y a otro y a otro… Nuestro mundo es un mundo de singularidades, pero en el mundo de la ciencia, en la episteme, nada de eso cuenta: todo aquello que es singular se debe evitar. Y Racionero termina (y también yo) con esta observación: solo se pueden hacer definiciones categóricas dentro de la ciencia si hay una legitimación o justificación en donde se pueda pasar del sujeto singular, cuyo destino es tener infinitos predicados, a un sujeto abstracto y universal, con predicados finitos susceptibles de análisis. ¿Cómo se consigue eso? Nadie es capaz de abarcar todo un aspecto de la realidad (hombre, caballo, cisne) ni es posible la intuición intelectual para definir sin ayuda de la experiencia el sujeto “caballo” o el sujeto “cisne”. La única manera es aceptando que la ciencia se mueve siempre dentro del terreno de la provisionalidad o de lo relativo. El cisne es un ave de color blanco, porque todos los cisnes observados durante milenios son blancos, pero si de pronto, como pasó en el siglo XVIII, se descubren cisnes negros en Australia, la ciencia debe ser flexible para incluir este nuevo predicado en el sujeto “cisne”.

11 de junio

Cisnes blancos y cisnes negros, decíamos ayer o anteayer. La calle no calla. Las protestas, casi todas pacíficas, continúan en todas las ciudades. Yo me siento, sin embargo, reflexivo hoy. Cualquier categoría o categorización simplifica la realidad, la limita, la deforma, aunque sea una simplificación necesaria para pensar y para entendernos. No hay pensamiento sin categorías, decía el Filósofo. Categoría, no lo olvidemos, viene de acusación. Así, la categoría raza está claramente en cuestionamiento, pero sigue ahí, acusando a unos y a otros de ser esto o aquello. Primera ocurrencia, a bote pronto. Existe discriminación racial en los EEUU, como es público y notorio, pero yo veo esta discriminación estrechamente vinculada a la pobreza. En casa del pobre todos son duelos, dice el refrán. La pobreza es un círculo vicioso; el prejuicio racial también. Detengámonos algo en esto último, en el prejuicio racial. La piel oscura y los rasgos negroides tienen todavía hoy connotaciones negativas en nuestro código cultural. Es absurdo negarlo y muy hipócrita afirmar lo contrario. No debemos llevarnos a engaño. Un niño de tres o cuatro años es todavía incapaz de discernir, categorizar o jerarquizar a través de supuestos rasgos raciales quién es quién, pero en cuanto entra en la escuela aprende casi de inmediato a clasificar a unos y a otros dentro de una escala, en la cual el sujeto que contiene como predicado <“pelo rubio”, “ojos azules” y “piel blanca”> se halla en un escalafón más alto respecto al sujeto de piel oscura, pelo crespo y labios abultados. Tal categorización está marcada por el prejuicio, sin duda, pero no es fácil de modificar, ni siquiera con una reeducación de años. El prejuicio racial se encuentra en los libros de texto, en los anuncios, en las películas, en todo el universo cultural de Occidente. El prejuicio no lo cambia la ley. En los años sesenta se logró en los EEUU la igualdad de derechos para los negros, pero a la vez, poco a poco, de manera inexorable, la separación racial se hizo aún mayor en las grandes ciudades. Nueva York es un caso paradigmático. En cuanto una familia negra se mudaba a un barrio blanco, se producía de inmediato resquemor en el vecindario. Si por acaso empezaban a llegar más familias de color, el malestar iba en crescendo, hasta que en un momento dado cundía el pánico y las familias blancas huían en tropel. El resultado es el imaginado. El barrio se devaluaba y, al poco, muchos edificios, algunos lujosos, se llenaban de inquilinos de pocos recursos. Muchos de estos inquilinos vivían o malvivían con subvenciones estatales, con cupones de comida, en un perpetuo estado de menosprecio propio y ajeno. Nada hay más perjudicial para el individuo que la falta de autoestima. ¿Y quién puede tenerla si desde un principio se le tiene a uno como una especie de apestado? El apestado se da al crimen, a la droga, a toda forma de degradación y menoscabo. El racismo trae pobreza, pero la pobreza no es consustancial a una raza, como es evidente. No se es pobre por nacer negro, aunque uno solamente es verdaderamente negro si es, además, pobre. Tal es la maldición de la categoría “negro” en el mundo occidental. ¿Es negro Michael Jordan, por ejemplo? Digamos que tiene la piel oscura y algún rasgo facial diferente a Tom Brady, pero los dos, Tom Brady y Michael Jordan, entran en otra categoría, que es la categoría de celebridades deportivas. ¿Saldrían corriendo las familias blancas si se instalara alguien como Michael Jordan en una de las casas del barrio, con césped impoluto y avenidas perfectamente asfaltadas? Desde luego que no, especialmente si quien llega se llama Michael Jordan, en lugar de un señor anónimo de casi dos metros de estatura de piel oscura, pelo crespo (en su caso repelado) y labios más o menos abultados. Uno es racista hacia la categoría “negro”, que incluye entre sus atributos la pobreza, y no tanto al sujeto singular, sea alguien famoso o alguien al que conocemos. Todo prejuicio es una generalización que borra el perfil personal del sujeto. En clave española lo podríamos