Diario del Huracán Sandy

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El jueves 25 de octubre se oyeron las primeras noticias del huracán, sin ninguna precisión, con general indiferencia. No se sabía muy bien dónde impactaría, ni cuándo lo haría exactamente, ni con qué intensidad. Algunos meteorólogos avisaron que podría llegar a ser mucho peor que el huracán Irene del año pasado, aunque casi nadie pareció darle mayor importancia. Los periódicos y las televisiones del noroeste del país se centraban casi exclusivamente en las inminentes elecciones y en el empate virtual entre los dos candidatos.

 

Hacia la mañana del sábado 27 los noticieros cambiaron de pronto el tema y el tono de su discurso, como si de pronto la sombra del monstruo se hubiera cernido sobre sus habitantes. La elección presidencial dejó de importar y paulatinamente el huracán fue ocupando todo el espacio en los medios de comunicación. Los meteorólogos hablaban esta vez al unísono y coincidían en sus predicciones: el huracán venía por el mar y no por tierra; subía por el este y no por el sur; entraría por la costa envuelto en un tropel de olas gigantes y vientos huracanados y su impacto, advertían, sería devastador. Durante todo el domingo 28 la gente hizo cola en los supermercados y se llevó a sus casas agua, pan, latas de conserva, además de linternas y velas. Miles de familias, a lo largo de la costa, fueron evacuadas de sus casas. Al caer la noche, un viento ominoso sacudía persistentemente las ramas de los todavía frondosos árboles y por las desiertas calles apenas se veía sino el agitado revolotear de la hojarasca. La noche, ventosa y desapacible, transcurrió por la ciudad con relativa calma.

 

El lunes 29 amaneció con el mismo viento persistente y con un color gruesamente plomizo pintado en el cielo. Se había ordenado el cierre de escuelas, colegios y universidades, así como de todo medio de transporte. No había metro, no había autobuses. La Bolsa había cerrado también, así como Correos y la mayoría de los bancos. Afuera, en la calle, se veía cruzar de vez en cuando algún coche o un viandante con paso presuroso, como si estuviéramos en Día de Año Nuevo o de Acción de Gracias. El ánimo, en muchas casas, era de optimismo, de incredulidad, alguno diría que hasta de fiesta. Los niños corrían por los pasillos. Mujeres y maridos repetían la rutina de los domingos. Los adolescentes se mandaban mensajes electrónicos. Otros muchos aprovechaban ese día de ocio leyendo o bien se preparaban un buen bocadillo de jamón y queso, tal como había aconsejado el alcalde de la ciudad en una de sus muchas intervenciones de aquel día.

 

Al mediodía de ese lunes 29 de octubre las autoridades volvieron a hablar por la televisión. El huracán llegaría hacia las ocho de la noche. El destrozo, insistían, podía ser incalculable. Lo peor, recordaron, sería el agua, como ya lo era en algunas zonas costeras, donde se empezaba a sentir el empuje de la marea. En el interior de la ciudad solamente lloviznaba y de manera intermitente, aunque durante las primeras horas de la tarde el viento se incrementó algo. Alguna papelera voló y se fue a estrellar contra una verja. Se troncharon ramas. Algunos debieron sentir el crujir de algún tronco y otros el estruendo de una farola al derrumbarse. No se sabe con exactitud cuando llegó el huracán a las costas, pero a partir de las ocho y media del lunes los vientos fueron más y más intensos. En muchos puntos solo se sintió el viento y poco más, pero a las diez de la noche, cuando había amainado, no había luz en miles y miles de casas y al ir al cuarto de baño uno se encontraba con la desagradable sorpresa de que tampoco había agua corriente.

 

Esa noche y durante la madrugada hubo un hervor de mensajes electrónicos y llamadas a través de los móviles por parte de aquellos sumidos en la oscuridad. Muchos, cuando se gastaron las pilas del móvil, se fueron a dormir con la seguridad de que al levantarse al día siguiente todo habría vuelto a la normalidad; pero esa mañana del martes, día 30 de octubre, al despertar, más de cuatro millones de habitantes seguían sin luz, sin agua y, gradualmente, sin la mera posibilidad de compartir sus penas con otros a través de su móviles o saber, cuando menos, a través de la televisión, la radio o el internet, qué había pasado o qué estaba pasando.

 

El extraño azar había dispuesto las cosas de tal manera que el huracán, en forma de ángel exterminador, había escindido la ciudad en dos mitades. Y así mientras en una parecía reinar la luz, en la otra reinaban las tinieblas; mientras la parte norte creía vivir todavía en la abundancia, la otra, de súbito, la del sur, padecía frío, hambre, ignorancia. Unos habitantes seguían por televisión el desastre con el mismo confort que otras veces habían seguido los bombardeos de Irak. Otros, en cambio, vagaban por calles vacías o calles encharcadas como ánimas en pena, sin rumbo fijo, en busca de comida, de información o de un enchufe que los volviera a conectar de nuevo, a través del móvil o del ordenador, con la perdida civilización.

 

El miércoles 31 y el jueves, primero de noviembre, fueron días de incertidumbre y, según pasaban las horas y se hacía más visible el estrago, de consternación para todos los habitantes de la ciudad, tanto para los que tenían luz e información como para los pobres miserables que vivían en la oscuridad y en la ignorancia. Los parques y las avenidas presentaban aquí y allá árboles centenarios arrancados de raíz y derribados por el suelo como elefantes que acabaran de ser abatidos. Los hotelitos de playa, los bungalows, los paseos marítimos estaban anegados: un paquebote reposaba embarrancado en mitad de un parque infantil y el tejado de una casa flotaba quietamente en medio de la marisma. Otras circunstancias empezaron también a crear creciente ansiedad en los habitantes durante la mañana del viernes, dos de noviembre. En los supermercados se notaba falta de pan, de fruta, de carne fresca. Muchas gasolineras estaban cerradas. En otras, la fila serpenteada de coches se perdía por un laberinto de calles mientras los conductores, al principio pacientes, casi estoicos, perdían los nervios, se gritaban entre ellos, sentían rabia cada vez más incontenible…

 

Esta noche del viernes, según escribo, parece entreabrirse una rendija de esperanza. La luz llega a algunos barrios tras cuatro días de apagón. Se anuncia también que acaba de arribar al puerto un carguero con más de dos millones de galones de gasolina. Ojalá sea así. Mañana intentaré llenar el depósito del coche, traer pan y leche a casa y si puedo ver, por fin, a mi hija.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.