ver en el trato a los gitanos. Miguel de Cervantes, al principio de La gitanilla, dice: “parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones; nacen de padres ladrones, críanse con ladrones, estudian para ladrones y, finalmente, salen con ser ladrones corrientes y molientes a todo ruedo…”. ¿Es racista Cervantes al afirmar una cosa así? Parece evidente que sí, aunque él no habla nunca de raza, sino de “la nación gitana”. El racismo como tal es un concepto más tardío. Se asienta en el siglo XIX, con teorías biologicistas mal entendidas, en donde gente como Gobineau ven en el nórdico europeo la culminación del homo sapiens, mientras en el negro africano con taparrabos su versión más primordial o primitiva, casi animalesca. Desgraciadamente este burdo esquema no parece haber desaparecido del todo, aunque los jóvenes (no hay más que ver las manifestaciones) son cada vez más conscientes de que no pueden permanecer callados por más tiempo. No se es racista simplemente por no emitir enunciados racistas: se es, sobre todo, por omisión. Quien calla otorga. La tarea es, sin embargo, onerosa. Este virus ha dejado al descubierto todas las vergüenzas de la sociedad americana. Los negros han muerto en una proporción muchísimo mayor que el resto de la población. No debería ser una sorpresa. Cualquier estudio sociológico da cuenta de la situación lamentable de muchas comunidades de color. El racismo estructural e institucional, ya sea explícito, ya sea implícito, es insoslayable. La justicia se ceba con el ciudadano negro. Por penas ridículas se les encarcela o se les impone multas que no pueden pagar. En cuanto entran en esa espiral es ya muy difícil salir. La falta de pago trae consigo mayor tiempo de encarcelamiento, más deudas, más intereses acumulados. Tampoco mejora la educación. Los niños y las niñas de color están condenados, especialmente si son pobres, a no conocer otros compañeros que los de su comunidad. Muchas familias están desestructuradas. Los padres faltan de sus casas; las madres trabajan y no atienden como deberían a sus hijos. Los valores no son los mejores. No hay respeto por el estudio ni por la disciplina, entre otras cosas porque muchos de los que deberían dar ejemplo no están o están en la cárcel o tienen conductas erráticas. Se me dirá que es la cultura de la pobreza. Y es cierto, en parte. Fue el sociólogo Oscar Lewis hace décadas quien acuñó este término. Pese a las críticas que se le puedan hacer, los atributos que daba en su estudio no pueden soslayarse sin más. Lewis veía en la cultura de la pobreza marginalidad, impotencia, dependencia, falta de raíces, sentimiento de inferioridad y vergüenza de sí mismo. Según él, tales rasgos se aplicaban tanto a los que habitan las favelas de Río como a una familia disfuncional puertorriqueña del Bronx. Podríamos extenderlo a muchas familias negras. Con una salvedad. La categoría (o, más bien, el estereotipo) de “negro” implica, además, inferioridad biológica, con tintes de fatalismo darwiniano. Cervantes llamaba al gitano intrínsicamente ladrón, ladrón de nacimiento, pero el estereotipo racial contra el negro es mucho más nocivo, pues atenta contra su propia categoría de homo sapiens, al suponer que es como un estado previo en la evolución. La ciencia es terminante contra esta absurda noción, pero sigue ahí enquistada, como una fea verruga, en la cabeza de algunos. Y lo que es aún peor. A veces la verruga aparece en la cabeza del propio negro, que acepta su supuesta “inferioridad”, de tanto repetírsela. A mí me parece que la labor más importante, quizá la única en la resolución del problema, está en conjurar de una vez por todas este trampantojo, esta categorización de “negro” o de “blanco” como si fueran dos realidades existentes. Ahora bien, la conjura tiene que venir desde el propio individuo particular. Pues solamente desde dentro se puede romper con la categoría o el estereotipo. El estereotipo es siempre una simplificación y una falsedad. Lo opuesto al estereotipo es la vida plena de cada individuo, singular e inabarcable. No hay negros o blancos, sino individuos, es decir, Louis Armstrong, Muddy Waters, Billy Holiday, Joe Louis, Toni Morrison, James Baldwin, Pelé… (Y todos y cada uno de los compañeros, amigos y amigas con los que he tratado y trato.)

12 de junio

Un nuevo caso en Atlanta. Un joven negro de 27 años muere de varios disparos por la espalda tras forcejear con la policía. Dicen que tienen las imágenes en vídeo. Se había quedado dormido en su coche. Estaba, al parecer, borracho. Vuelve el revuelo. Estoy cansado. No quiero comentar ya más. ¿Cómo se puede matar a alguien que huía? Es inhumano, es repugnante, es mejor ni pensarlo. Estuve esta tarde en el parque. Estaba todo tan limpio y tan bucólico, sin apenas gente, como en un cuadro de algún pintor inglés del siglo XVIII, de aquellos que pintaban jardines y señoras con grandes pelucas. Me quedé adormilado en un banco al lado del lago, mientras las tortugas nadaban en el agua y los patos bogaban pacíficamente.

 

 

 

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José Luis Madrigal
Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.

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